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Oscuras bifurcaciones

Con pequeñas mujeres rojas, Marta Sanz cierra su ciclo de novelas con el detective Arturo Zarco. En otro espacio habría que hablar de las novelas policiacas que lo son y las que se escriben para que no lo parezcan pero sigan siéndolo. Pero luego hay otras que no son estrictamente ni una ni otra, pero se alimentan fructíferamente de las dos especies. Una confusión genérica que Marta Sanz explota con magníficos resultados narrativos. Narrativos y también introspectivos y sociopolíticos. Todo ello me recuerda una frase que Sanz un día enunció en una entrevista: “Afortunadamente hay lectores decimonónicos”. Este lector no es sólo el que ha leído a Dickens o a Galdós o a Balzac o a Tolstói o a Clarín. Es también el que ha leído a Kafka, Joyce y Faulkner. Es la única manera de ser un auténtico lector decimonónico. Marta Sanz llega a pequeñas mujeres rojas de la mano de toda esta gran literatura. Su narrativa es social, es intimista y es, si me lo permiten, incluso documental. (Nos dice una voz narradora que sus imaginaciones están hechas con las mismas palabras con las que transcribe lo que narra).

pequeñas mujeres rojas es una novela sobre una fosa común en tiempos de la Guerra Civil. Hay una mujer, Paula Quiñones, que ya conocimos en otras novelas de esta serie, que intenta localizar esas fosas; hay un hotel ominoso, hay una familia sospechosa de atrocidades. Hay un delator, hay un crimen que sucedió hace un tiempo. Hay el detective Arturo Zarco, exmarido de Paula, que es mencionado en esta novela pero no está en ella, porque, en el espacio narrativo de la serie, está simultáneamente en la novela anterior a la que estamos leyendo, Un buen detective no se casa jamás. ¿Cómo hace Marta Sanz para transformar toda esta materia humana e histórica en un artefacto estético de alto vuelo? Construye voces, las de las implicadas en la investigación de Paula; construye espacios concretos y mentales, deconstruye los discursos que se cruzan aquellas voces, poniendo al descubierto las zonas oscuras de la novela. Y, sobre todo, expone con dramática lucidez la propia mecánica y escritura de la novela. Su hechura se hace autoconsciente. Todo apunta al desconcierto, a las bifurcaciones. Como si se nos dijera que es la única manera a veces de ser diáfano con una historia tan terriblemente opaca.

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