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Un centro de salud rural para 127 contagiados: cómo se enfrenta un pequeño pueblo soriano al coronavirus

La primera referencia escrita de Covaleda fue cuando el conde Fernán González exigió a sus habitantes la donación de un queso para el monasterio. La última ha sido, 1.200 años después, para implorar ayuda para contener los efectos de una pandemia. El centro de salud (Pinares-Covaleda) de este municipio soriano se ha enfrentado a un alto porcentaje de enfermos, hasta un 3,68% de los más de 3.300 habitantes de los núcleos a los que atiende. Según los últimos datos, 127 personas sufren el coronavirus o tienen síntomas, pues la ausencia de tests impide más certezas. Este dato es uno de los más altos de Castilla y León, y se da en una zona particularmente aislada.

En total en la comunidad, este jueves había 10.518 casos confirmados, con 1.129 fallecidos y 332 personas ingresadas actualmente en las UCI. En la provincia de Soria, un exponente de cómo el déficit de infraestructuras e inversión en la España vacía ha acrecentado la crisis sanitaria, son 872 los positivos. El Complejo Asistencial de Soria, único de la provincia, donde se han registrado 73 muertes, ya duplicó la capacidad de su UCI y este jueves se ha confirmado el traslado de uno de los pacientes críticos a Logroño, el primero que se realiza entre autonomías.

Covaleda se ha convertido, como en tantos pueblos despoblados de Soria, en un lugar fantasma. Nadie pasea por sus calles porque entre la cuarentena decretada y las cifras publicadas se quitan las ganas de salir de casa. Este municipio, de unos 1.600 habitantes, se erige casi como una metrópoli al lado de otras localidades donde los vecinos se cuentan con los dedos de una mano. Allí se ubica un centro de salud donde la falta de profesionales era ya una constante antes de que la enfermedad hiciera estragos entre el gremio de bata blanca.

El alcalde, José Llorente (PSOE), no sabía qué hacer. Aplaude el valor de los sanitarios, que han sufrido las bajas de tres doctores y una enfermera por contagio: “Estamos muy justos de personal, como sigan cayendo se va a romper la cadena”. El regidor afirma que en las últimas fechas han muerto unas 15 personas en su municipio, pero que no pueden confirmar si se debe al coronavirus: apenas hay test y se reservan para los sanitarios. Una doctora del centro de salud confirma al menos tres defunciones por Covid-19, pero estima que la presencia de síntomas invita a los peores augurios en esta localidad próxima al Duero y a la sierra soriana.

Lo peor ya ha pasado y los médicos respiran algo más aliviados. El brote sigue siendo numeroso, pero han conseguido controlar su gravedad. O al menos eso parece. Para ello ha sido crucial el apoyo de Covaleda. La población, donde abundan las personas mayores que demandan mucha atención, ha entendido que se trata de un momento crítico y ha dejado trabajar a los facultativos. “Al principio sonaban todos los teléfonos a la vez”, relata la médica antes citada. Luego se incorporó un sistema de atención telefónica donde los profesionales llamaban a sus múltiples pacientes para comprobar su evolución, pedirles que avisaran si sentían fatiga y que controlaran regularmente la fiebre. Los casos más graves, tanto de Covid-19 como de otras patologías, requerían la presencia física del sanitario. Aquí llegó otro problema que sigue vigente: la falta de recursos.

“Han tenido que volver a hacer guardias médicos que ya no hacían”, describe esta facultativa, que insiste en que muchos de los lugareños y de los especialistas son ya mayores. Muchas jubilaciones no se cubrieron y los que trabajan han tenido que protegerse con bolsas de basura. La población ha ayudado mucho, prosigue, fabricando mascarillas caseras o batas impermeables que diesen más garantías a los trabajadores de la salud. “En este tiempo solo he tenido un EPI”, critica esta fuente, algo peligroso ante el grado de contagio que presenta el virus.

La solidaridad ha jugado su papel indispensable para que “la famosa curva”, según destaca José García, coordinador sanitario en la cercana Vinuesa, se aplane. García recuerda cómo la atención primaria rebaja el volumen de usuarios que podría colapsar las UCI. Ejemplo de esto y de los riesgos que sufren es que la mayoría de los sanitarios fallecidos en España por Covid-19 eran médicos de familia, varios de ellos rurales. “No sé cómo narices ha llegado el virus hasta aquí”, se pregunta García ante la elevada propagación, aunque varios vecinos del pueblo señalan a algunos madrileños que ocuparon las casas rurales cuando la pandemia ya se propagaba. Los municipios segovianos cercanos a la sierra de Madrid también padecen registros elevados.

Las pruebas de coronavirus son el anhelo de Covaleda, aunque pocos pueden acceder a ellas, como María Escribano y Fernando Cámara. Este trabaja en un laboratorio y allí cree que se contagió para, posteriormente, pasárselo a su pareja. Ambos cayeron y lo supieron gracias a los tests reservados a sanitarios. Se dicen “afortunados” por poder contarlo y entretenerse con sus tres hijos, que siguen sanos. El mensaje que lanzan, no obstante, es el mismo que hace meses: se necesitan más efectivos en la sanidad rural.

Elena de Miguel achacó a la alergia al polen el sentirse “algo ahogada” y con fiebre. Al poco, su marido, Israel Monge, se sintió igual. Llamaron al centro de salud y recibieron órdenes precisas: clausura, paracetamol y mucha paciencia. Monge sufrió intensas diarreas y dolores estomacales; tenía preparado un volante médico para que lo mandaran al hospital de Soria. Pero las recomendaciones funcionaron y se recupera. “Quizás en los peores días sí hubiésemos necesitado una visita médica, pero entendemos que su situación es complicada. El centro médico no puede quedarse sin más personal”, aseguran. Este matrimonio recalca la necesidad de que se hagan más pruebas y advierte a posibles nuevos contagiados: “Se pasa mucho miedo”, sobre todo en un sistema sanitario debilitado.

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