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Pequeñas cosas

Luis Grañena

Que abra la frutería de enfrente, en este segundo lunes de nuestro firme confinamiento, no solo me asegura alimento y vitaminas (gracias por ello). Colorea mi paisaje. Tanto que entré y salí, y tanto que compré, como lo más natural. Ahora la veo como una obra maestra, una pintura en movimiento. Y lo bastante borrosa (sigo perdiendo gafas, ahora en mi hogar) para que la imagine a mi medida. Entrecierro los ojos y la veo, en sus verdes y rojos de campiña. Sus frutas exóticas y suministros de batalla.

Mi galería interior es una cambiante cenefa de paños de cocina, trapos de frotar y pequeñas toallas. Hay que lavarlas a diario, y tienen que secarse pronto. En jornadas lluviosas, como el lunes, el interior del piso se convierte en un colorido campamento. Manijas, empuñaduras, las astas de la bici y hasta uno de los ganchos portátiles de los que cuelgo bisutería: como ahí se me abarquilló un collar de láminas, he deducido que debe de ser el lugar más cálido de mi casa.

Y así vamos, redescubriéndonos en nuestros hallazgos exploratorios. Limpio la suela de los zapatos con minuciosidad y me doy con su huella, y sintiéndome una CNI compongo mentalmente el mapa, que me remonta a dónde los compré. Fue en Bravo Murillo, por encima de la glorieta de Quevedo, en la zapatería especial de amable dependienta (¿estás bien?), al lado de la ferretería. Ah, la seductora ferretería. Clavos, alcayatas, tacos, martillos, serruchos, alicates, grifos, tuberías, pomos, aldabas, sacacorchos, ganchos, cerraduras, ganzúas, llaves inglesas, ¡cinta aislante!

Cosas.

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