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Si no tengo lejía, ¿puedo usar amoniaco?

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Si hay una cosa que el confinamiento por el coronavirus ha metido en la pituitaria de los españoles es el olor a lejía. Está en las casas, los descansillos de las comunidades y hasta en las paradas de autobús. El comprensible afán por desinfectar cada grifo, interruptor y picaporte se ha convertido en una necesaria costumbre, pero también ha puesto de manifiesto que no siempre se sabe lo que sería deseable acerca de los productos de limpieza. El aumento de llamadas al Servicio de Información Toxicológica (SIT) durante el último mes y medio, respecto al mismo periodo del año pasado, es una muestra de ello. Más de la mitad de las comunicaciones requería información acerca del uso de la lejía y otros desinfectantes, y muchas veces estaba motivada por la peligrosa, y potencialmente letal, práctica de mezclar productos químicos. Usar estos productos no es difícil, pero sacarles el máximo partido y minimizar sus riesgos requiere conocerlos con cierto detalle.

¿Amoniaco en vez de lejía? Sí, pero con condiciones

Su olor penetrante no convence en absoluto, y pese a ello nadie duda de que, si se trata de limpiar a fondo, vale la pena sufrirlo: es el desinfectante más eficiente, está ampliamente disponible y es muy barato. Y cunde más aún cuando se utiliza en las proporciones adecuadas de 1 a 50 — una parte de lejía por cada cincuenta de agua, lo que “equivale a dos cucharadas soperas para una botella de un litro”, explica la investigadora del CSIC y secretaria general de la Real Sociedad Española de Química (RSEQ), Sonsoles Martín Santamaría. Con estas cantidades uno no solo consigue hacer que el producto dure más, sino que también se ahorra en gases tóxicos y rebaja los efectos irritantes de la lejía; siempre hay que manipularla en un sitio ventilado y con guantes, pero puede irritar la piel de otras partes del cuerpo que no estén protegidas.

La acción desinfectante de la lejía se debe a la liberación de ácido clorhídrico y oxígeno. Odiamos su oxidación cuando destiñe la ropa pero nos deshacemos en halagos hacia ella cuando altera la estructura de los virus y las bacterias que nos infectan. Y no sospechamos que el proceso comienza cuando se diluye el producto en agua, ni tampoco pensamos que debería preocuparnos. Pero así es: “Los gases de ácido clorhídrico y oxígeno se van liberando con el tiempo, disminuyendo su concentración, por lo que conviene usarla recién diluida”, aconseja Martín Santamaría.

Otra cosa que conviene tener en cuenta es que también se produce un cloro muy distinto del de la sal de mesa, el cloro molecular, un gas que se forma al unirse dos átomos de este agresivo elemento y que, por su toxicidad, se hizo tristemente célebre por dar un vuelco a la historia de las armas químicas durante la Primera Guerra Mundial. En la lejía diluida, la presencia de este gas es muy baja, pero aún así es aconsejable evitar inhalar los vapores, dice la científica. No es que la casa se vaya a convertir en una trinchera, pero la prudencia manda y hay que evitar mezclar la lejía con otros productos de limpieza, ya que la combinación puede hacer que se produzca el peligroso gas. Pero antes de conocer los peligros de las combinaciones prohibidas es oportuno saber cómo funciona la lejía, lo que debería convencer a cualquiera del poderoso efecto que tiene por sí sola.

Este producto desinfectante retira los virus y otros patógenos de las superficies disolviendo las gotitas que, junto con la grasa, hacen que se queden pegados a ellas (bastan las moléculas grasas que tenemos en la piel de las manos o las que están presentes en la saliva para que el coronavirus se quede anclado a las superficies. Cuando las tocamos, el virus pasa a las manos y luego a los ojos, la nariz y la boca, que es por donde nos infecta si nos los tocamos). La lejía también altera la cubierta exterior de los virus, pero no siempre acaba con todos ellos, explica la investigadora, por lo que recomienda usar papel de cocina desechable para limpiar con ella. Si se usa una bayeta “deberemos evitar que contamine otras superficies y lavarla en la lavadora a más de 60ºC”, advierte la científica.

En cuanto al amoniaco, su característica más relevante es que es un potente desengrasante que no decolora tejidos ni materiales y, aunque no tiene tanto poder desinfectante, ayuda a limpiar las superficies donde puedan estar adheridas las partículas con virus. Hay que usarlo con precaución porque es corrosivo, apunta Martín Santamaría. O sea, que si te quedas sin lejía puedes recurrir sin miedo al amoniaco para limpiar la casa, pero la limpieza quizá deba ser más concienzuda, y el hecho de usar un papel desechable, aún más importante.

Por maravillas de la química, el amoniaco es un gas que se comercializa en forma diluida y que usamos mezclado con agua para pequeñas superficies. Para limpiar grandes superficies (los suelos que no son de madera o azulejos) hay que diluirlo aún más, habitualmente en una proporción de una parte de amoniaco por diez de agua.

La investigadora advierte con insistencia de que tanto el amoniaco como la lejía son muy eficientes para limpiar y desinfectar los objetos que tocamos a diario, pero que son potencialmente mortales si se mezclan, ya que la combinación “libera cloramina, un gas muy tóxico”; puede llegar a ser letal en exposición prolongada y dosis altas. Y no son las únicas mezclas que pueden tener resultados fatales y que hay que evitar hacer a toda costa. La lejía con vinagre aumenta la producción del cloro gaseoso tóxico, mientras que si se le añade alcohol libera cloroformo, que durante un breve periodo de tiempo causa fatiga, mareos y dolor de cabeza pero que en grandes cantidades puede dañar el hígado y los riñones. También puede producir llagas en la piel.

Estas mezclas son algunas de las que han motivado el aumento de llamadas al SIT durante las últimas seis semanas, pero hay más, y ninguna es recomendable. Sobre todo cuando hay otras que se comercializan ya hechas para aprovechar la acción de otro producto de limpieza que ha marcado una época: el detergente.

Jabón, detergente y otros actores secundarios

El funcionamiento del detergente y del jabón es distinto del de los compuestos anteriores. Se basa en curiosas moléculas que se caracterizan por tener una parte de su estructura química afín a las grasas (lipófila) y otra al agua (hidrófila). Según Martín Santamaría, así son capaces de rodear la suciedad y la grasa, a la que pueden estar adheridos los virus, con su parte lipófila: así forma una esfera alrededor de los virus, llamada micela. Como en la parte exterior queda la parte hidrófila de estas moléculas, el conjunto se solubiliza en el agua, que se lleva por delante todo lo que contenga la micela.

No hay que excluir la idea de usar una mezcla de lejía o amoniaco con detergente, siempre que se compre hecha y no se formule en casa. Lo que tienen a su favor es que combina los mecanismos de acción de los dos primeros productos con el del tercero. Cualquiera que haya empleado una mezcla de amoniaco y detergente para limpiar textiles sabe lo bien que funciona, y no hace falta tener esa experiencia para saber que la lejía estropea los tejidos. Eso sí, cuando se usa lejía con detergente o amoniaco con detergente para desinfectar superficies es importante mirar la etiqueta antes de diluir la mezcla. El objetivo es saber cuánta lejía tiene calcular las proporciones 1:50 en función de la lejía, no de la mezcla que contiene el envase.

Si no dispones de ninguno de estos productos pero te sobra el jabón también puedes usarlo para lavar algo más que las manos (lo que también tiene su técnica). Pero no es tan efectivo como la lejía y hay que tener en cuenta que funciona mejor con agua caliente, además de que lavar la casa con jabón sería mucho más trabajoso y oneroso que hacerlo con otros productos químicos. Si la desinfección es corporal, la ventaja respecto a desinfectantes como el alcohol (que funciona siempre que tenga una graduación superior a 60º), es que este solo limpia los gérmenes mientras que el jabón, además de desinfectar, arrastra gran parte de la suciedad con la que entramos en contacto habitualmente. Y no castiga la piel tan deprisa como los geles de hidroalcohol, que la resecan excepcionalmente rápido y que, como llevan glicerina, se quedan adheridos a la piel.

El alcohol, así como el agua oxigenada (que es eficaz contra el coronavirus por encima del 0,5% si se usa durante un minuto), pueden servir para desinfectar durante el confinamiento, pero Martín Santamaría recuerda que no deberían ser la primera opción para contribuir a asegurar el abastecimiento a los profesionales sanitarios. Una elección que depende de cada consumidor es usar productos como el Sanytol y otros que se venden para limpiar cocinas. La secretaria general de la RSEQ opina que probablemente puedas echar mano de ellos si quieres. “Estos productos tienen mezclas de detergentes, alcohol o bien otros compuestos con propiedades también desengrasantes y desinfectantes”, concluye.

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