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¡Volvemos antes!

Luis Grañena

Irreprimible de mi casa. Lo sé: nos quedaban espacios por cruzar, quizá un continente o dos (quién puede medir lo inabarcable del deseo), muchas amistades a las que abrazar, copas por compartir, un día para escapar. ¡Espuma de cerveza en el bigote de un interlocutor situado a medio palmo! Experiencias.

Me han venido ganas de regresar. Mis vecinos, anoche, organizaron una juerga. De balcón a ventana, de terraza a torreta. Jóvenes, mayores, niños y nenas a quienes sus padres hacían bailotear para cansarlos, para que les venciera el sueño. Quiero creer que no me lo perdí, que disfruté de la música disco, de las luces y el humo que nos regalaba un valioso vecino; de la fortaleza juvenil que se expresaba, a gritos de resistencia y de futuro.

Podemos volar. Tenemos todo el día para planear sobre las ciudades y sus diferentes caminos de vuelta a nuestro puesto de defensa. Siempre quise volar, de niña; de mayor, solo lo hago en sueños y, en ocasiones, me despeño. Hoy, en esta realidad, necesito ser Peter Pan y regresar de Nunca Jamás a Siempre Seremos y aterrizar a en los fogonazos de llanto inesperado (la bondad, la solidaridad: qué puyazo), en nuestros ratos de desesperación, y nuestros vermuts por videoconferencia. En esta mezcla sin tiempo de ternura y soledad.

Volar. Es decir, vivir: “Si acaso quieres volar, piensa en algo encantador, como aquella Navidad en que viste al despertar, juguetes de cristal. ¡Volarás!”. ¡Vivirás!

Y mañana es lunes y abre la frutería de enfrente.

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