Las noticias

Tiago Rodrigues, el teatro portugués que conquista Europa

Sofia Dias y Vítor Roriz, en 'Antonio y Cleopatra', dirigida por Tiago Rodrigues.
Sofia Dias y Vítor Roriz, en ‘Antonio y Cleopatra’, dirigida por Tiago Rodrigues.

Tiago Rodrigues (Lisboa, 44 años) es el dramaturgo que un día escribe sobre su abuela de Trás-os-Montes y otro ensaya un chéjov con Isabelle Huppert en París. El estudiante que dudó de su futuro como actor cuando se formaba siguiendo un itinerario convencional en la Escuela Superior de Teatro y Cine de Lisboa explosionó como uno de los renovadores de la escena europea unos años después. Encontró su camino con la compañía belga tgStan y, cuando regresó a casa, fundó con Magda Bizarro en Lisboa Mundo Perfeito, a la que no le gusta llamar compañía sino estructura. Desde 2014 es el director artístico del Teatro Nacional Dona María II, al que dio una sacudida vanguardista que le ha convertido en un socio cortejado para numerosas coproducciones europeas. Hace teatro orgánico, donde lo importante, como en la vida, es la carretera. “Cuando empiezo no tengo necesariamente una visión de lo que será la obra, tengo una visión de lo que será el proceso”, aclara durante una entrevista por teléfono, unos días antes de que se presente en Madrid su versión de la tragedia histórica de Shakespeare, Antonio y Cleopatra. Lo que se verá en el Centro Conde Duque entre este viernes 11 y el domingo 13 es un montaje desnudo sin ninguno de los aditivos escenográficos que el Bardo ideó.

Más información

A diferencia de la dramaturgia clásica, Rodrigues espolea las paternidades artísticas compartidas. Sus montajes se van haciendo de forma colectiva y a menudo exploran rincones intimistas. Lo mismo concede todo el protagonismo a una de las últimas apuntadoras del mundo, como ocurrió en Sopro (Soplo), que dirige a la Royal Shakespeare Company en una adaptación de José Saramago (Blindness and Seeing), pendiente de estreno en Londres tras la cancelación que forzó en 2020 la pandemia. Le quieren en todas partes.

Tiago Rodrigues, segundo por la izquierda, en un momento de la obra 'Bye Heart' durante una representación en 2018. / Magda Bizarro
Tiago Rodrigues, segundo por la izquierda, en un momento de la obra ‘Bye Heart’ durante una representación en 2018. / Magda Bizarro

Si esta vez no viaja a Madrid con Antonio y Cleopatra es porque la cita coincide con la representación en Mértola (Portugal) de By Heart, el ejercicio lírico que construyó a partir de la lucha de su abuela contra la ceguera, donde sale a escena Rodrigues, que antes que director se siente actor. En Aviñón, además, le aguardan los últimos ensayos de El jardín de los cerezos, que abrirá el festival el 5 de julio en el escenario principal del Palacio de los Papas con dos músicos y 10 actores, encabezados por Isabelle Huppert. Si algo comparten todas estas obras, ya sean indagaciones poéticas en escenarios pequeños como Mértola o versiones de clásicos en uno de los templos de la dramaturgia europea, es la curiosidad. “No pienso mucho en hacer teatro de una determinada manera para hacer una pieza como las que hago yo, tampoco sé lo que es eso. Me gusta aprender, intentar algo nuevo y trabajar con gente con la que no he trabajado”, explica.

Con Antonio y Cleopatra satisfizo todos los requisitos. La obra se montó en 2014 en colaboración con sus dos protagonistas, Sofia Dias y Vítor Roriz, coreógrafos y bailarines, que nunca habían hecho teatro. Rodrigues escogió su tragedia shakespeariana predilecta para trabajar con dos actores que eran también pareja en la calle. La liberaron de grandilocuencia escénica: la cuarentena de personajes se redujeron a dos y las múltiples escenografías se cambiaron por un espacio austero donde solo hay un equipo de música y una suerte de gigantesco móvil colgante. Antonio y Cleopatra están sin estar. El montaje consigue que los protagonistas vivan en la imaginación del público a través del relato de los actores. “No teníamos mucho dinero para hacer la obra. Antonio y Cleopatra es la tragedia más compleja y difícil de montar de Shakespeare desde el punto de vista técnico, y pensamos en hacer lo contrario, algo muy basado en el poder de evocación del teatro que no muestra, pero evoca y en el poder de imaginación del público que no ve, pero imagina y completa el vacío”, sostiene el dramaturgo.

El negativo de Shakespeare

Tras este punto de partida, la obra, que ya pasó por el Temporada Alta en 2016, acabaría construida con las improvisaciones de Sofia Diaz y Vítor Roriz tras una lectura de la tragedia. “Cuando volvimos a vernos y les pedí que me contaran la historia de la pieza que habíamos leído unos días antes, pasó algo muy hermoso, completaban las frases uno del otro, lo hacían casi en performance, intentaban construir una imagen juntos, me pareció una idea interesante que dos cuerpos intentan recordar una pareja histórica y monumental y al hacerlo se transforman poco a poco en esa pareja. Empiezan como actores, pero terminan como Antonio y Cleopatra”.

En esa reescritura de la obra de Shakespeare (“irresponsable”, se autocritica el director, “ya sabes que lo vas a hacer peor que él”) se logra más cercanía y, sobre todo, más intimidad. “Hacemos como el negativo de Shakespeare, que lo hizo muy público, con personajes que siempre son mirados por otros y aquí son dos personajes que siempre están solos”, compara. Lo que encuentra vigente es la definición de amor que hizo Plutarco, que inspiraría a Shakespeare: “Dice que a partir de Cleopatra y Antonio el amor pasó a ser la capacidad de mirar el mundo a través de la sensibilidad del otro. Eso me pareció muy romántico pero también muy político: el amor como la capacidad de colocarse en la piel del otro”.

Si Shakespeare y Chéjov siguen interpelando hoy es porque sus dilemas les han sobrevivido. Tanto miedo ante el futuro como el de los protagonistas de El jardín de los cerezos existen hoy en cualquier hogar de clase media. “Es una obra que habla de cambios sociales profundos y como nos comportamos ante la incertidumbre del futuro. Son cosas muy próximas a nosotros. Es un retrato del final de una época y el comienzo de otra que todavía no sabemos cómo será”, reflexiona a propósito de su primer chéjov. Rodrigues cree que, desde antes del gran confinamiento, se vive una encrucijada histórica, “con una Europa con sociedades muy divididas. Yo creo que eso también lo sabía la gente tras el final de la guerra”. “Nos esperan años de recuperación y reconstrucción por delante”, añade sobre la pandemia, “los grandes desafíos próximos hay que tomarlos en serio y tener estrategias para fortalecer el sector de las artes”. Algo que, en su opinión, no se hizo al comienzo de la crisis en Portugal para ayudar a la cultura.

Leave a Reply