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Toni Kroos: la gran mentira del Real Madrid

Hay fechas que es mejor no recordar y la del fichaje de Toni Kroos por el Real Madrid bien podría ser una de ellas. Unos meses antes, por cierto, el equipo blanco ya había incorporado a Luka Modric, otra efeméride a desterrar de la memoria afectiva si uno no quiere terminar tirando paredes con algún Napoleón en el patio de un psiquiátrico. Alguien dentro del club –a quien están tardando en hacer un monumento, sea quien fuere– decidió que ya estaba bien de armarse con Khediras y Diarras para las batallas futuras, que la pelota era algo más que un arma arrojadiza y que el fútbol moderno, como pregonaba El Que No Debe Ser Nombrado, era negocio de centrocampistas.

“A los alemanes no les quema ni la sal en los ojos”, suele decir un chapista amigo mío que se dedica a revender coches de importación. Sabe de lo que habla, aunque su afirmación nada tenga que ver con el fútbol: simplemente, le va el negocio en ello. De los coches alemanes de segunda mano se alaba la mecánica al tiempo que se desconfía de la carrocería, principalmente por aquello de los duros inviernos, la necesidad de mantener abiertas las carreteras y el exceso de cloruro sódico. “Todo mentira”, me asegura cada vez que le saco el tema. Y entonces pienso en Toni Kroos, a quien el Bayern Múnich vendió a precio de saldo por considerarlo reemplazable –y casi por encima del cadáver de su entrenador– para reforzar a un rival directo en las justas anuales por la corona europea: menudo negocio, Karl-Heinz Rummenigge.

Si el destino del mundo dependiera de los pies y la sangre fría de un mortal, Toni Kroos debería encabezar la terna de los elegidos junto a Marc-André Ter Stegen, otro made in Germany con el temple por castigo. La leyenda cuenta que pudieron compartir vestuario en Barcelona, pero uno nunca sabe cuánto hay de verdad en ciertos rumores. Y quizás sea mejor así. Para el aficionado culé supondría la constatación definitiva de que, al menos durante algunos años, la secretaría técnica del gran rival practicó una suerte de cruyffismo heterodoxo para rodear a Cristiano Ronaldo de los mejores socios posibles, justo lo contrario de lo que sucedió con Leo Messi en las oficinas del Camp Nou. Convencidos de que el mejor centrocampista del mundo era él, al argentino lo complementaban cada verano con una serie de híbridos todavía por catalogar, probablemente futbolistas, aunque tampoco conozco a nadie que ponga la mano en el fuego por ello.

Mucho se habla estos días de solidez defensiva y mentalidad ganadora cuando la realidad es mucho más sencilla: en cuanto el Madrid se enfrenta con un equipo que le puede hacer daño a través del balón, llega Toni Kroos y se lo esconde, se lo quita, se lo niega. No solo él, claro está, pero sobre todo él: la gran mentira de que el madridismo solo disfruta del vértigo, del toque a rebato y la carrera infinita, quedó desarticulada hace tiempo, apenas un argumentario político con fecha de caducidad para tiempos de guerra. Y, miren, no pasa nada por reconocerlo. Piensen que más duro es, para las aficiones rivales, seguir manteniendo que el Madrid no juega a nada cada vez que Toni Kroos imanta un partido como si quisiera grabarnos una fecha concreta en la frente.

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