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Victoria Abril, provocadora, rebelde, temperamental y ahora ‘feroz’

Cuando llega un premio de honor, los actores tiemblan. En algunos casos representa un reconocimiento sincero a su trabajo, ese que a veces no está tocado por la varita mágica de los galardones por muy valorado que sea. En otros casos huele a despedida, a ‘ya ha hecho todo lo bueno que se espera de usted y queremos agradecérselo’. Victoria Abril, a la que la Asociación de Informadores Cinematográficos de España acaba de anunciar ganadora del Premio Feroz de Honor, no encaja ni en un caso ni en otro. Su trabajo ha sido reconocido en España y Francia –probablemente más en el que es su país de adopción desde que en 1982 se instaló en París por amor–, se ha empeñado en reinventarse, ese eufemismo con el que nos referimos a la necesidad imperiosa de encontrar salidas propias cuando el mercado se empeña en negarlas, y aunque ha aceptado el premio alegremente no tiene ninguna intención de que signifique un cierre con lazo dorado en su carrera como actriz. De hecho en los últimos años, su nombre ha vuelto a aparecer en ese cine español que parecía haberse olvidado de ella.

En su trayectoria le ha perseguido la fama de borde, provocadora, rebelde, temperamental… Ella se ha encargado oficialmente de desmentir estos sambenitos en más de una entrevista, pero ahí quedan los calificativos como brochazos en un historial que casi nadie se atreve a rebatir públicamente por mucho que alaben sus cualidades como intérprete. Lo mismo que ocurre con la leyenda, que Abril también ha negado, de los retoques estéticos que durante un tiempo le causaron algún que otro quebradero de cabeza al retomar un personaje y que unos labios recién recauchutados no le facilitaran la vocalización.

Aún siendo “difícil” el tiempo se ha encargado de colocarla en el sitio que se han ganado sus interpretaciones. Y su vida personal ha quedado preservada por su empeño en conseguirlo y también porque vivir en París se lo ha facilitado. Habló de ello en una entrevista con este periódico en 2012: “Nunca he tenido ningún problema para educar como niños normales a mis hijos; para que estudien y no aparezcan en los papeles sin haber hecho nada. Eso en España es imposible”, dijo entonces sobre Martín y Félix, que ahora tienen 30 y 28 años respectivamente y a quienes tuvo de su unión con el cámara Gérard de Battista, de quien ya lleva años separada. Antes, en 1977, se había casado con el futbolista chileno Gustavo Laube, y ya entonces comenzaron sus fricciones con la prensa rosa que persiguió a la novia para inmortalizar un matrimonio que dió por finalizado cinco años después.

Victoria Abril, cuyo nombre real es Victoria Mérida Rojas, nació en Madrid en 1959, y se asomó por primera vez a la televisión a los 15 años como azafata con gafas de pega en el exitoso programa de televisión Un, dos, tres, responda otra vez, dirigido y creado por Chicho Ibáñez Serrador. Poco después comenzó a trabajar en el cine y aunque su afición por el baile parecía que haría que la balanza se inclinara hacia esta expresión de arte, Abril llegó a la gran pantalla para quedarse. Tras varios títulos en los que ya demostró sus dotes interpretativas, en 1976 comenzó una etapa en la que rodó doce películas bajo la batuta del director Vicente Aranda y llegó a ganar el Oso de Plata a mejor actriz por su interpretación en Amantes, en 1991. Un realizador del que dijo en una carta publicada en Fotogramas cuando él murió que fue su “faro, mi norte, mi padre a escondidas”. En Francia ha recibido reconocimientos tan prestigiosos como ser nombrada oficial de las Artes y las Letras desde 1998 o ‘caballero’ de la Legión de Honor francesa, en 2002, pero ella siempre se ha quejado de sentirse olvidada en su patria. A pesar de eso, el prestigio la acompaña. Es la segunda española con más nominaciones a los premios Goya, ganó uno en 1996 por Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, la misma película con la que ganó una Concha de Plata, un galardón que ya había conseguido antes por El Lute: camina o revienta, y ha estado nominada en dos ocasiones al César en Francia.

Ha sido ‘chica Almodóvar’ –término que seguro rechazaría–, interpretando cuatro película del director manchego, La ley del deseo (1987), ¡Átame! (1989), Tacones lejanos (1991) y Kika (1993). Y en televisión también tuvo trabajos destacables en series como La barraca (1979), Los pazos de Ulloa (1985), Los jinetes del alba (1990) o Clem (2010-2018) en la televisión francesa.

Cuando cumplió los 40 tuvo que vivir su propia travesía del desierto en ese terreno de nadie en el que se encuentran las actrices que ya no son jóvenes pero todavía no lo suficiente mayores para interpretar papeles de carácter. Se buscó la vida cantando y en Francia lanzó dos discos de bossa nova y canción francesa aflamencada con los que dio 500 conciertos. Ninguno en España. Otra decepción. Temperamental y sabedora de que las alfombras rojas son un escaparate en el que el glamour forma parte del espectáculo, nunca ha dejado indiferente con sus estilismos y ha paseado por ellas su admiración por Jean Paul Gaultier, Galliano, Dior, Custo o Sita Murt. El negocio es el negocio y el espectáculo lo mismo.

Últimamente parece haberse reconciliado en parte con España, profesionalmente hablando, y en 2014 formó parte del elenco de la serie de Antena 3 Sin identidad. En 2019 intervino en varios capítulos de la serie de Netflix Días de Navidad y en 2018 y 2020 en dos películas con sello español, Bernada, de Emilio Ruiz Barrachina, y La lista de los deseos, de Álvaro Díaz Lorenzo. En su caso el premio de honor no es un cierre, si no probablemente otro de los muchos comienzos de la indomable Victoria Abril.

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