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Vacunas y otros dilemas de la selección

El portero de la selección española de fútbol Robert Sánchez, durante un entrenamiento.
El portero de la selección española de fútbol Robert Sánchez, durante un entrenamiento.RFEF/Pablo Garcia / RFEF/EFE

A nuestros nietos les contaremos que la Eurocopa de 2021 se perdió por no convocar a Nacho o bien por culpa de Pedro Sánchez dependiendo, claro está, de nuestra ideología: de derechas los primeros, de más amplio espectro los segundos. Hasta aquí todo normal. Este es un país de contrastes y lealtades enfrentadas, siempre dispuestos a defender lo nuestro por encima del bien común y, muy especialmente, si metemos fútbol y política en la misma ecuación. La variable, en este caso, surge con el positivo por covid-19 de Sergio Busquets, encargado de recordarnos por las bravas que el virus sigue ahí fuera, acechando, y que nuestras huestes estaban dispuestas a dar batalla sin previsión de vacunarse, como otros tantos combinados nacionales. Pero nadie alzó la voz –ni había debate sobre esto– hasta que la PCR del centrocampista catalán nos puso sobre aviso de un goloso trozo de carnaza a la deriva.

Solo al cerdo se le saca más provecho en España que a una situación como esta. Por un lado, se retoma la polémica sobre la convocatoria. Las nuevas incorporaciones que aspiran a la sustitución de los contagiados tampoco convencen a los críticos con la lista original del seleccionador, solo faltaría. Siguen sin aparecer el ya citado Nacho, Sergio Ramos, Iago Aspas y Jesús Navas, favoritos inesperados de un sector que echaría en falta a otros cuatro si estos fueran de la partida: en las broncas nacionales, como en las competiciones amateurs, lo importante siempre es participar.

Luego está el tema de si resulta preceptivo o no vacunar a quienes nos van a representar como país en un evento de semejante magnitud, tema espinoso como pocos y que se habría solucionado si la organizadora del torneo, esa UEFA vampírica con sede en Suiza, hubiese tomado cartas en el asunto. Es su chiringuito, al fin y al cabo, y desde un punto de vista de pura justicia deportiva debería asegurarse de que todos los participantes concurren a la cita en igualdad de condiciones y oportunidades. Si Dorna–con la colaboración de Qatar, por cierto– se ocupó de vacunar a todo el paddock de MotoGP, o si el COI fue capaz de convencer a gobiernos de todo tipo y pelaje sobre la necesidad de inmunizar a las distintas expediciones olímpicas camino de Tokio, ¿por qué no iba a poder hacer algo similar la UEFA, o al menos intentarlo? Llegados a este punto tengo varias teorías, todas ellas susceptibles de ser denunciadas por atentar contra el honor o el buen nombre de unos cuantos implicados.

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Los que juegan a favor de la vacunación aluden a la felicidad colectiva del pueblo, una motivación que, a la hora de la verdad, tampoco es del todo así: aquí, no nos engañemos, hay mucho cainita que lo único que pretende es desmembrarlo todo al primer empate sin que pueda mediar ningún tipo de excusa, causa tan justa y noble como cualquier otra, pero siempre desde la máxima sinceridad, sin subterfugios emocionales como la sonrisa de un niño o el latido de una nación. Los que están en contra –yo entre ellos– alegaremos la situación de tantos compatriotas, muchos de ellos amigos o conocidos, con enfermedades crónicas y en clara situación de riesgo que todavía no han accedido a la vacuna, más allá de otros complejos dilemas morales. ¿Quién tiene la razón? Yo, seguro que no. Ni tampoco usted, que ha fiado el fracaso de la selección nacional a la ausencia del cuarto central del Real Madrid y a un siempre ventajoso modelo estadístico.

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