Internacional

Xi Jinping alimenta el aura de la victoria

Un equipo de bomberos en Praga descarga cajas con material protector enviado por ChinaUn equipo de bomberos en Praga descarga cajas con material protector enviado por ChinaMichal Kamaryt (AP)

China es “el único país capaz de suministrar mascarillas a Europa en tal cantidad”, ha dicho el ministro del interior checo, Jan Hamacek. Los chinos “son los únicos que pueden ayudarnos”, ha afirmado el presidente serbio, Aleksandar Vucic, que ha calificado al jefe de Estado de este país, Xi Jinping, de “hermano”. Los envíos de material protector y otros suministros médicos imprescindibles para tratar la Covid-19 que escasean en todo el mundo han cubierto de elogios internacionales a Pekín. Elogios que reciben, a su vez, amplia difusión dentro de la segunda potencia mundial y permiten a su Gobierno sacar pecho ante la población.

Al comienzo de la crisis, tras una serie de traspiés a lo largo de enero que analistas extranjeros creen que costaron un tiempo precioso a la hora de parar la epidemia, China se encontraba a la defensiva. Más de un analista calificó la epidemia en Wuhan de un posible “momento Chernobyl” para Pekín, en alusión al accidente nuclear en Ucrania en 1986 que precipitó el fin del régimen soviético. Estos días, los medios chinos publican guías sobre cómo “combatir la Covid-19 a la manera china” o emiten reuniones de médicos chinos con otros extranjeros para aconsejarles.

“China ha dado la vuelta a la tortilla con una rapidez increíble, políticamente, y no solo han sido veloces sino también notablemente desinhibidos en cómo han conseguido cambiar las tornas tan rápidamente”, apunta Richard McGregor, autor del libro The Party sobre el funcionamiento del Partido Comunista de China y analista del think tank australiano Lowy Institute.

El presidente chino, Xi Jinping, certificaba -cautelosamente- la victoria contra el virus en su visita a Wuhan, el foco inicial de la epidemia, el pasado día 10. Un viaje en el que promovió, con visitas a un hospital, a un centro comunitario y una urbanización en cuarentena, los éxitos de la respuesta china. Todo un contraste con el rápido aumento de los casos en el exterior, que pareció tomar a numerosos gobiernos por sorpresa.

Los medios oficiales chinos echaron entonces la casa por la ventana para describir a Xi como el “líder del pueblo” que conducía a China “hacia la victoria de la guerra popular” contra el coronavirus. En un comentario sobre la visita, la agencia de noticias Xinhua recogía las calurosas declaraciones de un catedrático, Liu Jingbei, de la Academia de Liderazgo Ejecutivo de China en Shanghái: “Xi es la espina dorsal de esta batalla… su liderazgo es crucial para que el país consiga derrotar la epidemia”, sostenía el académico.

“Mientras peor sea el brote fuera, mejor imagen para Xi dentro del país”, escribía entonces el analista Bill Bishop, autor de la influyente newsletter especializada en China Sinocism.

La campaña de noticias positivas ha continuado en los últimos días, a medida que China se reincorpora, muy gradualmente, a la vida normal y empieza a arrancar la actividad económica tras dos meses de parálisis. “Creo que va a llevar mucho tiempo a China para recuperarse, y por eso sus mensajes de propaganda interna son tan importantes: que China hizo un gran trabajo (contra el virus) y el mundo les imita y que (la pandemia) no es culpa de China en cualquier caso. En otras palabras, que el virus no empezó en Wuhan”, apunta McGregor.

Aunque la campaña de mensajes positivos no siempre ha tenido eco. Un libro sobre “la batalla de una gran potencia contra la epidemia”, que resaltaba “la sobresaliente capacidad de liderazgo” del presidente chino, acabó retirado de la circulación en pocos días, entre bromas de los internautas que opinaban que la batalla no estaba aún ganada. Un destino similar corrió un intento de lanzar una “campaña de agradecimiento” en Wuhan para que los residentes de la ciudad expresaran su gratitud a Xi y al partido por sus esfuerzos en la lucha contra el virus.

Y mientras el presidente chino visitaba la ciudad, en las redes sociales chinas los internautas se esforzaban en difundir la entrevista a una de los médicos que, al principio de la crisis, intentó alertar a la población sobre la gravedad del problema, para acabar siendo silenciada por sus superiores. Ai Fen, la directora de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Central de Wuhan -el mismo al que estaba asignado el oftalmólogo Li Wenliang, que murió tras haber intentado también contar la verdad-, contaba que si hubiera sabido cómo iban a resultar las cosas, le hubiese “dado igual” que le amonestaran, “se lo hubiera contado al mundo entero”. Aunque sus palabras fueron rápidamente censuradas, en Internet se reprodujeron de las maneras más imaginativas posibles: traducidas a lenguas extranjeras, en morse, en emoticono o incluso en lenguaje élfico.

Al final, comenta la especialista en política interna china del Lowy Institute Natasha Kassam, hasta qué punto cale el mensaje oficial entre el público chino, está aún por ver. “El éxito a la hora de reescribir esta historia dependerá tanto de cómo Washington y otros países gestionen esta crisis, como dependerá de Pekín”, apunta. “Si el resto de los países consigue gestionarlo bien, Pekín tendrá menos margen de maniobra”.

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