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Plantar corales para salvar los arrecifes

El grupo hotelero mallorquín Iberostar ha creado en la República Dominicana un vivero y un laboratorio de genética de corales para tratar de restaurar los arrecifes caribeños. Los corales, pese a su apariencia pétrea, son animales que se organizan en colonias. Y para fortuna de estos proyectos, se reproducen de forma asexual, por gemación. Es decir, un pequeño trozo de un solo individuo es capaz de crear clones de sí mismo y multiplicarse.

La bióloga marina Macarena Blanco toma datos en uno de los tanques de genética del Coral Lab de playa Bávaro.
La bióloga marina Macarena Blanco toma datos en uno de los tanques de genética del Coral Lab de playa Bávaro. paco nadal

“Un vivero de corales es básicamente un espacio en el que se colocan estructuras artificiales donde se ponen trozos de coral con el objetivo de que cuando tengan suficiente tejido se trasplanten al arrecife”, me explica Macarena Blanco, bióloga marina y encargada del Coral Lab de Iberostar en Punta Cana. “Si tú rompes un trocito de coral y lo pones en otro sitio de la estructura o en otra estructura diferente, con los años surge una nueva colonia. Dependiendo de la especie crecen más o menos rápido. Los ramificados, como los que tenemos mayoritariamente aquí, Acropora cervicornis (coral cuerno de ciervo), crecen un centímetro al mes. Son de los más rápidos, porque las especies montañosas no pasan de unos milímetros mensuales”.

Al frente de este proyecto, iniciado en 2018 y denominado Wave of Change, se encuentra la doctora en genética de corales estadounidense Megan Morikawa, una de las grandes expertas en arrecifes coralinos. Cuenta de momento con dos sedes, esta de Punta Cana y otra en el Caribe mexicano. Aunque la idea es ampliarlo a otras zonas donde opera el grupo hotelero.

En playa Bávaro visito el laboratorio, donde en diversos tanques con temperatura y luminosidad controladas se hacen estudios sobre genética y viabilidad de los individuos que serán más tarde “plantados” en las estructuras. Luego, me sumerjo frente a la playa de Bayahibe, ya en el mar Caribe, en el vivero.

A unos 15 metros de profundidad, en un fondo de arena blanca que reverbera los hirientes rayos solares del trópico, aparecen diversas estructuras. Unas tienen forma de árbol y de ellas cuelgan, como bolas en un ídem de Navidad, fragmentos individuales de coral o unidos a pares por bridas de plástico.

“Los unimos para ver si el tejido de ambos corales se fusiona, indicando que son clones; o se rechaza, indicando que son individuos de ADN diferente. Esto nos permite evaluar cuántos individuos de ADN único de coral cuerno de ciervo tenemos en el vivero para poder después asegurar que incluimos e impulsamos la diversidad genética en los arrecifes que restauremos”, me cuenta Macarena Blanco cuando salimos a la superficie.

Fragmentos de corales cerebro, dedo y lechuga crecen en una estructura arbórea.
Fragmentos de corales cerebro, dedo y lechuga crecen en una estructura arbórea. Paco Nadal

La mayoría son cuerno de ciervo, una especie que fue muy común en el Caribe y que ahora casi ha desaparecido, por lo que es un objetivo estratégico en el programa. También hay colonias más pequeñas de coral estrella montañoso (Orbicella faveolata), coral dedo (Porites porites), coral lechuga (Agaricia agaricites) y coral cerebro (Diploria labyrinthiformis y Pseudodiploria strigosa), que son las más habituales en los arrecifes del Caribe.

Otras estructuras hechas con malla metálica tienen forma de mesa y sobre ellas crecen ya pequeños bosques de coral. Observo que, pese a ser de pequeño tamaño y creados de forma artificial, ya hay cardúmenes de peces que se refugian en ese laberinto corneo. No hay que ser una eminencia en bilogía marina para entender que, a más corales, más peces. Y más salud en los océanos.

“Hemos comprobado que, en las estructuras arbóreas donde los fragmentos cuelgan el coral crece más rápido porque no tienen que oponer resistencia a las corrientes”, dice Macarena Blanco, “mientras que, si los pones en mesas crecen con un esqueleto más fuerte porque están resistiendo a todas las corrientes, pero a cambio van a tardar un poco más en crecer”.

Limpieza de muestras en el vivero de Bayahibe.
Limpieza de muestras en el vivero de Bayahibe. paco nadal

Los fragmentos de coral que utilizan, sobre todo los de cuerno de ciervo, provienen de viveros de otras organizaciones, no los sacan directamente del mar porque como decía, en el Caribe ya casi no existe esa especie, o al menos es difícil de observar aquí en la República Dominicana. Los de otras especies aún abundantes sí se extraen de arrecifes sanos, con todos los permisos y pruebas pertinentes, “no te vas a poner a lo loco a recolectar”, exclama Blanco.

Lo más curioso de todo este proceso para un neófito es cómo se trasplantan esos esquejes. En realidad, el símil del jardín que hacía al principio no es tan metafórico. Un arrecife se reforesta casi como un bosque o un jardín. Una vez que los fragmentos alcanzan al menos 40 centímetros de desarrollo lineal en el vivero, se “plantan”, cual arbusto terrestre, en zonas de arrecifes dañados u otras donde los técnicos creen que se dan las condiciones para que prospere una nueva colonia. Para ello, los fragmentos pueden ser pegados con cemento directamente al sustrato o se agarran con una brida de plástico a un clavo previamente incrustado en ese sustrato. Un reparador de arrecifes es prácticamente un jardinero subacúatico.

“Una vez plantados, hay que vigilar continuamente lo repoblado. Algunos fragmentos pueden rechazar el cemento; otros, haber sido puestos en zona de muchas corrientes. Luego están los depredadores. En especial el gusano de fuego, que come corales. El problema es que hay mucho gusano porque él apenas tiene depredadores. El principal era la langosta, pero cada vez hay menos langosta porque el hombre la pesca en exceso”, cuenta Blanco. Con lo que una vez más, volvemos al punto de partida: el ser humano y su innata capacidad para alterarlo todo.

Este de Iberostar y su programa Wave of Change no es el primer vivero de corales del mundo. Existen ya varias iniciativas, alguna de gran éxito como Fragments of Hope, en Belice. En Maldivas, algunos hoteles financian ONG y centro de buceo que tratan también de “reparar” los arrecifes dañados. Pero sí es la primera vez que un grupo empresarial tan grande, con tantos recursos y con implicación directa en la situación del medio ambiente costero (más del 80% de sus 120 hoteles están en la playa frente a arrecifes) toma conciencia de que hay que cambiar el modelo turístico y hacer algo por la sostenibilidad del entorno. Para algunos será solo una gota en el océano. Para otros, una simple operación de marketing e imagen empresarial. Pero es de agradecer que las cadenas hoteleras que se han beneficiado de la masificación del turismo de sol y playa empiecen a tomar conciencia del impacto que generan en su entorno y hagan algo por corregirlo. Como decía la propia Megan Morikawa en una entrevista, “los complejos turísticos deben ser más conscientes de su impacto en los ecosistemas en los que operan”.

En este informe para la ONU de Carrie Manfrino, presidenta y directora de Investigación y Conservación en el Central Caribbean Marine Institut, se puede obtener más información sobre la situación de los arrecifes de coral en el mundo y las posibles acciones para frenar su destrucción.

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