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“¿Puedes gritar Sarah?”

Una niña con mascarilla y casco el lunes en Nueva York.Una niña con mascarilla y casco el lunes en Nueva York.

Hoy es el cumpleaños de Peyton y de Camilla. Lo sé porque alguien sigue cambiando cada día los nombres de los niños que cumplen años en el rústico cartel a la entrada del colegio. Por lo demás, como tantas otras por todo el mundo, la escuela de mi hija mayor es hoy un edificio fantasma. Y también una especie de paraíso perdido para Inés, de seis años, que la mira contrariada cada tarde en nuestro paseo diario.

En España los niños pueden salir a la calle a partir de hoy. Mi reconocimiento a todos los padres que han aguantado todo este tiempo con las fieras en cautiverio. Aquí, en Bethesda (Maryland), suburbio de Washington, la capital del país más golpeado por la pandemia, llevan saliendo desde el principio. También es cierto que el estilo de vida del típico vecindario americano convierte las interacciones a menos de dos metros de distancia con otros seres humanos en una excentricidad.

El gobernador Larry Hogan publicó el 30 de marzo una orden ejecutiva de confinamiento en las casas. Pero se puede salir a comprar y, siempre manteniendo la distancia, se puede ir a los parques y a los bosques pletóricos de primavera que nos rodean. “¿Podemos dar un paseo o correr por el vecindario?”, plantea la sección de preguntas y respuestas de la web del departamento de Sanidad. “Sí, pero no se junte con los vecinos mientras esté fuera. Salude con la mano, sonría y continúe su camino”. Ya, ¿pero qué pasa si la vecina en cuestión es Sarah?

Debo reconocer que no tenía idea de la importancia de Sarah en nuestras vidas. Pero esta pandemia ha hecho de ella una figura casi mítica. Una trabajadora esencial para curar los corazones de mis dos niñas confinadas.

Apareció en nuestro jardín delantero con su padre, que se ha convertido en una de las pocas personas con las que me relaciono, es un decir, físicamente. El encuentro fue tan tenso como todos los que se producen estos días terribles. No sabía si tenía que agarrar a las niñas y meterme en casa, pero comprendí que el padre de Sarah estaba en las mismas, y simplemente les recordamos balbuceantes a las pequeñas que había que mantener la distancia. Lo resolvieron divinamente: tendieron en la hierba una comba estirada entre una y otra y se hablaban desde los extremos. Al padre de Sarah y a mí nos pareció muy tranquilizador.

Al volver a casa, Inés corrió a la mesita que se ha puesto en mi despacho y se puso a dibujar un mapa. Era una especie de ruta del tesoro desde nuestra casa hasta la de Sarah. Luego recordé que, en uno de nuestros últimos paseos en bici, había estado contando casas. Son siete las que separan la nuestra de la de Sarah. Ahí dejó el mapa, a saber para qué. Al mapa le siguió una irregular serie de dibujos, a la que también contribuyó Sofía, con sus tres años, de manera un tanto inquietante, pues recientemente ha decidido que las manos que solía dibujar a sus personajes, el típico redondel con una serie de palos saliendo, no son manos sino “coronavairus”, así, con acento inglés.

Desde ese primer día ha habido más encuentros, comba y carabinas siempre mediante. La guardia a media tarde en el jardín delantero se ha convertido en una rutina más de nuestro confinamiento. Se dejan corazones de tiza en la calle.

El otro día se volvieron a ver. Y el padre de Sarah y yo accedimos a dar un paseo todos juntos hasta el parque del colegio. A lo loco. Sarah en su patinete, Inés en su bici y Sofía en su triciclo. Todos separados por varios metros. Un cuadro, vamos.

Compartiré para siempre con el padre de Sarah el recuerdo del paseo más surrealista de nuestras vidas. Hablábamos todos en la distancia, con repentinas carreras para frenar a Sofía, que todavía no entiende muy bien lo del distanciamiento social. Jugamos a pilla-pilla, cada padre persiguiendo a su prole, para no tocar a los que no son de casa.

Para disolver se nos ocurrió a los padres una idea brillante. Haríamos una fiesta con todos los vecinos cuando se fuera el coronavirus. Cada niña escribiría cinco propuestas y en el próximo encuentro las pondrían en común. Allí mismo debatieron algunas ideas.

Inés y Sofía volvieron a casa exultantes. Fue la mejor tarde de su confinamiento. Al día siguiente, durante la guardia en el jardín, estuvieron particularmente pesadas. Y su madre, como tantos otros progenitores estresados que ejercen estos días de profesores a este lado del Zoom, casi pierde la paciencia. “Creo que voy a gritar”, dijo, conteniendo las ganas. “Vale”, le respondió Inés, “¿pero puedes gritar Sarah?”.

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