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Trump, la OMS y el problema de jugar con fuego

La Organización Mundial de la Salud (OMS) es una institución muy mejorable que necesita reformas profundas. Pero esa no es la razón por la que el presidente de los Estados Unidos ha decidido congelar por completo la financiación que le ofrece su Gobierno. Como en tantos otros asuntos, el enemigo externo proporciona una cortina de humo que esconde las numerosas y gravísimas torpezas del propio Trump en la gestión del coronavirus. Lo explica bien en este hilo de Twitter Jeremy Konyndyk, alto cargo de la agencia oficial de cooperación USAID durante la Administración Obama.

La implicación más inmediata de esta decisión es seguir debilitando al único organismo que puede poner algo de orden en el caos inevitable de una pandemia. Tal vez algún tertuliano piense que esto, al fin y al cabo, no va tanto con nosotros como con las infelices y remotas naciones que carecen de sistemas operativos de salud. Pero eso no solo es éticamente obsceno, sino epidemiológicamente idiota, porque supondría que este virus entrega el pasaporte al cruzar una frontera. Como recordaba Bill Gates en su tribuna de este fin de semana, “las pandemias nos recuerdan que ayudar a los demás no solo es correcto, sino que es inteligente”.

En el medio y largo plazo, el aislacionismo de Trump extiende una nueva alfombra roja a la influencia global de China. En plena recuperación de su propia crisis, la potencia asiática ha sido rápida en responder a las necesidades de regiones como África y América Latina —aunque la ayuda haya sido recibida con una ceja levantada—. Y el movimiento de los estadounidenses convierte a China en el principal donante gubernamental a la OMS (al ridículo precio de 29 millones de dólares en 2020, 26,4 millones de euros). Si, de acuerdo con los republicanos, la OMS ya era sinocéntrica, en poco tiempo veremos palillos en la cafetería de su sede ginebrina.

No parece muy inteligente deshacerse del volante cuando empiezan a fallar los frenos

La realidad es que el foxtrot del elefante Trump en la cacharrería de la salud global va a reducir mucho su influencia en la reforma de la OMS. Una que se hace más urgente a medida que se incorporan objetivos complejos como la cobertura universal de salud o la prevención de futuras pandemias. Como recordaba un reportaje reciente de The Guardian citando a la analista Amanda Glassman, el problema principal de esta organización no son los juegos diplomáticos, sino su escaso presupuesto y su aún más escasa dentadura política. El supuesto árbitro de la salud global opera donde y cuando le dejan, aunque está condicionado por la proliferación de iniciativas público-privadas y la influencia de la Fundación Bill y Melinda Gates, y en demasiadas ocasiones funciona mejor como retiro dorado de políticos que como gestor y dinamizador de las políticas globales de salud.

Si a EE UU (o España, Francia, China, el Reino Unido, Etiopía o quien sea) no le gusta la OMS, que la reforme. Ya era hora. Pero no parece muy inteligente deshacerse del volante cuando empiezan a fallar los frenos.

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