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“Sé que es un poco trampa, pero necesitamos salir y vernos”

Decenas de personas caminan junto al Palacio Real, este miércoles.Decenas de personas caminan junto al Palacio Real, este miércoles.Samuel Sanchez

Tres amigos quedan para dar una vuelta en bici. Un grupo de chavales toma una cerveza en Malasaña. Un hombre sube en el metro sin mascarilla. Un niño juega en la calle a las 20.00. Dos vecinas dan un paseo juntas por Lavapiés. Ninguna de estas escenas vistas en Madrid parece un delito imperdonable, pero todas suponen quebrantar las normas que obligan a mantener la distancia física en la fase 0. Algunos se lían con los horarios y no tienen muy claro cuándo les toca salir y otros directamente usan la picaresca para retomar —con disimulo— la casi olvidada vida social. Trazamos un recorrido por algunos de estos pecados del desconfinamiento.

Una caminata muy social

Como todavía siguen prohibidas las reuniones sociales, mucha gente aprovecha los paseos para socializar. Patricia, de 32 años, Susana (37) y Noemí (37) caminan juntas por un lateral del Retiro, que sigue cerrado. “No hemos quedado, es que nos hemos encontrado por el camino”, dice Patricia, con una sonrisa tan pícara que huele a mentirijilla. Las tres amigas quebrantan la norma, ya que solo se puede hacer deporte individualmente o con una persona que viva en el mismo domicilio. Teresa, de 73 años, y Rosa María, de la misma edad, dan un paseo por Lavapiés. “Sé que las vecinas no podemos salir juntas, pero ella me acompaña porque soy diabética”, dice la primera. Es normal ver grupos de varias personas aderezando los paseos con las charlas que no han podido tener en estos meses. Ildefonso Hernández, portavoz de la Sociedad Española de Salud Pública (Sespas), critica estas actitudes: “Lo fundamental es hacer deporte individual y mantener las distancias para evitar cualquier posibilidad de transmisión”.

Ciclismo con amigos

Hay grupos de hasta 10 ciclistas que quedan para hacer rutas juntos. “Somos un grupo de amigos, casi todos vivimos por Chamartín, y hemos aprovechado para dar una vuelta en bici”, dice Julia junto a Sofía, Alfredo y Alberto y otras dos amigas que prefieren no decir su nombre. “Llevamos dos meses sin salir y sin vernos, teníamos muchas ganas”, añade la joven. Todos tienen 17 años. “Llevamos fatal el confinamiento, estábamos deseando poder quedar”, añade Alfredo. No lo hacen solo los adolescentes. Cristóbal, de 49 años, José (54) y Javi (49), también han quedado para pedalear. “Vivimos cada uno en una punta de Madrid, así que hemos quedado en un punto intermedio para dar una vuelta. No podemos hacer otra cosa”, dice Cristóbal. “Llevábamos muchos sin vernos y no creo que sea peligroso, vamos con bastante distancia entre uno y otro”, añade José. “Sé que es un poco trampa, pero necesitamos salir y vernos”, concluye Cristóbal. Para celebrar el reencuentro, se hacen una foto con la Puerta de Alcalá de fondo.

Comercios que levantan la mano

Un joven se acerca al local de Mohamed (nombre ficticio), que regenta una peluquería en Lavapiés, para saber si se puede cortar el pelo. “Tienes que pedir cita, llama por teléfono o manda un whatsapp”, le recuerda el peluquero. “Es que si no es ahora no puedo”, responde el joven, como con lástima. Mohamed se asoma a la puerta, mira a un lado y al otro y al final le dice “pasa, justo ahora no hay nadie”. Antes de coger las tijeras, escribe algo en una agenda. Acaso una cita inventada. La picaresca ha simplificado la burocracia.

La distopía en el metro

Desde el lunes, la mascarilla es obligatoria en el transporte público. “El 97% de los viajeros la llevan”, explican desde Metro de Madrid. Uno de los pocos que no lo hacen es Marcos, de 38 años. “No la llevo porque se me acabaron ayer y no había en ninguna de las farmacias en las que he preguntado. En cuanto pueda, compro”, dice, camino de su trabajo en una obra. ¿Le han regañado por no llevarla? “Nadie me ha llamado la atención, ni viajeros ni guardias de seguridad”, responde. Ni rastro de la policía de mascarilla. En el andén, los anuncios de megafonía parecen sacados de una distopía futurista donde los humanos no se tocan: “Se recomienda el uso de los ascensores por una sola persona”. Hernández recuerda: “Los sitios cerrados con gran densidad de personas, como el metro, son los que más contribuyen a la transmisión de la infección. Si todo el mundo ahí lleva mascarillas, esta posibilidad se reduce mucho. Por eso es importante no quitársela en el metro”.

Mascarillas de quita y pon

Al salir del metro, algunos se quitan la máscara y otros se la dejan puesta. La tercera opción es ponérsela en la barbilla, un quiero y no puedo. “La mascarilla me molesta tanto que en cuanto salgo del metro me la quito y la tiro”, dice un hombre de unos 50 años que camina junto a dos amigos por la calle Arenal. Laia, de 32, la lleva bajo el mentón. “Solo me la he quitado para beber agua, pero me la voy a volver a poner en seguida”, cuenta. En el mismo lugar la lleva una mujer que camina a paso rápido por Ópera mientras habla por teléfono. El portavoz de la Sespas señala: “Lo ideal sería no tocarse la mascarilla. Si tocas cosas y luego te quitas y te pones la mascarilla, no estás haciendo un uso adecuado de ella”.

Niños fuera de horario

El horario de los niños se estira como el chicle que mascan. Jorge, de 34 años, pasea con su hijo Adrián, de 4, por Las Vistillas, a las 20.00 (su horario acaba a las 19.00). “Hemos salido hace un rato y se nos ha hecho tarde. Pero no creo que pase nada”, se justifica el padre. Un poco más allá hay una escena similar. “Aurora, corre, tenemos que irnos a casa, que nos van a multar”, dice su padre, Jose. “Se me ha hecho tarde pero quería sacarla un rato, llevamos muchos días encerrados”, confiesa. Es difícil ver niños jugando juntos, porque todos los parques están cerrados y también lo están las zonas infantiles.

Ancianos que no se aclaran

En la Puerta del Sol, un coche de Policía Municipal se para ante un hombre con pelo largo recogido en una coleta. “Me han pedido que me vaya a casa, que estoy fuera de mi horario. Pero yo he salido todos los días a las 20.30 y no me habían dicho nada hasta ahora”, señala Constante Rodríguez. Tiene 70 años, así que su turno, en realidad, acabó a las 20.00. “Tengo aquí las instrucciones de Sanidad y dicen que de 19.00 a 20.00 es para mayores de 70 años que necesiten ayuda, pero yo no necesito ayuda”, se queja mientras emprende camino hacia su casa, malhumorado. Ana María, de 84 años, pelo blanco y mascarilla, camina a paso lento junto al Teatro Real. “Llevaba dos meses sin salir y he salido ahora porque es la hora permitida para los mayores”, dice. En realidad, se ha pasado 20 minutos del horario. “Uy, es verdad. He quedado con mi doctora y se me ha hecho tarde”, apunta. Y continúa caminando, ayudada por un bastón.

No sin mi novio

Delia, de 28 años, vive al norte de Madrid y ha ido varias veces a ver a su novio en Majadahonda (al oeste). “Como soy autónoma, me hice una declaración jurada sellada por mí diciendo que trabajo en mi tienda —que es verdad— y vivo en Majadahonda —que es mentira—. No voy a estar un mes y medio sin verlo”, resume. Álvaro, de 30 años, también ha hecho lo mismo. “Me he escapado un par de veces para ver a mi novia en Vallecas. He aprovechado que iba a comprar para visitarla, me he quedado allí a pasar la noche y por la mañana he vuelto a casa”, confiesa. Una pareja se besa apasionadamente en una esquina de Chueca. Si viven juntos, no hay problema, pero si no sería irregular. Y ese beso huele a que no se han visto en dos meses.

Cuarentena con amigos

Las visitas sociales siguen prohibidas, pero no todo el mundo lo cumple. Jesús, de 36 años, ha visitado varias veces a un par de amigos de su barrio, Lavapiés. “Mis amigos son como mi familia, y he compartido la cuarentena con ellos, pero al resto de la gente no la he visto”, señala. ¿Y no ha tenido problemas al ir a verlos? “Tengo comprobado que si llevas la mascarilla puesta, la policía te para mucho menos”, responde.

Microbotellones

Si normalmente todas las plazas de Malasaña son un bullir de jóvenes sentados haciendo botellón, estas noches, pese al buen tiempo, no se ven más que grupitos de tres o cuatro personas que, como mucho, se beben juntos una lata de cerveza. Y todos de pie. Álex, de 19 años, y Maikel, de 18, miran nerviosos a un lado y a otro de la plaza Espíritu Santo. “¿Dónde nos ponemos? No hay manera de que no nos pillen”, pregunta Maikel. Buscan un sitio donde echarse una lata de cerveza y, quizá, fumarse un porro con otros dos amigos que acaban de llegar, pero no se atreven a sentarse y se quedan de pie. “El sábado se juntó más gente, sobre todo por la calle La Palma, pero hoy no hay nadie”, señala Álex. La Policía Municipal disolvió el pasado fin de semana hasta 70 microbotellones. Juan, de 30 años, está en la misma plaza con otros dos amigos: “Estamos de pie porque así es más fácil disimular y hacer como que paseamos si viene la poli”, cuenta, tras darle un trago a una lata de cerveza.

Avisos y multas

Cuatro agentes de la Policía Nacional llaman la atención a tres ancianos que charlan animadamente en un banco de la plaza de Oriente. “Estamos avisando a la gente de que hay que cumplir las normas. Lo que más vemos es gente mayor que se junta, o personas que pasean fuera de su horario”, dice uno de los policías, que pide anonimato. Un portavoz del Ministerio del Interior confirma que la gran mayoría de las sanciones en el estado de alarma (más de 850.000 en España) se deben a desplazamientos no autorizados. En cuanto a otras irregularidades, han detectado gente que aprovecha para quedar con otras personas o pequeñas celebraciones en la vía pública. La Policía Municipal de Madrid también denuncia que hay personas que entran en parques cerrados tras quitar los precintos y pasean por ellos (en Madrid, los grandes parques siguen por ahora cerrados).

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