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Rembrandt y la divinidad

“Ah, los chinos le habrían llamado “maestro”. El pincel cargado de tinta, la mano, la muñeca, el antebrazo, el brazo. ¡Y esa velocidad! Nadie le llega a la suela de los zapatos”. Palabra de David Hockney, adorador absoluto de Rembrandt Harmenszoon van Rijn, el pintor menos holandés del Siglo de Oro de la pintura neerlandesa y el artista reconocido como pichichi de aquella alineación galáctica compuesta por Johannes Vermeer, Frans Hals, Gerard Teo Borch, Judith Leyster, Gabriel Metsu y Pieter de Hooch. Todos estos descubrieron y deslumbraron con el gesto de lo cotidiano y la armonía entre la moral y la estética. El protestantismo holandés y la moral calvinista de la Holanda del siglo XVII vetó la pintura en las iglesias y liberó a la sociedad y al arte del monopolio religioso: si Dios ahora se presenta en todas partes y en los gestos más insignificantes, los pintores atienden las calles y entran en los hogares.

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