Internacional

Trump urge al Senado a proceder “sin demora” con el relevo de la juez Ginsburg

El presidente de EE UU, Donald Trump, ha dejado claro este sábado por la mañana que se dispone a iniciar el proceso para tratar de cubrir, antes de las elecciones del 3 de noviembre, la vacante que deja en el Tribunal Supremo la juez Ruth Bader Ginsburg, fallecida el viernes a los 87 años. El sábado por la mañana, Trump ha ordenado que las banderas en la Casa Blanca y el resto de edificios oficiales ondearan a media asta. A continuación, despejando cualquier duda, ha urgido a los senadores republicanos a tomar en consideración “sin demora” su nominación para llenar la vacante en el Supremo. “Fuimos colocados en esta posición de poder e importancia para tomar decisiones por el pueblo que orgullosamente nos eligió, la más importante de las cuales se ha considerado desde hace mucho la selección de jueces del Tribunal Supremo. ¡Tenemos esta obligación, sin demora!”, ha tuiteado.

El presidente, que el viernes por la noche había difundido un comunicado oficial en términos de respeto y duelo por la magistrada, sin mencionar la situación política que se ha creado, se alinea así con las intenciones expresadas la noche del viernes por Mitch McConnell, líder de la mayoría en el Senado: “Los estadounidenses reeligieron nuestra mayoría [en el Senado] en 2016 y la ampliaron en 2018 porque prometimos trabajar con el presidente Trump y apoyar su programa, particularmente sus extraordinarios nombramientos de jueces federales. Una vez más, mantendremos nuestra promesa. El nominado del presidente Trump será votado en el Senado”, dijo, apenas un a hora después de conocerse la muerte de una auténtica leyenda de la justicia estadounidense e icono de la izquierda.

A la mente de todos saltó el recuerdo de lo sucedido en 2016. En febrero de ese año murió el conservador Antonin Scalia, y el presidente Barack Obama propuso a un magistrado progresista moderado, Merrick Garland. Los republicanos tenían mayoría simple en el Senado, por lo que controlaban los procedimientos, y McConnell, decidió bloquear el nombramiento. El argumento fue que era año electoral y que debía ser el próximo presidente el que hiciera la propuesta. “La gente tiene que tener voz” en el proceso, argumentó McConnell ante el estupor de la Casa Blanca, los demócratas y la judicatura.

Las contradicciones son evidentes. “No hay duda de que los votantes deben elegir al presidente y el presidente debe elegir al juez para que el Senado lo tome en consideración”, dijo el viernes por la noche Joe Biden. “Esa es la postura que el Senado republicano tomó en 2016, cuando quedaban 10 meses para las elecciones, y es la que debe tomar ahora”.

El Tribunal Supremo es el intérprete último de la Constitución. Está compuesto por nueve magistrados, cuyo mandato es vitalicio. Cuando se producen vacantes, los nombres los propone el presidente y los confirma el Senado. Los magistrados son apartidistas, pero están en sintonía ideológica con el presidente que los nombró y, por tanto, con el momento histórico en el que fueron elegidos. Hasta hoy había en el Tribunal cinco magistrados considerados conservadores y cuatro considerados progresistas.

La muerte de Ginsburg abre una vacante que, si se cubriera con un magistrado propuesto por Trump, cimentaría probablemente durante décadas una mayoría conservadora de seis a tres en la más alta instancia judicial del país. Dicha mayoría permitiría a los conservadores ganar los casos incluso cuando uno de sus jueces decidiera votar con los progresistas. Ese tribunal, temen los demócratas, bloquearía durante un par de generaciones avances progresistas, o incluso revertiría asuntos como el derecho al aborto.

Una batalla por la confirmación del candidato propuesto por Trump en el Senado, en paralelo a la campaña electoral, arrojaría al centro del debate político una serie de temas explosivos, desde el aborto hasta la libertad religiosa, pasando por la regulación de la inmigración o la protección del medio ambiente, asuntos todos que están sobre la mesa del Supremo. Trastocaría por completo, llenándola de sustancia política de alto voltaje, una campaña que los dos candidatos han tratado de ceñir, con notable éxito, a sendos temas fetiches: la nefasta gestión de Trump de la pandemia, en el caso del demócrata Joe Biden, y el mensaje de ley y orden, en el caso del presidente y candidato republicano.

Pero ya antes de la muerte de Ginsburg, el propio Trump había dejado clara su voluntad de introducir el tema de la judicatura en la recta final de la campaña. Hace apenas 10 días repitió la insólita jugada, que tan bien le funcionó hace cuatro años, de publicar una lista de potenciales candidatos a ocupar vacantes del Supremo, en un guiño a ese electorado conservador que no conecta con las formas extravagantes de Trump, pero está dispuesto a tolerarlas si el fin es una judicatura blindada a la agenda social progresista.

En su primer mandato, Trump ha cumplido de sobra las expectativas de los republicanos en este terreno, y lo cita con frecuencia como uno de sus mayores logros. Nada más llegar a la presidencia propuso al juez conservador Neil Gorsuch, y en 2018 nombró a Brett Kavanaugh, cuyo proceso de confirmación, después de las acusaciones de abusos sexuales cuando era adolescente, fue uno de los más tensos que se recuerdan.

La posibilidad de nombrar a un tercer juez del Supremo, en medio del duelo por una figura icónica como Ruth Bader Ginsburg, abre un proceso llamado a llenar de emociones y disputas la recta final hacia las presidenciales. La juez había luchado contra el cáncer desde 1999. El pasado mes de julio, anunció que el cáncer había regresado. Y prometió que seguiría en el Supremo mientras su salud se lo permitiera. Días antes de su muerte, según informó la radio pública NPR, Ginsburg dictó una declaración a su nieta Clara Spera, que decía así: “Mi deseo más ferviente es no ser sustituida hasta que un nuevo presidente asuma el poder”.

No está claro si los republicanos podrían nombrar al sustituto de Ginsburg antes de las elecciones. Los procedimientos en el Senado llevan su tiempo y lo normal es que una confirmación de este tipo lleve de dos a tres meses. Hacerlo a todo correr añadiría aún más tensión. Además, aunque Biden ganara la presidencia y los demócratas ganaran la mayoría en el Senado, Trump sigue siendo presidente hasta el 20 de enero al mediodía y los senadores republicanos siguen en sus escaños hasta finales de diciembre, por lo que podrían hacerlo también en el periodo interino.

La muerte de Ginsburg subraya todo lo que está en juego en estas elecciones. A Trump le brinda una oportunidad de alejar el foco de su gestión de la crisis sanitaria y de recordar a los votantes conservadores, sobre todo a aquellos que comulgan más con las formas serenas de Biden que con la estridencia de las suyas, por qué importa que haya un republicano en la Casa Blanca. A Biden, por su parte, le ofrece un argumento para movilizar al electorado joven y de izquierdas, aquel que muestra menos entusiasmo con su candidatura, recordándole también por qué es diferente que mande un republicano o un demócrata. Se va una figura fundamental en la historia reciente de Estados Unidos. Y el vacío que deja dispara aún más de revoluciones la campaña electoral más frenética en décadas.

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