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“Se me parte el alma”: trabajadores en hospitales nos describen el momento de irse y volver a casa

Fernando González es médico y, aunque sigue yendo a trabajar cada día, lleva seis semanas aislado de su familia en la buhardilla de su casa. Ana Criado es enfermera y, aunque tampoco ha abandonado su rutina laboral, come cada día en una mesa separada de sus dos hijos y de su marido. El hogar podría ser el refugio ideal para los trabajadores de los hospitales, que en España están soportando una tasa de contagio por coronavirus más elevada que en cualquier otro país. Pero el temor a contagiar a sus propios seres queridos ha alterado dolorosamente las rutinas hogareñas e impide incluso las muestras más sencillas de afecto.

Hemos preguntado a algunos trabajadores de hospitales qué es lo que sienten cada vez que abandonan sus casas para dirigirse a los centros sanitarios y cada vez que regresan de ellos —esos momentos que, según el lenguaje bélico con el que muchos políticos se están refiriendo a la actual crisis sanitaria, corresponden al momento de ir y volver al frente de batalla—. Sus respuestas transmiten la impotencia por las despedidas y los reencuentros desprovistos de abrazos. Para ilustrarlo, además, los protagonistas de este artículo han compartido con nosotros imágenes suyas de cuando se marchan y cuando vuelven de sus trabajos. Los crecientes surcos en sus rostros son un testimonio inapelable de su sacrificio diario.

Salir de casa

Fernando González (55 años) es jefe de Servicio de Oftalmología del Hospital La Mancha-Centro (Alcázar de San Juan, Ciudad Real), pero el desbordamiento de los hospitales durante la crisis sanitaria le ha llevado a convertirse en asistente de medicina interna en una “planta covid” del mismo centro. Desde hace casi seis semanas, González vive aislado en la buhardilla de su propia casa en la que también residen su mujer y sus dos hijos universitarios. El contacto físico de esta familia se ha eliminado por completo, ni besos ni abrazos. “Con esto nos hemos dado cuenta de que se puede transmitir el afecto de otra forma, ahora un te quiero sin tocarse cuando te vas a trabajar tiene más sentido que antes”, reflexiona González.

Ana Criado (41 años), jefa de Enfermería del Hospital de Igualada, uno de los hospitales más castigados por la pandemia, tampoco puede abrazar ni besar a sus hijos de siete y cinco años ni a su marido cuando se marcha a trabajar, una despedida fría que, como cuenta la enfermera, “me está afectando mucho”. “Soy una persona muy cariñosa y en estos momentos tan duros no poder abrazar a mi familia me está resultando muy difícil”, dice Criado que come incluso en otra mesa de su casa, separada de su familia.

Más de 35.000 sanitarios han dado positivo por coronavirus hasta la fecha en España, lo que supone un 20% del total de afectados. Este dato condiciona el ánimo de los sanitarios que temen traer el virus de vuelta a casa e infectar a sus seres queridos. Pedro Luis Moro (37 años) es celador del Hospital Clínico Universitario de Valladolid y convive con su pareja embarazada de ocho meses. “No puedo evitar salir por la puerta preocupado por lo que pueda pasar”, dice Moro, “aunque intento que no se me note cuando me despido de ella”.

Si la población en general es consciente de las medidas de higiene y precaución que se han de tomar al salir a la calle, los sanitarios lo son todavía más. Ninguno abandona su casa sin la mascarilla puesta. En el caso de la médico Rut del Valle (40 años) evita coger el ascensor para subir y bajar los cinco pisos que separan la calle de su casa. Aunque las redes sociales han mostrado estos días casos en los que algunos vecinos repudiaban al personal sanitario y a otros empleados de trabajos esenciales con los que comparten edificio, el caso de Del Valle muestra otra realidad más generosa. “A veces me cruzo con algún vecino que sabe a qué me dedico y me preguntan qué tal estoy, cómo lo llevo y me dan las gracias por mi trabajo”, cuenta la profesional sanitaria del Hospital Infanta Sofía (San Sebastián de los Reyes, Madrid) que camina a diario hasta el trabajo. “La verdad es que se agradece y más viviendo sola como es mi caso”.

También prefiere ir andando a trabajar el enfermero del Hospital Gregorio Marañón de Madrid Antonio Trigo (29 años). “Las dos semanas de confinamiento total y con las calles vacías daba miedo caminar solo”, cuenta. “También coincidió con los peores momentos hospitalarios y yo estaba un poco agobiado y deprimido. Era agradable andar y no tenerte que detener para cruzar ninguna calle, pero aún así me generaba mucha inquietud. Ahora se ve más gente por la calle”, añade Trigo, que se mudó a casa de un amigo cuando comenzó la crisis sanitaria para evitar contagiar a sus padres de avanzada edad.

Hay quien encuentra en esas calles vacías el único momento de tranquilidad del día, como Ana Criado. “En el hospital todo es una vorágine, pero es que en casa tampoco paro porque cuando llego, me tengo que turnar con mi marido para atender a los niños. Es raro, pero me gusta ese trayecto de casa al trabajo y del trabajo a casa”, dice la enfermera.

Volver a casa

“A mí se me parte el alma cuando mis nietos de dos añitos y que están deseando verme oyen la puerta y vienen corriendo a abrazarme, pero yo les tengo que decir que no, que me den un poquito de tiempo, que la abuela se tiene que duchar primero”, cuenta Carmen Vázquez (47 años), personal de limpieza del Hospital Clínico Universitario de Valladolid que convive también con sus dos hijas y su marido.

El personal sanitario reproduce en sus hogares los mismos protocolos que se realizan en los hospitales: zona sucia (donde puede haber materiales contaminados) y zona limpia (en la que se asegura que todo está desinfectado). Todos se desnudan prácticamente en las entradas de sus viviendas y corren a la ducha antes de saludar a su familia. “El tiempo en casa lo empleo para poner lavadoras, hacer la comida y jugar con mis nietos porque mi hija está desbordada, no es fácil entretener a dos niños tan pequeños”, añade Vázquez.

Como recomienda la Sociedad Española de Psiquiatría en esta guía para personal sanitario, es importante descansar, intentar planificar una rutina fuera del trabajo que implique ejercicio físico, hábitos de lectura o entretenimiento y estar en contacto con familiares y seres queridos. “Para mí es fundamental hablar a diario por teléfono con mis padres, ellos eran los que más preocupada me tenían al principio porque son mayores y no sabía si podía haberles contagiado los días antes de que estallara todo”, cuenta Rut Del Valle, que sufre insomnio causado por el estrés al que está sometida estos días. “He tenido que recurrir a la medicación para poder descansar. También intento hacer deporte, meditar, cocinar…”, añade.

Otras de las recomendaciones de la institución psiquiátrica es la de limitar la exposición a los medios de comunicación. “Antes veía las noticias tres veces al día y desde hace unas semanas ya solo las veo por las mañanas, por las actualizaciones de cifras sobre todo, porque empecé a notar que me estaba afectando mentalmente”, dice Antonio Trigo, que valora “más que nunca los pocos días libres que tengo”. “Intento ponerme al día con amigos por videollamada porque normalmente con mis horarios no coincidimos”.

Pero no siempre es posible una desconexión completa al llegar a casa, como le ocurre a Fernando González y a Ana Criado, que tienen un equipo de trabajadores a su cargo y muchas gestiones que realizar después de su jornada laboral. “A mí de verdad que me encantaría poder sentarme tranquilamente a leer un libro en casa, pero no tengo tiempo para hacerlo”, cuenta Criado, notablemente afectada al otro lado del teléfono.

La familia de Fernando González consiguió hace unos días ver por primera vez una película todos juntos. “Cada uno en un lugar del salón, hasta ahora solo me había sentado con mi mujer en el sofá. Eso sí, ella en una punta y yo en otra”, dice el médico-oculista.

Tan solo queda un mes para que nazca el bebé de Pedro Luis Moro, por eso aprovecha el tiempo que está en casa con su pareja para “dejarlo todo listo”. “El hecho de que esté en camino y que nos haga pensar en el futuro, me hace ser más optimista y afrontar este día a día que nos ha tocado vivir de otra forma”, concluye Moro.

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