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Tests de coronavirus clandestinos en farmacias de 24 horas: “Pase por aquí, son 25 euros”

― Buenas tardes, ¿tienen test de coronavirus?

― Un momento, pase por aquí.

― Veníamos a hacernos la prueba.

― Pues no, no la hacemos.

Al norte de la capital, muy cerca de Plaza de Castilla, una amplia farmacia con tres empleados realiza pruebas de coronavirus desde hace unos días: los llamados test rápidos. La farmacéutica no quiere líos. No quiere que el Gobierno le confisque los tests que tiene y, sobre todo, quiere seguir siendo anónima. Sin nombres. Sin localizaciones. Sin nada que la identifique como “la farmacia de los tests”. 20 minutos después, cede. “No tenemos muchos, generalmente lo hacemos a nuestros amigos, familiares, policías, algunos médicos, la primera línea del virus. Un segundito y ahora les atiende mi compañero”.

Varias farmacias consultadas reconocen que se están comprando test rápidos en pequeñas cantidades, pero que todo depende de los proveedores. “Hay que pelear y pelear por teléfono y se consigue. Yo he conseguido cinco para mi plantilla”, cuenta un farmacéutico de un pueblo de la sierra. “Pero el Colegio Oficial de Farmacéuticos no ha informado de que haya que adquirirlas. A mí me gustaría tener, sobre todo por mis trabajadores, pero ni los he pedido, por coherencia y respeto”, cuenta otra del centro de Madrid. El Gobierno dijo el 21 de marzo que los “cientos de miles” que había adquirido se repartirían entre la población por fases. “Primero se priorizará la utilización en residencias de personas mayores y centros sociosanitarios”, dijo en otro comunicado el 7 abril el Ministerio de Sanidad. Una semana después, el Ejecutivo tomó el control de los centros privados que hacían los test porque durante las primeras semanas empresas y ciudadanos pagaban entre 165 y 400 por una prueba aunque no tuvieran síntomas.

Sin embargo, en farmacias como esta del norte de la capital, se puede. El coste es de 25 euros. Cualquier ciudadano se acerca y en 15 minutos tiene el resultado. “Mira, yo con esto no saco ningún beneficio”, explica la dueña. “Lo hago a precio de coste”. Dice que tiene constancia de que también las realizan en otras farmacias de Colmenar Viejo y de Tres Cantos. De repente, un auxiliar con bata blanca y mascarilla se dirige de un rincón a otro del local. Bienvenidos a un escritorio blanco improvisado con forma de despacho: el minilaboratorio. “Siéntese, ¿tiene usted síntomas?”. El empleado, como si fuera un detective y ataviado de guantes blancos y mascarilla de las buenas, anota en una hoja pequeña de papel blanco el nombre del cliente. “Un segundo”. Se vuelve a levantar. Un minuto después regresa con un botecito transparente moviéndolo como si fuera una campanilla con la mano izquierda y el famoso test en la derecha, un diminuto aparato parecido a un cúter que cuenta con tres letras serigrafiadas: C, G, y M. Todo está en el abecedario. Ahí dirá si se tiene el bicho, si lo ha superado o si no lo tiene.

― ¿Qué mano le gusta menos: la derecha o la izquierda?

― La izquierda.

El sanitario agarra la mano y escoge el dedo anular sin preguntar. “Este es el que menos se usa. La piel es mucho más fina aquí. No duele nada. Un segundito y ya estamos”. Coge una pizca de algodón, vierte un poco de alcohol y limpia con mimo la yema del dedo. Muestra el diminuto objeto punzante, que recuerda a las pruebas de la alergia del colegio, y pincha. “Ya está”, dice sonriendo. Masajea el dedo mientras explica las diferentes pruebas que se realizan en los hospitales. “Allí usan los PCR. Es una prueba de ADN que es más fiable que esta, pero no dice muchas cosas más. Esta, además, detecta si lo has tenido”.

Ahora coge un palito con forma de boli Bic y extrae poco a poco las gotas de sangre. “Ya casi estamos”. Pero no, agarra un bote transparente con forma de típex: “Esto es un reactivo”. Con eso se expandirá la sangre por el aparato, como si fuera el mercurio de un viejo termómetro, y se parará en una de las letras mayúsculas: C, G o M. “En un cuarto de hora les avisamos. Esperen fuera”.

― Y luego, ¿qué hacen con los tests?

― Tirarlos a la basura.

Al salir por la puerta, la cola ya acumula una línea de más de 20 clientes. Todos vienen a lo mismo, pero se guarda un respetuoso silencio, como si nadie supiera que aquí se hacen los tests. Francisco López, de 45 años, trabaja en Renfe. Ha aprovechado su día libre para saber de una vez por todas si tiene el bicho dentro. Visiblemente nervioso, se ajusta la mascarilla y mueve las piernas. “Cualquier cosa parece un síntoma ya. Hace un mes y pico tuve tos y tal. Solo quiero saber si lo he pasado, más que nada para quedarme tranquilo”. Miguel Álvarez, de 40, guarda la prudente distancia de dos metros con Francisco. Él se enteró por otro compañero del trabajo. “Hace mes y medio tuve fiebre sin motivo aparente un día. Quiero saber si lo he superado. No sé si te lo dan o si te lo haces tú; he venido porque también quiero saber cómo funciona esto”.

Un poco más adelante, tres policías municipales con ropa de calle confirman que han venido para lo mismo. “Lo comentó en un grupo de WhatsApp una compañera. Ahora estoy bien, pero tuve síntomas de catarro hace poco. Es más que nada por saber si lo he tenido o no”, cuenta una de ellas. De pronto, el auxiliar sale por las puertas automáticas con gestos de que está todo listo: “Por aquí, por aquí”.

El sanitario, con rostro serio, se dirige hacia el minilaboratorio clandestino. “Como pueden ver”, observa, “hay tres letras. La M significa que los anticuerpos están luchando ahora mismo contra el virus. Es decir, que lo tienen. La G, que lo han pasado ya, formando parte del famoso grupo de los asintomáticos y la C, que no lo tienen ni lo han pasado. Ha salido C. Tienen que seguir en alerta y tomando las mismas precauciones por todo lo que pueda pasar”.

―¿Tienen mascarillas?

― Sí.

―Pues cinco.

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