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Todo irá

Balcones del Masnou, en el Maresme.Balcones del Masnou, en el Maresme.enric fontcuberta / efe

Pienso cuando se me pasó por la cabeza intentar quedarme embarazada durante la cuarentena, intentarlo de verdad, pero al cabo de un rato me contesté que intentar tener un hijo ahora era como el tupper que había guardado en el congelador para una oficina futura que no tenía

El día después de saber que habría nueva normalidad, que así se llamaba lo de después, me imaginé Nueva Normalidad en letras mayúsculas. A todo el mundo le vinieron imágenes parecidas: lo vieron el título del nuevo mundo en una tribuna, en una inscripción de una plaza pública, en un nuevo decreto, desde un megáfono: “Bienvenidos a Nueva Normalidad”.

Para pensar en qué consistiría nueva normalidad busco la vieja. Miro signos en fotos antiguas. La vieja normalidad se impone: cuánto nos tocábamos, que cerca estábamos los unos de los otros, como se nos ocurría, incluso, voluntariamente, decididamente, mantener las distancias.

Encuentro vieja normalidad en un filtro de instagram que pone mi cara sobre un fondo de disturbios y fuego. Se llama Urquinaona Days en referencia a las movilizaciones de octubre tras la sentencia del 1-0. Esa nueva normalidad ahora es vieja. Pienso en las calles llenas de gente y sé que tendremos que volver cuando los despidos sean definitivos y vuelvan a precarizarnos, cuando no podamos costearnos la vida.

Busco vieja normalidad en mi vecina de enfrente, que ha ido colgando carteles en las ventanas. Es la optimista. “Todo irá bien, esperanza, paciencia”. Algunos de estos carteles están deteriorados después de semanas. El arcoiris exhibe una variedad cromática cada vez más precaria.

Desde mi ventana, solo leo: “Todo irá”. Apruebo la contención y la aspereza del mensaje de ahora. Todo irá, señora. Eso seguro.

“Cuando no hay idea de futuro, la preservación del pasado se vuelve irreflexiva. Es lo que permite seguir adelante”, explica Sara Ahmed en su ensayo ‘La promesa de la felicidad’. Parecemos obstinadas en mirar hacia adelante, esperando futuros felices basados en ideas felices anteriores, sin cuestionarnos si lo eran. El voluntarismo mágico impregna la cultura de empresa, los talleres de autoayuda i la ideología espontánea de mi vecina. No quiero un concierto en los balcones que me diga que “saldremos adelante” ni quiero un Sant Jordi de consolación.

Pienso cuando se me pasó por la cabeza intentar quedarme embarazada durante la cuarentena, intentarlo de verdad, pero al cabo de un rato me contesté que intentar tener un hijo ahora era como el táper que había guardado en el congelador para una oficina futura que no tenía.

Maldigo el imperativo de la alegría, como Audre Lorde: “Buscamos la felicidad más que comida de verdad, aire limpio y un futuro más sano en un planeta habitable! Como si la felicidad y solo eso pudiera protegernos de los resultados de la obsesión por el beneficio”. Tampoco es sostenible el pesimismo, trampa paralizadora que conduce a la autocompasión. Ni habitar la distopía, como dice la ecofeminista Yayo Herrero: corre el riesgo de convertirse ahora mismo en una posición conservadora. Pienso que es el momento de llamar a la organización sindical y a la lucha colectiva; de aclamar el tumulto y ocupar calles futuras. El “todo irá” no nos aboca a un pasado inevitable.

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