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Roglic, el ciclista de granito, resucita por un segundo

Roglic, durante la ascensión final.
Roglic, durante la ascensión final.Kiko Huesca / EFE

Sobre el Mirador de Ézaro y su cascada que vierte directa al mar, en el monte de Pindo, grandes moles de granito y pinos y eucaliptos de repoblación, se refugiaron durante la guerra los faucellas republicanos de la comarca, de la Galicia que siempre mira al mar, y eran como las piedras tan imponentes, tan duros, tan resistentes, qué carácter, y brillan las piedras cuando reflejan el sol que se hunde en el Atlántico, y las cabezas de todos los ciclistas que se empeñan en vencer a la gravedad pedaleando por sus caminos verticales también son de granito, feldespato, cuarzo y mica impenetrablemente prensados, y a cabeza dura, dicen sus amigos, a Hugh Carthy no le gana nadie; y para cabezota, Primoz Roglic, que recupera el maillot rojo de líder en una contrarreloj tan parecida a la de la Planche des Belles Filles en la que perdió el Tour hace un mes que observando sus primeros movimientos, sus primeras referencias, tan escasas con los escaladores Carapaz y Carthy, que era imposible no pensar en un nuevo catacrac que sentenciara para siempre la moral del esloveno.

Pero Roglic es de granito, o eso proclama en los dos kilómetros de ascensión final, en la que más fuerte que ninguno, con un desarrollo durísimo que hace que su pedalada pierda elegancia, y la cara de concentración, y la mirada fría del acero, y no parece tan pimpante como el inglés y el ecuatoriano, tan ágiles de tobillos, destroza a ambos, y dice: “Tuve momentos de duda después del Tour, claro, pero la vida es una batalla contra uno mismo. Decido lo que quiero hacer y lucho por conseguirlo”.

A 43,3 kilómetros por hora de media Roglic gana, por 1s sobre el especialista norteamericano William Barta, la contrarreloj de su resurrección, y con los 49s en que aventaja al que era líder, Carapaz, y los 25s a Carthy, manda concierta claridad en una clasificación general de la Vuelta que, cumplidas 13 de sus etapas, tiene a los tres primeros en menos de un minuto. A la carrera le quedan tres días de media montaña, un final en alto (La Covatilla del sábado, en Salamanca), el sprint final de Madrid, y la amenaza de mal tiempo, frío y lluvia que, para Pablo Lastras, director del Movistar de Enric Mas, el gran derrotado del día, será fundamental en la batalla final que se espera.

Y casi más que la igualdad entre los mejores (un hecho ya constatado en el pasado Giro, donde los dos primeros llegaron con el mismo tiempo a la contrarreloj final), o la aparición de un aspirante casi desconocido, Carthy, con el que no se contaba en las previas (y ya en el Giro se produjo también el fenómeno, y por partida doble, Tao, el ganador, y Hindley, el segundo) es sorprendente la tremenda regularidad de los mejores: ya en la primera etapa, en Arrate, y en todos los finales en alto, salvo en Formigal en el que la lluvia, el frío y la torpeza con el impermeable descabalgaron a Roglic, Roglic y Carapaz esprintaban por la victoria, y Carthy estaba ahí, no muy lejos. Solo el irlandés Dan Martin se ha descolgado del cuarteto que ha dominado todos los debates.

Roglic aventaja en la general a Carapaz en 39s y en 47s a Carthy, el inglés de Preston, donde la Universidad de Lancashire, que se hizo ciclista en Pamplona y al que entrena el granadino Francis Cabello, que cuando empezó con él le dijo, aún estás muy crudo muscularmente, tienes que coger fuerza y te irán cuatro o cinco años en ello, y hasta los 28 años no alcanzarás tu plenitud. Tiene 26 y quizás sus músculos no sean aún tan duros como su cabeza, y como su capacidad de sufrir sobre la bici, un dolor que solo delata sus ojos desencajados, y sus lágrimas pedaleando. Aguanta el pulso con Roglic en el llano sinuoso de toboganes constantes junto a playas, muelles y calas, donde la fuerza, los vatios y el aerodinamismo de Roglic son superiores teóricamente, y cede en la subida (ocho segundos en dos kilómetros), donde la delgadez extrema de sus largas piernas, tremendas palancas de saltamontes, debería dar ventaja a Carthy. Más contradictorios son los números de Carapaz, escalador por naturaleza, talante, cuerpo y peso, que se esfuerza para resistir en los 31 kilómetros a ras de costa con la cabra, tragándose el viento tibio de cara, y la luz apagándose lentamente (donde solo cede 20s al esloveno) y cede 29s en los dos kilómetros verticales que asciende, como todos los favoritos, con la bici ligera de los días de montaña.

“Me siento sorprendentemente superfuerte. Cada contrarreloj es una historia”, resume Roglic, que se encuentra de rojo y de granito a cinco días de ganar su segunda Vuelta consecutiva. “Pero, sí, recordando lo de la Planche des Belles Filles me guardé fuerzas para el final, y tuve piernas, sí, y pude hacer, por fin, lo que tenía planeado”.

Enric Mas terminó quinto el Tour después de mostrarse sólido y fuerte en la última semana, sobre todo en la contrarreloj final, y sigue quinto en la Vuelta, casi inamovible parece, y más lejos del podio que nunca (a 2m 36s), después de una contrarreloj que no le salió exactamente como esperaba. “Ha sido un desastre”, resumió el líder del Movistar y mejor español en la general. “No he encontrado en ningún momento ni ritmo ni posición. Hay días buenos y días malos, y este ha sido un día de aprender para el futuro”.

Mas, de 25 años y líder de los jóvenes, fue el único ciclista que cambió de bicicleta fuera de la zona marcada para ello (donde los mecánicos esperaban a pie para recoger la cabra y con la bici de escalar) preparada, sino unos metros más adelante, tomando una bici de la baca del coche que le pasó su director, José Luis Arrieta.

“Lo hicimos así, dentro de la legalidad, para ganar impulso”, explicó Lastras, director del equipo. La maniobra no debió de gustar, sin embargo, mucho a los jueces, que multaron con 1.000 francos suizos a Arrieta “por asomar su cuerpo fuera del vehículo”.

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