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Tajo, cómo matar a un río

‘Tajo-Segura, ni una gota más’, reza la pegatina pegada en el cristal de un coche en Chillarón del Rey, uno de los pueblos ribereños ubicados en los alrededores de Entrepeñas y Buendía, los embalses de la cabecera del Tajo. “La gente está indignada porque estando tan cerca del pantano, tenemos muchos problemas con el agua. Y se la están llevando”, lamenta la alcaldesa Maribel Díaz. Es verano, la población de esta localidad de Guadalajara se multiplica por seis —en invierno no llegan a 50— y un depósito no es suficiente para que todos puedan ducharse o cocinar. “Nos tienen que suministrar con camiones cisterna que vienen de pueblos de alrededor”, explica la alcaldesa. Una paradoja teniendo en cuenta que se encuentran a un kilómetro y medio de Entrepeñas, una masa enorme de agua con una capacidad máxima de 835 hectómetros cúbicos, es decir, lo suficiente como para abastecer a una población de más de 4 millones de habitantes durante un año.

En 1979, la puesta en marcha del trasvase Tajo-Segura obró el milagro de convertir miles de hectáreas de terreno casi desértico de las provincias de Alicante, Almería y Murcia en un oasis formado por tierras de cultivo de frutas y hortalizas que ha contribuido de forma decisiva a que España sea considerada como la huerta de Europa. Pasados 40 años, el agua que llena los pantanos de la cabecera del Tajo, desde donde se desvía una gran parte hacia el sureste español, es mucho menos y no se han vuelto a contar con los volúmenes embalsados anteriores a la creación del trasvase, cuando a esta zona se la conocía como “los mares de Castilla”.

“Antes del trasvase teníamos más de 15 manantiales. Ahora solo nos queda uno”, cuenta Maribel Díaz. “Extraer agua del embalse es muy caro porque implica mucho tratamiento y las subidas y bajadas de su caudal requieren un sistema de bombeo muy complejo. Por eso tenemos un pozo”, aclara. Cada vez que se realiza una transferencia de agua hacia el trasvase, el volumen embalsado desciende en altura y el pantano funciona como una esponja: lo absorbe todo, hasta el agua de los manantiales que están alrededor.

El efecto 80

“En los últimos 40 años se ha producido una reducción muy clara de las aportaciones en la cabecera del Tajo”, explica Teodoro Estela, director general del Agua. El máximo responsable de la gestión de los recursos hídricos del Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfica del Gobierno de España, muestra su preocupación ante un problema que padecen de forma directa los pueblos ribereños como Chillarón del Rey, pero que se traslada a los regantes del trasvase Tajo-Segura y al resto de poblaciones que dependen del curso del río más largo de la península ibérica a lo largo de más de 1.000 kilómetros entre España y Portugal.

Desde 1958 —fecha en la que estaban operando ambos pantanos— hasta 1980, la media de entradas de agua (aportaciones naturales) en ambos embalses fue de 1.437 hectómetros cúbicos, mientras que la cantidad promedio desde octubre de 1980 hasta septiembre de 2019 fue de 737, según datos del Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas (CEDEX) y de la Confederación Hidrográfica del Tajo. Es decir, en los últimos 40 años el agua que ha llegado a la cabecera del Tajo ha sido casi la mitad. Este descenso en las aportaciones forma parte del fenómeno llamado efecto 80, que ha afectado a gran parte de la península ibérica hasta la actualidad.

“El Tajo, al igual que otras muchas cuencas de nuestro país, cada vez tiene menos agua. Estamos viviendo los riesgos climáticos de una manera muy clara y los modelos de simulación hidrológicos nos dicen que cada vez vamos a tener menos recursos hídricos. Eso quiere decir que la tenemos que gestionar con más cautela”, advierte Teodoro Estela.

“Han aumentado las temperaturas máximas y las mínimas. En cuanto a las precipitaciones, en términos generales se puede decir que va a haber una reducción. Ambos factores afectan de forma indirecta al agua disponible”, esclarece Ernesto Rodríguez, meteorólogo de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) y responsable del área encargada de realizar proyecciones climáticas teniendo en cuenta la incidencia de los gases de efecto invernadero. “A más temperatura, más evapotranspiración [el agua que se va a la atmósfera por la evaporación y la transpiración de las plantas] y más sequedad de suelo, lo que hace que la tierra absorba más agua y no la suelte para que llegue a los ríos. Por tanto, ante un escenario de mayor temperatura y de menor precipitación, se traduce en menor escorrentía, que es el agua que no absorbe el suelo y que va a parar al cauce de los ríos”.

“Aunque los gestores no tuvieran una bola de cristal para saber qué podía deparar el futuro, cuando llegaron los embalses al 60% de su capacidad sí podrían haber sido más cautos. El no hacerlo condicionó los trasvases de los años siguientes”, arguye Antonio de Lucas Sepúlveda, ingeniero de caminos y autor de una tesis doctoral en la que hace un análisis exhaustivo del funcionamiento del trasvase y de la gestión de las aguas excedentarias de la cuenca. “No se dieron cuenta de la reducción de las aportaciones y continuaron decidiendo las salidas de acuerdo con la llegada de agua del periodo anterior a 1980, que fueron años especialmente húmedos. Desde 1979 se sucedió un periodo seco que se alargó más de lo que había ocurrido antes”, matiza.

En función del volumen de agua que tengan los embalses de cabecera a principios de cada mes, para el trasvase Tajo-Segura se destina una cantidad de hasta un máximo anual de 650 hectómetros cúbicos (600 para la Cuenca del Segura y 50 para la Cuenca del Guadiana), tal y como regula la normativa de explotación actual. Los trasvases mensuales se realizan solo cuando las existencias conjuntas de agua entre Entrepeñas y Buendía son superiores a los 400 hectómetros cúbicos —entre ambos embalses tienen una capacidad máxima de almacenamiento de 2.500—. Desde 1979, el promedio anual de agua trasvasada hasta el año hidrológico 2018-2019 —periodo que va desde septiembre a octubre del año siguiente— ha sido de 325 hectómetros cúbicos. Para entender lo que supone esto, la media de agua embalsada mensual de los pantanos de Entrepeñas y Buendía desde 1979 hasta junio de 2020 ha sido de 749 hectómetros cúbicos. Solo ha habido un año hidrológico en el que se hayan transferido más de 600 hectómetros cúbicos (620) y fue en 2000-2001.

El resto de agua que no se traspasa, según dicta un real decreto de 2014, hasta un máximo de 365 hectómetros cúbicos al año siguen el curso del río hacia Portugal, aunque la media desde la inauguración del trasvase hasta 2017 fue de 442. “Cuando el Tajo pasa por Aranjuez [Madrid], llega muy agotado. Tenemos un problema muy serio con la disminución de aportaciones, y si a esto le sumamos un trasvase, nos encaminamos a un escenario de río prácticamente muerto”, critica Miguel Ángel Sánchez, portavoz de la Plataforma en Defensa de los ríos Tajo y Alberche.

“Hay que empezar a cuidar el Tajo. Devolverle el agua y, desde luego, aplicar urgentemente soluciones en el Levante. El cambio climático no respeta a nadie. El Tajo está muerto ahora mismo y el trasvase está sentenciado”, opina con firmeza Sánchez.

“Hay que empezar a cuidar el Tajo. Devolverle el agua y, desde luego, aplicar urgentemente soluciones en el Levante. El cambio climático no respeta a nadie”

Miguel Ángel Sánchez, Plataforma en Defensa del Tajo y Alberche

Un vergel en el desierto

Una obra hidráulica colosal de acueductos, canales y túneles salva una distancia de 292 kilómetros para transportar el agua desde la cabecera del Tajo hasta el corazón de la huerta de Europa. “Yo soy hijo de los almendros”, dice José Vicente Andreu, de 56 años, mientras nos muestra las tierras que trabaja desde 2010, año en el que se convirtió en productor agrícola especializado en cítricos. La valla que delimita la finca de Villamilagros, en el término municipal de Orihuela (Alicante), es como una línea del tiempo. Afuera, una amplia extensión de tierra árida y vetusta, en la que solo pueden crecer árboles frutales de secano, como los almendros; de puertas para dentro, 20 hectáreas de cultivo de clementinas y naranjos regadas con agua del trasvase.

Este ingeniero agrónomo pertenece a la quinta generación de una familia de labradores de Torremendo, una localidad situada en la comarca de la Vega Baja del Segura, en la Comunidad Valenciana. A diferencia de sus progenitores, ha corrido otra suerte gracias al agua del trasvase. “Mis padres cultivaban trigo, cebada, oliva, almendros… Pura subsistencia”.

“Yo me puedo mantener porque me pasé a la agricultura ecológica porque en Europa tiene una alta demanda”, enfatiza José Vicente, que cultiva terrenos alquilados a agricultores que se van jubilando por falta de relevo generacional o porque no les compensa. “Los precios no les parecen competitivos y los ingresos no les compensan frente al incremento de costes, como el del agua desalada para regar”.

En total, cuenta con 150 hectáreas y produce alrededor de 2.000 toneladas anuales de cultivo ecológico de limones, pomelos, mandarina, además de varias hectáreas de almendros y olivos. Como la mayoría de los empresarios agrícolas de las tierras regadas por el trasvase, José Vicente exporta gran parte de su cosecha a países europeos. Desde hace años, España es el principal productor de frutas y el segundo de hortalizas de todos los estados miembros —con un 40% sobre el total y un 17,3%, según datos de Eurostat de 2017— y comercializa en el mercado europeo el 93% de su producción dirigida a la exportación.

Hasta este invierno, los 80.000 regantes que como José Vicente hacen uso del agua del trasvase han sufrido largos años de sequía. Desde el año hidrológico de 2013-2014 hasta septiembre de 2019, han tenido que regar con un alto porcentaje de agua desalada al carecer de dulce por falta de entradas de agua en los embalses desde los pulmones de la cabecera del Tajo.

“Entre 2013 y 2015 estuvimos 18 meses sin ver llover”, añade. Baja la mirada cuando recuerda la campaña de 2017-2018, que fue especialmente dura: “La mitad del agua con la que regamos esta finca era desalada, y el coste se multiplicó por más del doble con respecto a los años en los que regábamos con agua dulce”. Antes de la sequía, el riego de las 20 hectáreas cultivos le suponían un desembolso de unos 30.000 euros por 100.000 metros cúbicos al año, pero desde que empezaron a hacer uso de agua desalada al 50%, el coste se elevó hasta los 70.000 euros, aproximadamente.

A los efectos de la sequía, se sumó una ola de calor que durante cuatro días de mayo de 2018 afectó gravemente a la cosecha. “El limón pequeño, que está aún madurando, se muere. Perdí el 40% de la producción, unas 300 toneladas [150.000 euros]”, lamenta. Además, “también hay olas de calor en meses como noviembre o febrero, con días en los que las temperaturas superan los 30 grados”. En estas fechas son las naranjas las que sufren las alteraciones climáticas: florecen como si detectasen que ya es primavera, maduran antes de tiempo, pero son de mala calidad y no tienen salida en el mercado.

Las situaciones climatológicas que describe el agricultor alicantino coinciden con algunos de los efectos reales del calentamiento global que expertos como Mar Gómez, jefa de meteorología de Eltiempo.es, lleva tiempo explicando: “En España avanzamos hacia una desertificación en la mayor parte del territorio y la costa mediterránea es una de las más vulnerables al cambio climático. En los próximos años nos vamos a encontrar con climas más áridos, semiáridos y subhúmedos, y la parte más árida va a ser sureste peninsular, sobre todo la cuenca del Júcar y del Segura, que son zonas donde se van a percibir más déficit de precipitaciones”.

Dulce o salada, la guerra del agua

El embalse de La Pedrera está a cinco minutos en coche desde la finca de José Vicente Andreu. El color del polo que viste productor de cítricos se confunde con el azul turquesa de una masa de agua que tiene una capacidad de almacenamiento de 250 hectómetros cúbicos. “A este embalse llega prácticamente la mitad del agua del trasvase Tajo-Segura y se mezcla con el agua de la desaladora de Torrevieja”, explica. Desde aquí, se distribuye a las comunidades de regantes ubicadas en la zona de la Pedrera (unas 30.700 hectáreas brutas de riego), como la de José Vicente, y Campo de Cartagena (33.079), principalmente.

“El agua desalada no tiene prácticamente minerales y las plantas los necesitan para nutrirse. Por eso hay que mezclarla con agua dulce”, se queja el agricultor, aunque este no es su principal problema. Frente a los 30 céntimos de euros que paga por el metro cúbico de agua dulce del Segura y del trasvase, por la misma cantidad, es decir, mil litros de agua desalada, paga 80 céntimos. “No obtenemos la suficiente rentabilidad como para poder pagar esos precios”, añade. Al precio que establece el estado por el agua del trasvase y por la desalada de plantas como la de Torrevieja, que es pública, cada comunidad de regantes le suma un precio asociado al mantenimiento de las infraestructuras.

Según sus cálculos, José Vicente solo va a necesitar un 15% de agua desalada hasta el final de este año hidrológico por el volumen de lluvias que ha habido, pero la tendencia al uso del agua desalada como recurso de riego alternativo al trasvase está en alza. Y no solo por las alteraciones climáticas que apuntan a un futuro con menos lluvias y temperaturas más altas, sino también para evitar la sobreexplotación de los acuíferos que se viene dando desde hace mucho tiempo.

Como incide una investigación publicada por Datadista en 2019, para regar las tierras de la Cuenca Hidrográfica del Segura se han sobreexplotado acuíferos subterráneos desde hace décadas. Una manera de completar el agua que necesitaban durante los años de sequía, cuando no llegaba suficiente agua del trasvase, pero también en aquellos años en los que sí han tenido una dotación óptima desde la Cuenca del Tajo.

En 2005, el Gobierno español elaboró un nuevo Plan Hidrológico Nacional que anulaba el anterior para poner coto a la sobreexplotación de acuíferos y potenciar el agua desalada como recurso hídrico alternativo ante la necesidad de agua dulce, entre otros propósitos.

“De los 80 hectómetros cúbicos que somos capaces de desalar, casi el 90% de nuestra producción fue destinada para riego”, afirma Javier Zapatera, jefe de planta de la desaladora de Torrevieja, la más grande de Europa. Desde que se puso en marcha en 2015 para paliar la carestía de agua por la sequía, ha producido un total de 230 hectómetros cúbicos, de los cuales, 193 han sido para los regantes del trasvase y 36 para abastecimiento. “Me han pedido 250 hectómetros cúbicos para el próximo año, pero no tenemos esa capacidad”, dice Zapatera. Según fuentes de Aguas de las Cuencas Meditterráneas (Acuamed), la empresa pública que gestiona la planta, se está licitando un proyecto de ampliación para que tenga una capacidad de producción de 120 hectómetros cúbicos.

Además de la de Torrevieja, en la zona del levante español llevan operando casi una decena de plantas desaladoras desde hace unos años para abastecer a la población y para la agricultura. La de Águilas y Valdelentisco también son públicas y destinan la mayor parte de su producción para regadío, aunque no todo el volumen de agua desalada es para los regantes del trasvase. Y también están en fase de ampliación ante el incremento de la demanda.

“¿Se puede sustituir trasvase por desalación? ¡Claro! Ahora bien, si tú aumentas el volumen de agua desalada, la media te da un precio que no es compatible con la agricultura del Levante. Y no podemos pagar el agua desalada por adelantado”, reitera Lucas Jiménez, presidente del Sindicato Central de Regantes del Acueducto Tajo-Segura (Scrats). “¿Técnicamente es posible? Sí, pero no solo aquí, también en Castilla-La Mancha. Podemos crear desaladoras aquí e impulsar el agua hasta donde quedamos”, dice con sorna el representante del mayor sindicato de regantes de España.

“¿Se puede sustituir trasvase por desalación? ¡Claro! Ahora bien, si tú aumentas el volumen de agua desalada, la media te da un precio que no es compatible con la agricultura del Levante”

Lucas Jiménez, Sindicato de Regantes del Acueducto Tajo-Segura

En su tono se desprende un aire combativo. Jiménez lleva años batallando a nivel político para defender la importancia del trasvase a nivel nacional frente al cuestionamiento de su viabilidad por la carestía del agua en la cabecera del Tajo y la amenaza del cambio climático. “El control que tenemos del agua es una enfermedad. Producimos productos rentables, pero luchamos contra la escasez de agua y unos precios desorbitados. Regamos más, sí, pero en la Cuenca del Segura también reutilizamos en torno a 110-115 hectómetros cúbicos de aguas residuales y depuradas”.

“La reutilización del agua en la Cuenca del Segura ha avanzado mucho, pero no puede ser la fuente alternativa de recursos”, matiza Teodoro Estrela, director general del Agua. Para Estrela, la apuesta deben ser otras alternativas, como el uso del agua desalada. “Creo que la desalación integrada, conectando distintas desaladoras de una misma zona, ya aporta mucho”.

Sobre las críticas desde Scrats por el alto coste del agua desalada, Estrela afirma que es cierto que su uso para regadío cuesta más que el que se utiliza para abastecimiento, pero subraya que los costes de la desalación han ido disminuyendo considerablemente. “Hace algunos años hablábamos de un coste de un euro por metro cúbico, pero hemos bajado a la mitad”.

—¿Es viable el trasvase Tajo-Segura en un futuro con mayor escasez de agua?

—Lo que sí que sé es que cada vez hay menos y menos podremos derivar para el trasvase.

A unos 200 kilómetros en coche desde Entrepeñas y Buendía, el agua que llega a Talavera de la Reina (Toledo), tras su paso por Madrid, es cada vez más escasa y de peor calidad. El Tajo empieza a agonizar en este punto, todavía a otros 500 kilómetros hasta desembocar en Lisboa. El río internacional más largo de la península ibérica no entiende de guerras políticas: solo necesita más agua.

Esta serie de reportajes sobre el río Tajo se ha realizado gracias a la beca Reporters in the Field, promovida por la asociación n-ost y la Fundación Robert Bosch, y se publica simultáneamente en los periódicos EL PAÍS (España), Diário de Notícias (Portugal) y el diario Contacto (Luxemburgo).

El irregular reparto del Tajo entre España y Portugal

El Convenio de Albufeira determina las cantidades mínimas de agua a transferir entre los dos países, pero la irregularidad del caudal altera los ecosistemas y genera malestar en las poblaciones fronterizas.

El Tejo en Lisboa: cuando la sal ataca

La reducción de agua en el curso del río Tajo y la subida del nivel del mar están provocando que el agua salada entre por su desembocadura en Portugal. En ocasiones, los agricultores lusos tienen que utilizar sus tractores para hacer barricadas y contener la sal en el estuario.

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