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Piñor, el pueblo de las fábricas de ataúdes, desbordado por la demanda

Tres empleados trabajan en la creación de ataúdes, en una fábrica de Piñor (Ourense).Tres empleados trabajan en la creación de ataúdes, en una fábrica de Piñor (Ourense).OSCAR CORRAL / EL PAÍS

Cuando, hace ya tres generaciones, los vecinos de Piñor (Ourense, 1.176 habitantes) decidieron emplear la madera de sus pinos en la fabricación de ataúdes tenían claro que la demanda se sostendría en el tiempo, sin los riesgos del sector del mueble, y que incluso crecería de forma exponencial en caso de guerra, catástrofe o epidemia. La de ahora, sin embargo, les ha llegado de improviso, en un momento en que varios empresarios habían optado por la jubilación y otros trataban de combatir, con calidad y fabricación nacional, los precios imposibles de igualar de las cajas mortuorias procedentes de China, las favoritas de grandes funerarias y compañías de seguros. Piñor, el pueblo orensano que vive de la muerte, se ve desbordado para atender una demanda disparada por el coronavirus. Las importaciones masivas de féretros de tablero aglomerado por menos de 100 euros se han frenado, mientras que los fabricantes gallegos de toda la vida se han quedado sin stock y tienen pedidos al menos hasta el mes de agosto.

De las trece fábricas que llegó a sumar Piñor antes de que la barata arca china dinamitase el sector, quedan nueve de muy diversos tamaños, a las que hay que sumar una más en el cercano ayuntamiento de Ribadavia. La líder del sector en esta capital española de las cajas de difunto es Ataúdes Gallego, la que más exporta de todas y una pionera del modelo “ecológico”, elaborado con materiales más biodegradables. Para atender la fuerte demanda que se desencadenó al irrumpir la crisis del coronavirus en España, los fabricantes han ampliado turnos y duplicado la producción, al tiempo que han adaptado sus manufacturas a la urgencia de la pandemia, con ataúdes “del modelo básico” destinados a la incineración.

“Son de tapa plana, laterales lisos y pomos de madera. Se barnizan al agua y no llevan herrajes, ni cristal, ni cerradura, ni molduras”, describe el alcalde popular del pueblo, José Luis González Rodríguez, que también regenta una fábrica y es vicepresidente de Ataugal (Asociación de Fabricantes de Ataúdes de Galicia), un colectivo que antes de esta crisis negociaba con la Xunta el sello Galicia Calidade para el féretro autóctono. En el nuevo contexto, “la presencia del ataúd no importa tanto”, explica, porque ya no hay velatorios ni entierros multitudinarios. Esto supone un mazazo para otros negocios de la órbita de las pompas, “como los de las flores y las esquelas”, continúa, “pero no para las cajas, que siguen siendo necesarias” y que “como otros productos” que desaparecieron de los lineales han sido pasto de la “psicosis” del acopio.

“Estamos doblando turnos y ampliamos a los fines de semana”, cuenta en la misma línea Joaquín Vázquez, dueño de una fábrica en Ribadavia, próxima a Piñor. Se fabrica el doble con el mismo personal, y eso a pesar de que los nuevos protocolos de seguridad e higiene en el trabajo “repercuten” en el tiempo de elaboración de un ataúd. “Si pudiésemos hacer 500 cajas diarias, se vendían”, asegura el empresario. La demanda de España es tan fuerte que también se ha dejado sentir al otro lado de la frontera de Ourense con Portugal. En Chaves, a 20 kilómetros de la marca entre países, la empresaria gallega María Chao ha multiplicado por cuatro su producción con más plantilla, turnos más largos y trabajo en fin de semana. Solo a Madrid la factoría envió 3.500 ataúdes en las tres primeras semanas de confinamiento.

Las funerarias temían quedarse sin suministro y se lanzaron a adquirir la mayor cantidad de féretros posible. Y si en las fábricas medianas de Piñor producían 200 cajas al mes, ahora producen 400 y las plantillas de este pueblo orensano “sin paro” no han tenido Semana Santa para atender, “en primer lugar, a los clientes de siempre y luego a los nuevos” que han llegado. Mientras tanto, el alcalde percibe que el coronavirus quizás suponga un “toque de conciencia” en las empresas fúnebres, que ahora reclaman “material gallego” frente al importado de Oriente, al menos seis veces más barato que el de gama baja en España. “Siempre han tenido margen” para comprar los ataúdes aquí, reivindica el empresario, porque el precio tirado de las cajas chinas no se veía reflejado en lo que pagaban las familias de los fallecidos.

“En la fabricación, nosotros no empleamos nada de fuera de España, salvo la madera, que viene de Costa de Marfil”, asegura José Luis González, heredero del negocio de su padre, “que era tallista de santos”. En Piñor, el primer fabricante de cajas de pino tenía aprendices, esos aprendices montaron sus propias fábricas con sus propios obreros, y estos también se emanciparon hasta que el negocio involucró a todas las familias. Aunque algunos productores siguen trabajando el castaño y el chopo, la mayoría emplean ahora el fromager, una madera muy blanda, también conocida como ceiba o fuma, que se produce en el país africano. “El resto se hace en España”, recalca el vicepresidente de Ataugal: “El fromager se curva en Valencia; los cristos son de Murcia; el barniz, de Logroño; el acolchado, de A Estrada (Pontevedra); la base es tablero fabricado en Santiago y las grapas vienen de Bilbao”.

Por ahora, el envejecido Piñor es uno de los municipios gallegos que se mantiene libre del virus. “No se conoce ningún caso de vecino infectado, ni aquí ni en los ayuntamientos limítrofes”, constata González. Una brigada del consistorio y agentes de Protección Civil le hacen los recados “a todos los que lo piden”, y van “a la carnicería, al supermercado, a la farmacia, a buscar los papeles del sintrom…”, enumera el regidor. Mientras, el Ayuntamiento está repartiendo mascarillas y guantes a los vecinos, y se ha distribuido por las aldeas un bando municipal con el móvil del alcalde para cualquier urgencia que surja. En las fábricas, cuando llegan los camiones de fuera a recoger una partida de ataúdes, a los conductores se les indica que no bajen de la cabina. Cargan los propios obreros, le entregan el albarán al chófer y le piden que marche “volando”. En la fábrica de Joaquín Vázquez, según informa EFE, hace semanas que no dejan entrar a nadie ajeno a la empresa: los trabajadores mantienen la distancia de seguridad, se cambian en un espacio apartado y la nave se desinfecta “dos veces al día”.

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