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Un largo adiós

El mundo avanza y se transforma muchas veces gracias a pequeñas innovaciones. En la Edad Media, por ejemplo, el protagonismo de la caballería en las guerras en Europa occidental fue cada vez mayor gracias a un artilugio que llegó durante los siglos VII y VIII procedente de Persia: el estribo. Lo recuerda el historiador Gabriel Tortella en su libro Capitalismo y Revolución, donde observa que aquella novedad le daba al jinete un apoyo del que antes carecía, de manera que le permitía manejar mejor una lanza, una espada, una maza. “Esto daba al caballero una gran superioridad sobre el infante: no era ya solo que los jinetes fueron más veloces, es que podían descargar desde la altura golpes terribles que un infante difícilmente podía resistir, mientras su situación sobre el caballo los hacia casi invulnerables a los golpes enviados desde tierra”. Aquel simple cacharro reforzó la estrecha relación del hombre con el caballo, y cambió la suerte de los que se batían en el campo de batalla.

En tiempos de cuarentena cualquier lectura se ve inevitablemente trastornada por la presencia de ese minúsculo agente que tiene algo de burbuja con antenas, el coronavirus. Está ahí agazapado y salta a la mínima. ¿Cómo va a ser el mundo después de que ese bicho viniera a alterar las cosas metiendo durante una temporada a millones de personas en sus casas y parando de forma drástica la economía? Hace un tiempo se tradujo un ensayo que da cuenta de una larga despedida, de una de esas transformaciones que dejan a un mundo definitivamente atrás e inauguran uno nuevo. Adiós al caballo, del historiador alemán Ulrich Raulff, reconstruye la estrecha complicidad de siglos que existió entre équidos y humanos recurriendo a distintos saberes. El final de la era del caballo, dice, se ajusta al siglo XIX, ese periodo que empieza con Napoleón y termina con la Gran Guerra. La relación con ese animal, si embargo, es mucho más antigua; fue “durante 6.000 años nuestro medio primario de transporte”, escribe: “Nuestro amigo, nuestro compañero y nuestro maestro”.

Raulff cuenta un montón de episodios históricos y reúne anécdotas propias y ajenas e hilvana momentos literarios con obras artísticas y referencias científicas para poner en escena esa trágica separación. En uno de los pasajes de su libro recuerda una obra de Ernst Jünger en la que el escritor alemán reunió una colección de fotografías para atrapar el rostro de la Gran Guerra. En una de ellas, dos caballos muertos, uno blanco y otro gris moteado: era el fin. Aquellos corceles habían quedado barridos por el progreso. En septiembre de 1939, la carga de un destacamento de la caballería polaca contra tanques de la Wehrmacht fue la nota a pie de página que confirmaba lo ya sabido. La vibrante energía de los caballos nada pudo frente al acero de la modernidad. Los viejos colegas tomaban caminos diferentes.

Hay quienes dicen ahora que el coronavirus obrará el prodigio de dar el último empujón al capitalismo para que se precipite al abismo, y que se impondrá un nuevo orden de valores y prioridades. Quién sabe. Las cosas, por lo que se ve, suelen ir más despacio. Mientras tanto, ¿qué imagen —qué diagnóstico— resumirá esta época irreal y sobre qué estribos —qué recursos— nos alzaremos para medirnos con ese futuro lleno de sombras?

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