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Un payaso, su nieta y mucha poesía para exorcizar el virus

Imagen del público en la inauguración el martes del festival Grec.Imagen del público en la inauguración el martes del festival Grec.Albert Garcia

El payaso y la niña se llevaron el gato al agua. Algo difícil de evitar cuando el primero es tu padre y tu suegro y la segunda tu hija. Camille Decourtye y Blaï Mateu, los directores del compañía Baró d’Evel, han concedido buena parte del protagonismo del espectáculo A tocar!, que esta noche ha inaugurado el festival Grec en un anfiteatro condicionado por las normas sanitarias contra el coronavirus, a Tortell Poltrona (padre de Mateu) y a Rita, hija de seis años de la pareja de directores. Poltrona y su nieta han protagonizado algunos de los mejores momentos de la velada y el payaso, tras una escena en que ha hablado de la muerte como solo un clown de verdad, de los buenos, puede hacerlo, helándonos la sonrisa y poniéndonos los pelos de punta, ha brindado luego un bis-despedida final de antología cantando y haciendo corear al público “no somos nada, nada de nada”.

A tocar!, que vuelve a representarse hoy, ha tenido otras muchas escenas mágicas, a cargo de los anfitriones Decourtye y Mateu y de sus estupendos invitados para la ocasión: Frederic Amat, un demiurgo desdoblado en creador de una plástica sensacional y actor con un toque peterbrookiano; Imma Colomer, actriz capaz de conjurar todas las noches de verano y a la vez, con su camisón blanco, la imagen preternatural de un personaje de Poe; la bailarina María Muñoz, con sus arabescos hipnóticos, sin olvidar a los músicos, la estremecedora cantante de fados Lina, Refree y el guitarrista Nicolás Lafourest. El espectáculo ha gustado en general mucho a un público reducido a 800 personas (de las dos mil de aforo), separado insólitamente en sus asientos y compuesto por algunas autoridades, como la alcaldesa Ada Colau, que destacaba por su mascarilla con la leyenda LGBT, y la consejera de Cultura, Mariàngela Vilallonga, pero sobre todo por miembros de colectivos que han estado en el ojo del huracán durante la lucha contra la pandemia y que han sido los invitados especiales de la noche inaugural (un día desde luego para tener una emergencia y preguntar ¿hay algún médico en el teatro?). Para muchos de los espectadores que no conocían el trabajo de Baró d’Evel la función ha sido un descubrimiento, qué digo, una revelación. Han salido fascinados.

Por su parte, los acostumbrados a seguir la carrera de la compañía han encontrado bastantes cosas ya conocidas en A tocar!, mucho déjà vu, desde la primera escena, con Decourtye y Mateu derrumbándose literalmente a trozos, un efecto ya visto en Falaise, aunque es verdad que en el nuevo contexto de referencias a la pandemia y a la fragilidad humana resulta pertinente y conmovedor. El espectáculo, consagrado a exorcizar el virus y el miedo y a ensalzar la cultura como instrumento salvífico, un poco como la serpiente de bronce enarbolada por Moisés en el desierto, peca de bienintencionado y obvio. También es algo deslavazado, deshilvanado. Cosa lógica si se tienen en cuenta las condiciones en que ha sido creado, con los artistas separados comunicándose de manera virtual. Había demasiados elementos para pegar y poco tiempo para darles homogeneidad. Así las cosas, A tocar! es una especie de collage con capas y elementos que se van añadiendo sobre el trabajo nuclear de la pareja Decourtye – Mateu.

El espectáculo ha comenzado, tras el lento proceso de entrada del público, que, en filas, con las mascarillas, componía la imagen de una película de serie B sobre el embarque de la humanidad a otro mundo, con las imágenes de Amat, omnipresentes, proyectadas sobre el muro de piedra, el acantilado del fondo del escenario del anfiteatro. El pintor y escenógrafo ha estado todo el tiempo en escena como un dj de la plástica, componiendo sus dibujos y con intervenciones para pintar el suelo del escenario con caminos y círculos de tiza más o menos caucasianos.

Tortell Poltrona ha dicho varios monólogos en los que bromeaba sobre la pandemia con la ligereza y a la vez la profundidad que solo puede proporcionar un payaso. A destacar la frase “el Covi, ¡qué besssstia!”. Ha comparado la muerte con un viaje sin vuelta para el que todos tenemos billete. Glups.

Por su parte, los números que han elegido de su repertorio Decourtye y Mateu han enfatizado las nociones de riesgo, fragilidad, reto y esperanza presentes en el montaje. Era tentador ver en las interacciones en que pasaban del amor a odio la experiencia común de las parejas en el confinamiento. Hay que advertirle a Mateu que su recurso exagerado al titubeo le está dando un aire a lo Joel Joan. Ha habido intervenciones quizá demasiado explícitas sobre la pandemia y se ha echado en falta un poco más de sutileza poética, algo en lo que suelen ser muy buenos Baró d’Evel. A señalar que precisamente esta noche, con la polémica que ha desatado sobre el uso del castellano en TV3, la consejera de Cultura se ha encontrado con un texto muy mestizo, en el que se mezclaban catalán y castellano. Quizá por eso presentaba un tic en la pierna: vaya día. Por su parte, Colau ha tenido que ver cómo Tortell Poltrona la interpelaba directamente desde el escenario tras señalar los males del mundo: “Alcaldesa, què hem de fer?!”.

Hay que destacar el monólogo de Imma Colomer, gran actriz histórica del Lliure y en plena forma, en el que ha denunciado el espejismo de que a partir de ahora va a cambiar todo y ha pronunciado con absoluto aplomo la frase “la vida es un temblor”. Ha sido ella la que ha destacado el poder de la cultura y ha evocado noches inolvidables de verano de las que todos esperamos que vuelva a haber muchas.

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