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Un golpe de genio de Stuyven acaba con los tres caníbales en San Remo

Stuyven levanta los brazos, vencedor en Vía Roma.
Stuyven levanta los brazos, vencedor en Vía Roma.Marco Alpozzi – LaPresse / AP

La 112ª Milán – San Remo son menos de siete horas a más de 45 de media (en la costa sopla el viento de espaldas), una décima de segundo y Jasper Stuyven. Una prueba de resistencia al aburrimiento durante 299 kilómetros y un test de viveza, de inteligencia rápida, de intuición, de decisión sin dudas en un metro. Un contrapié genial que le da a él la victoria en Vía Roma y llena de frustración a los nuevos caníbales, aniquilados en la classicissima, la carrera más fácil de correr y más difícil de ganar.

Las horas se hacen tan largas y tan monótonas que la víspera los ciclistas cuentan su temor a quedarse dormidos, y explican qué piensan hacer para no quedarse dormidos en la larga travesía de la llanura del Po. Nos distraemos con cualquier cosa, dice Alaphilippe, charlando con el que te toca al lado o pensando en la vida, pero siempre con un ojo abierto, no podemos perder la concentración. Y en la cuneta, junto al río, en los arrozales, está aparcado un Fiat Topolino de color amaranto, rojo intenso, y aunque no haya niebla sino un sol frío aún, hay que pensar en Paolo Conte, Voghera, el acordeón de Stradella, e inevitablemente en Gianni Mura recorriendo el Tour en su Fiat Multiplà, un cenicero en el reposacodos y Carletto al volante, y en el radiocasete la voz cascada y el piano de Conte, y su melancolía se contagia, y este domingo, el 21, hace un año que murió Mura, que era un periodista Tour y de Gimondi.

La décima de segundo es un metro, un lugar exacto, un chispazo, es Jasper Stuyven, que cuando la carretera del Poggio —acabados los invernaderos de flores, los limoneros y los naranjos de sus laderas, la música del Volare de Domenico Modugno en el “blu dipinto de blu” que entonan interior e inconscientemente quienes se sienten invadidos de primavera, de deseos de lanzarse al Mediterráneo tan azul, su descenso de vértigo— va a entroncar de nuevo con la Vía Aurelia y el perfume de mimosas, a dos kilómetros raspados de la meta en Vía Roma, lanza su ataque. Es un visto y no visto. Uno, dos, 10 metros de ventaja. Adiós. Y los favoritos se miran y se marcan. Los nuevos caníbales temen y dudan, y acaban siendo devorados. Alaphilippe, el único que se atrevió a romper la paz del Poggio instaurada por la insensata velocidad con que les hizo ascender Pippo Ganna, el terror hecho caballos de potencia, quiere respirar. Van Aert, siempre a rueda del francés, no quiere tirar porque se le ha colgado de la chepa el diminuto sprinter australiano Caleb Ewan. Detrás de ellos, Van der Poel, siempre media sonrisa en sus labios que fingen desinterés, calcula y espera.

Es una situación nueva para ellos. Anestesiados la Cipressa, marcha imposible del Jumbo de Van Aert, y el Poggio por la alta velocidad que impusieron los del Ineos de Pidcock y Kwiatkowski, su fuerza superior, su capacidad, su clase y su talento ya no sirven para nada. Han dejado pasar el instante. Les han robado el fuego y la carrera. Lo ha hecho Stuyven un belga que en abril cumplirá ya 29 años surgido de la cantera de Johan Bruyneel en Estados Unidos, el equipo que lleva Axel Merckx y que comenzó con la bendición de Lance Armstrong. Calificado en sus comienzos de nuevo Cancellara por su capacidad para arrancar en el llano y mantener durante varios minutos una velocidad superior a los 60 por hora, Stuyven nunca fue capaz de alcanzar lo que se esperaba de él. Antes de la classicissima, su primer monumento, el belga solo había ganado dos de las llamadas semiclásicas de comienzos de temporada, adoquines y muros —la Het Nieuwsblad y la Kuurne—, y etapas de vueltas. Y eso era el belga del Trek, el único equipo de toda su vida, uno del montón que seguía a las estrellas imbatibles –desde el verano pasado, en todas las carreras en las que se participaban los tres estelares, Alaphilippe, Van Aert y Van der Poel, siempre ganaba uno de ellos— hasta que tuvo la intuición única de atacar donde ningún corredor antes había atacado para ganar.

Hubo una fuga de ocho que nunca llegó a tener más de ocho minutos de ventaja porque los equipos de los caníbales agotaron a sus rodadores de lujo —el Tractor Tim Declercq por Julian Alaphilippe, Paul Martens por Wout van Aert y Senne Leysen por Mathieu van der Poel— para controlarla demasiado estrechamente.

Hubo una Cipressa en la que Van Aert puso a su Jumbo a 100 para evitar el esperado ataque de Van der Poel, que bromeaba en la cola.

Hubo un Poggio tremendo en el que la locomotora Ganna, quizás el más fuerte de todo el pelotón, se agotó para evitar que saltaran Alaphilippe y Van Aert tan decisivamente como lo habían hecho el año pasado y el francés también hace dos.

Hubo tal sacrificio de peones, que en el momento decisivo, cuando un pequeño grupo creado a iniciativa de Alaphilippe terminaba el descenso del Poggio y comenzaba el juego táctico, el alfil Stuyven miró a su alrededor y solo vio reyes. Era la suya.

“Había tres corredores muy fuertes y solo se hablaba de ellos”, dijo el belga feliz tras la gran victoria de su vida. “Pero yo tenía un plan. Había demasiados ciclistas más rápidos que yo al final del Poggio, y ninguno de ellos tenía gregarios para trabajar, así que o atacaba o esprintaba para terminar octavo o novena. Eso no me valía. Era un todo o nada. Había que jugársela. Y me la jugué”.

Solo en la línea final, cuando ya había levantado los brazos Stuyven, llegaron los favoritos a su rueda en un sprint desesperado que dejó segundo al australiano Caleb Ewan, tan fuerte en el Poggio, a Van Aert, tercero, y a Van der Poel, quinto tras Sagan. Alaphilippe levantó el pie y no peleó por un puesto de honor.

Como el año pasado, Alex Aranburu terminó séptimo después de enlazar con el grupo de los favoritos en el llano final. Fue el mejor español. En su debut, Gonzalo Serrano acabó 25º, a 6s, con el mismo tiempo que Iván García Cortina (30º).

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