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Tristura

Hace poco decidí volver al barrio de Gros para encontrar la calle y el portal. La casa donde estuvimos juntos por primera vez: San Francisco, 46. El número figura arriba, en un rectángulo de piezas de vidrio humildemente modernista. A ella le gustaba tanto el modernismo… pero seguro que no se aficionó ahí. Me paré delante, sin saber qué hacer, cómo exteriorizar una emoción tan convulsa que hasta a mí me resultaba ridícula. Lástima no ser ya capaz de los gestos rituales de la piedad infantil: se inventaron como sobrio desagüe para la inundación íntima, arrolladora, de lágrimas atormentadas. Para convertir lo infinito de la angustia en infinitud de la esperanza. Pero no puedo… me limito a carraspear, quitarme las gafas y frotarlas con el pañuelo como si lo que las nubla estuviese en los cristales y no en mis ojos. Ese portal lo cruzamos juntos una noche y entramos en la otra vida, la verdadera pero efímera también.

A veces me decía: “Se me ha metido una tristura…”. Y me miraba como aniñándose, con tierno desafío, recordándome sin palabras que mi obligación de amante era revertir el turbio desconsuelo y devolverlo brillante al bazar de la alegría. Yo lo dejaba todo y me ponía a la tarea con denuedo torpe pero entusiasta, recurriendo a las gansadas y a las citas de Shakespeare, a los mimos y a las promesas de aventuras cinematográficas, a la evocación de paisajes felices y a la maledicencia política, evocando recuerdos gratos, proyectos improbables, nuestras ilusiones. Por fin la nube en su rostro se marchaba al infierno del que vino y me sonreía muy poquito, de medio lado, pero bastaba. ¡Ya! Volvía su serenidad algo melancólica, y yo recuperaba mi alegría bastante nerviosa, as usual. Se acabó ese vaivén, ahora no hay tregua. Cinco años hace y sólo me queda, invencible, la tristura.

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