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Pollock y la conspiración contra el comunismo

Antonio Saura no tenía en un altar a Jackson Pollock. Lo consideraba más un hermano. Aunque no llegaran a cruzarse en vida, el español definió el impacto del vértigo y la velocidad del gesto del pintor de Wyoming (EEUU) como “ecos fraternales”. Admiraba de Pollock el cuestionamiento de la destreza en la que metió a la pintura. Parecía que ya no hacía falta la pincelada, que lo propio de los pintores había saltado por los aires. Que cualquiera podría, con un poco de práctica, hacer “churros y salpicaduras y madejas de pintura líquida”. Que el aforo de la pintura había sido abolido de una vez por todas. “Algunas veces utilizo el pincel, pero otras prefiero recurrir a los palos. En ocasiones, incluso, vierto la pintura tal y como sale del bote”, dijo el pintor. Y sin embargo, sin pincel en contacto con la superficie del lienzo, Pollock recordaba en sus entrevistas que controlaba, que sabía lo que hacía porque sabía lo que buscaba, aunque el camino para lograrlo fuera absolutamente intuitivo. En una de las conversaciones que mantuvo con el crítico que afianzó su proyección, Clement Greenberg, le reconoció lo siguiente: “No sé de dónde vienen los cuadros; vienen, sin más”. Surgían.

¿Surgían? Otro mito más creado por la “magia” de los genios. Muchos años después de esta conversación entre el artista y el prescriptor que le abrió el camino al éxito, un profesor de matemáticas y ciencias de la computación de una Universidad de Michigan crea un software que analiza las fractales de un cuadro y criba las falsificaciones. Acierto del 95%. Los algoritmos reconocían la autenticidad de una obra de arte y, además, en el caso que tratamos, determinó que nada era casual en la manera de trabajar de Pollock. El sistema troceó los cuadros del artista en 640.000 píxeles y revelaron que el goteo espontáneo obedece siempre a un patrón, que el artista repitió de manera consciente o no. “Cuando pinto tengo siempre una idea general de lo que estoy haciendo. Puedo controlar el fluir de la pintura. No hay nada accidental, de idéntica manera que no existe ni principio ni final”, explicó el artista en 1951 sobre su proceso creativo.

El logro de Pollock fue hacernos creer que la pintura no era un coto privado, mientras seguía estando bajo dominio del pintor. En apenas tres años creó un espejismo en el que parecía que la destreza técnica era prescindible para crear un estilo propio o una escritura artística. “La técnica es solo un medio para llegar a una declaración”, dijo el norteamericano, que en 1947 libera del todo su modo (dripping o goteo) que se agota en 1950. Muere seis años más tarde, en un accidente de tráfico. Los especialistas señalan Ritmo de otoño (Número 30), como una de sus mejores obras. Se conserva en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York y supone la derrota del arte europeo: Pollock tira el lienzo al suelo, lo rodea, danza sobre él, trabaja desde los cuatro lados, se mete dentro de la pintura, hace que su cuerpo pinte y Picasso (y todo la tradición) sucumbe. Ha nacido una criatura poderosa, capaz de polinizar la Europa en cenizas y al borde del comunismo (al que Pollock no hacía ascos). La Agencia de Información de EEUU (USIA) toma las riendas de la nueva expresión, que nace del surrealismo y contra el surrealismo, para ilustrar el dominio del nuevo orden político internacional. Y Pollock será su profeta.

Visita virtual: Ritmo de otoño (Número 30) (1947), de Jackson Pollock, conservado en el Metropolitan Museum (Nueva York).

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