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Si hoy se queja de perder una hora, imagine perder 10 días

Puede que la cuarentena quite este año fuego a la controversia sobre la utilidad del cambio horario o los desajustes de los ritmos circadianos. El paso al horario de verano es tan previsible como las quejas crecientes que ha generado en los últimos tiempos. La Comisión Europea fracasó en su intento de eliminar los cambios horarios en 2019 y el  Europarlamento pidió el año pasado acabar con ellos en 2021.

Esta modificación del horario queda en nada en comparación a la mayor alteración sufrida por el registro del tiempo de los últimos siglos. En 1582, los habitantes de la península Ibérica se acostaron un jueves 4 de octubre y, cuando despertaron, ya estaban directamente en el día 15. Teresa de Jesús murió aquel jueves, y fue enterrada al día siguiente, viernes. Pero no el 5 de octubre, que jamás existió, sino el día 15.

Los desajustes de los cristianos con la fecha de la Pascua provocaban las risas de los judíos, buenos medidores del tiempo, y de pueblos paganos

No es que los súbditos de Felipe II pasaran 10 días durmiendo o amanecieran preguntándose quién les había robado un tercio de octubre. La Europa católica había decidido poner fin a un desajuste entre el año real (el que marca una órbita completa de la Tierra alrededor del Sol, que también se llama “año trópico”) y el que marcaban los calendarios. Y una universidad española, Salamanca, tuvo protagonismo en aquel cambio, que fulminó, con la sabiduría de su lado, 10 fechas de un plumazo.

La Tierra no tarda exactamente 365 días en dar una vuelta alrededor del Sol. El calendario juliano instaurado por Julio César en el 45 a. C. lo contemplaba, y calculaba que cada año duraba 365 días y un cuarto de día más. Para compensar ese desfase, cada cuatro años añadía un día más, en el año bisiesto, y así confiaba en cuadrar el desarreglo.

Pero aun con esa finura, el calendario juliano seguía desajustándose. Por muy poco, eso sí: aproximadamente 11 minutos y 14 segundos, una fracción de tiempo que era inapreciable un año en concreto, pero que, acumulada anualmente durante 128 años, sumaba un día entero. El calendario cada vez estaba más desfasado.

Representación idealizada de 'La esfera de las estrellas fijas', de Petrus Apianus (1540).Representación idealizada de ‘La esfera de las estrellas fijas’, de Petrus Apianus (1540). B. G. H. U. S.

Los Iglesia de Roma, desde el concilio de Nicea del año 325, había acordado que la Pascua de Resurrección, su principal festividad, la festum festorum y la solemnitas solemnitatus, se celebrase en todos sus dominios separada de la Pascua judía. Hasta entonces, los desajustes de los cristianos provocaban las risas de los judíos, buenos medidores del tiempo, y de pueblos paganos.

Acordaron aquellos cristianos que se celebrase siempre el domingo siguiente a la luna llena tras el equinoccio de primavera, que no fuese domingo a su vez. Si coincidía con la Pascua judía, la gran fiesta cristiana pasaría al domingo siguiente. “Ese mismo concilio fijó el equinoccio el 21 de marzo, fecha a la que se había adelantado el equinoccio astronómico desde el teórico 25 de marzo tradicional del mundo romano, donde, sin embargo, sí se siguió celebrando la fiesta de la Anunciación, antecesora en nueve meses de la Natividad”, aclara Juan Antonio Belmonte, profesor de investigación del Instituto de Astrofísica de Canarias y experto en arqueoastronomía.

Como el desfase del calendario juliano iba creciendo con los años, al cabo de unos siglos el equinoccio de primavera se fue adelantando cada vez más. La Pascua quedaba más y más descabalada. Se suponía que Cristo resucitaba coincidiendo con la vuelta de la luz, el calor y el renacer de la naturaleza, pero las celebraciones se internaban cada vez más en el frío invierno.

La solución de Salamanca

Durante siglos los sabios se devanaron los sesos ideando calendarios que se ajustasen mejor al indomable año solar, como detalla en el libro Salamanca y la medida del tiempo la profesora de Historia Moderna de la universidad salmantina Ana María Carabias Torres. Pero a ninguno se le hizo caso ni ninguna solución hacía casar bien, in sæcula sæculorum, el tiempo humano con el año dibujado por el Sol.

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En 1515, el papa León X y el rey Fernando el Católico le pidieron a la de Salamanca, al igual que a otras universidades y sabios de la cristiandad, un informe para ajustar el calendario. Los eruditos salmantinos calcularon que el desfase del calendario respecto del tiempo real era de un poco más de 10 días, y propusieron quitarles 11 días a un mes. Otra posibilidad que ofrecían era eliminar los días bisiestos durante 44 años y así se iría adecuando poco a poco el calendario, sin un salto repentino de fechas. Así volvería el equinoccio astronómico volvería al 21 de marzo de Nicea, que servía de referencia para fijar las fechas de las grandes fiestas cristianas. La resurrección de Jesús se celebraría siempre a principios de la primavera.

La Universidad de Salamanca proponía, hacia el futuro, un nuevo sistema para que los años no se descompasaran más. Omitiría un día bisiesto cada 152 años. “Un afinado e inusual cálculo astronómico”, detalla Carabias. “Es quizá la aportación matemática más importante de Salamanca, porque nadie antes había propuesto una medida tan precisa”.

Pero aquel informe y la adopción que proponían quedaron olvidados. “La cuestión de las fechas era tan controvertida, que en cada concilio ecuménico se celebraba una comisión para emparejar el calendario”, destaca la investigadora de Salamanca. En el de Trento (1545-1563) tampoco se llegó a ningún acuerdo, pero se apremió a que el Papa, como máxima autoridad, adoptase una solución.

Se suponía que Cristo resucitaba coincidiendo con la vuelta de la luz, el calor y el renacer de la naturaleza, pero las celebraciones se internaban cada vez más en el frío invierno

Por eso Gregorio XIII, ya en 1578, volvió a pedir informes a grandes centros de conocimiento en Europa y también a Salamanca. Y desde la universidad le recordaron al Pontífice que sus sabios ya habían enviado una propuesta en 1515. “Quien supuestamente descubre la solución es un italiano, Aloys Lilio, pero mi teoría es que copió el informe que había propuesto Salamanca en 1515. De hecho, cuando Lilio hace los cálculos de los días de celebración de la Pascua, en Salamanca los eruditos comentan que hasta un matemático menor los podía hacer”, apunta la investigadora.

La academia desempeñó, según la investigación de la profesora Carabias Torres, un papel crucial. “A la Universidad de Salamanca le debemos el calendario que hoy usa la inmensa mayoría de la humanidad”, sentencia.

Aquella propuesta quedó fijada por el papa en la bula Inter gravissimas el 24 de febrero de 1582. Imponía el cambio a toda la cristiandad. Y nacía el calendario gregoriano. Su Católica Majestad, Felipe II, lo impuso mediante una pragmática el 29 de septiembre a aquel imperio suyo donde no se ponía el sol. Todos sus súbditos pasaron del 4 de octubre al 15 sin más fechas de por medio.

Pagar antes los impuestos

¿Por qué en ese momento del año? “Se buscó una época en que hubiera pocas celebraciones religiosas especiales. En octubre el calendario eclesiástico tenía menos fiestas y eran más fácil suprimirlas”, ilustra la profesora Carabias Torres. Aun así, hubo algún pequeño problema de adaptación. Por ejemplo, el impuesto castellano de la martiniega, que se cobraba el 11 de noviembre coincidiendo con San Martín, aquel año se cobró 10 días antes.

El calendario gregoriano “ha sido el gesto más importante en la historia de la globalización”, detalla la investigadora. “Su imposición transformó el mundo, o al menos lo recondujo hacia un proyecto global, pues la historia del presente y la vida civil están hoy regidas por este calendario”.

Aunque el ajuste de fechas fuera tan brusco, no lo fue en absoluto la implantación casi global del calendario, que se demoró siglos. Primero, se fue extendiendo a todos los territorios gobernados por monarcas católicos. “En Francia, donde había libertad de religión desde Enrique IV, también los protestantes lo tenían que seguir, porque la decisión emanaba del Rey, católico”, especifica Carabias.

Luego, también las naciones regidas por protestantes terminaron aceptándolo; la última, Inglaterra, ya en 1752. Por aquel entonces, el calendario juliano ya había acumulado un día más de retraso: los súbditos británicos, a un lado y otro del mar, se acostaron un 2 de septiembre y amanecieron un 14 del mismo mes.

Aún más tarde llegó a Oriente (a Japón en 1873, a la China imperial en 1912). Y a Rusia, donde el desfase acumulado obligó a eliminar de golpe 13 fechas, en 1918. Turquía lo adoptó en 1927.

El calendario actual tampoco es perfecto, pero sigue en parte los criterios establecidos por la Universidad de Salamanca en 1515, pues la forma de eliminar los días de más es ligeramente diferente a la adoptada en 1578. Además, cada cierto tiempo se añade un segundo a un día para que el tiempo humano se acompase con la rotación de la Tierra que da la medida de los días, y estos a su vez con la traslación de la Tierra en torno al Sol, que mide los años.

¿Cuándo se desajustará el calendario actual?

El calendario gregoriano acertó bastante en la duración del año trópico (el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta alrededor del Sol), pero no del todo. “El año trópico duraba 365,2422 días en 1578, y con la solución adoptada, el año gregoriano promedio es de 365,2425”, apunta el profesor de investigación del IAC Juan Antonio Belmonte. “Esa pequeña diferencia en los decimales supone un desfase de un día cada poco más de 3.100 años”, ilustra. “Por ahora no se ha adoptado ninguna solución al respecto, pero bastaría con restar un día en torno al año 4680, por ejemplo”.

Pero no es el único desajuste. “La Tierra cada vez rota más despacio y en principio es lo que provoca es que la duración del año trópico vaya disminuyendo con el tiempo”, aclara Belmonte. Para ajustar ese tiempo se añade cada cierto tiempo un segundo, llamado intercalar. “No se añade periódicamente, sino cuando se estima conveniente”. Hacerlo no supone un problema técnico. “Solo hay que modificar ligeramente los relojes atómicos que sirven de referencia”.

¿Y qué pasaría si no hiciéramos caso a ese desfase de la Tierra, que además cada vez se desplaza más despacio alrededor del Sol? Es un tiempo “despreciable e irrelevante”, especifica el astrónomo. Solo unos 0,01 segundos al año. Tendrían que pasar “decenas de miles de años” para que esos mínimos lapsos de tiempo acumulasen un día entero.

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