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Nuevos oficios del coronavirus: jefas de higienización y guardianes del metro de distancia

Pili Ramos, encargada de desinfectar y de proveer guantes y gel a todos los clientes.Pili Ramos, encargada de desinfectar y de proveer guantes y gel a todos los clientes.Juan Diego Quesada

La señora viste un abrigo de piel. Aguarda tras una línea roja pintada en el suelo. De repente, la curiosidad supera su prudencia y extiende la mano para palpar el género.

—Oiga…

La voz llega de atrás. Firme pero serena. Utiliza la modulación y el tono de las madres superioras, un resorte que activa una actitud de sumisión en el cerebro de cualquier español. Pili Ramos, encargada de higienizar la tienda, lleva en la mano un espray desinfectante. Desde hace una semana tiene como labor mantener libre de gérmenes el supermercado en el que trabaja. El futuro luce aséptico y reluciente. Su misión pasa por frotar obsesivamente el torno de la entrada, las barandillas, los carritos de la compra, pero también consiste en reconvenir a los clientes díscolos que, durante unos segundos, olvidan que el país vive en estado de alerta por una pandemia.

-Caballero, por favor…

Ahora Pili, de 55 años, gesticula desde lejos a un señor que se coloca muy pegado a otro en la fila para pagar. El hombre se ruboriza, como un niño al que han pillado en falta. Mantener el orden y el espacio personal requiere disciplina. España se acostó un día siendo España y despertó convertida en Japón.

La situación ha ido cambiando día a día, a medida que cambiábamos nosotros también. Al principio se dejaba pasar a todo el que llegaba. Ahora se limita el acceso. Antes se esperaba que la gente trajera sus propios guantes. Como esa batalla todavía no está ganada, los centros los reparten al llegar. Y ofrecen gel, también al salir. Pili tiene hoy la tarea de colocarse en la entrada y proveer de guantes y desinfectante a todo el que ha salido de casa mal equipado. Hay de todo. Algunos, encantados, sonríen, otros estiran las manos contrariados y la mayoría tiene una actitud neutra, esa cara vacía e inexpresiva que se pone en los controles de un aeropuerto.

Cada cinco clientes que cruzan la puerta, Pili se echa un poco de desinfectante en sus guantes. Lleva una mascarilla que le cubre media cara. Lo último que quiere es contagiarse. “Me da miedo, muchísimo. Vivo con mi madre, que tiene 88 años”. Ahora le ha tocado el papel de policía estricta, pero Pili es encantadora. Los clientes le han regalado estos días bombones por su buena labor.

Hay dos tipos de clientes que pueden dar problemas en estos días: los que no se lo toman en serio y los que se lo toman demasiado en serio, hasta la neurosis. Un señor le gritaba a todo el que se acercaba y quiso él mismo pasar la tarjeta por el lector del datáfono y sumarse los puntos Carrefour. La actitud intimidó a las cajeras. El centro, para protegerlas, ha instalado estos días unas mamparas que las aísla.

Comprar es raro. El pan recién hecho, que nunca vino envuelto por si se quería trocear en la máquina, viene hoy como un paquete de regalo. Si hace dos meses el plástico era el gran enemigo, hoy es el símbolo de un producto seguro. Pero hay más. Pasear tres veces por los pasillos del yogur en el DIA de la calle de Atocha es una pequeña trampa para llegar a los dichosos ―hoy ya infinitos― 10.000 pasos de las pulseritas FitBit. Pero hay más. En la zona de las pastas, las legumbres y las latas de conserva existe un semáforo invisible. En este pasillo los ciudadanos se frenan. Se miran. Pasa uno. Pasa otro. Pasa uno. Pasa otro. Nadie sonríe. Nadie habla. El noveno día también vislumbra un nuevo desabastecimiento: apenas quedan tilas.

―Pase, pase, por aquí. Espere.

El Carrefour de Lavapiés, un transatlántico de la alimentación de dos gigantescas plantas en mitad de la plaza del barrio, ha vuelto a ser el de antes. Se acabó el bajar a por papel higiénico a las cuatro de la madrugada. Si alguien quiere luchar por la triple capa —el diamante higiénico de esta época— deberá hacerlo a las nueve de la mañana y como muy tarde a las nueve de la noche. Este paréntesis casero ordenado por el dichoso bicho abstracto ha ordenado los horarios. No hay otro. No hay minutos de descuento en el mercado. La disciplina y el orden la imponen dos vigilantes de Prosegur uniformados. Como en las películas policiacas de Hollywood, Jorge y su enorme compañero, que prefiere mantenerse en un segundo plano, forman un tándem único. Son como Will Smith y Martin Lawrence en Dos policías rebeldes.

“Controlamos el acceso para que no haya disturbios”, explica Jorge, de 51 años. Menudo, de estatura media y pelo blanco radiante, ha salido un segundo a fumar un pitillo. Sibilino, se retira la mascarilla verde, agarra el cigarro con el pulgar y el índice y como un jugador de póker disfruta de la primera calada rápida. Es un auténtico inspector encubierto:

— ¿Mucho trabajo estos días?

— Afirmativo.

Dice que al principio todo era un poco caótico, que los ciudadanos no respetaban la nueva medida de respeto: el metro. “Esta mañana ya he llamado al orden a más de uno, pero les digo que se vayan a la fila y se van a la fila”, cuenta orgulloso. Sin duda, su voz radiofónica influye. Dice que el pillaje se mantiene, pero que lo detecta rápido. “Estos días vemos que se roba mucho alcohol y muchas latas de conserva”.

De reojo, cual pistolero, observa al vecino vasco Ricardo, de 48 años, que baja todos los días a comprar. Es su turno. “Hago las compras de mis vecinas, que están mayores. Hoy vengo a por algo de verdura y leche”. La cola fluye. El tiempo corre. No hay descanso: “Pase, pase, caballero”.

Cruzar las puertas de este Carrefour exige un protocolo de limpieza casi de laboratorio. El compañero de Jorge, con un tatuaje intimidador que sube por el cuello como una serpiente de cascabel, es, además, muy corpulento. Él da la orden de entrada: “Pase, pase”, indica con un gesto más propio de guardia civil de tráfico. A su derecha cuenta con un atril donde reposa un paquete de guantes y un líquido de desinfectante en forma de spray.

“Coja los guantes. Palmas arriba, un poco de desinfectante, vuelta, frote y en paz”. Siguiente. “Nos ponemos los guantes, palmas arriba, un poco de desinfectante, frote y en paz”. Como un estribillo. Como santiguarse. Como comprar.

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