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“No me mola nada el corona”

Un niño celebra su cumpleaños, y habla con sus amigos por videoconferencia, durante el confinamiento por coronavirus en Madrid.Un niño celebra su cumpleaños, y habla con sus amigos por videoconferencia, durante el confinamiento por coronavirus en Madrid.Carlos Rosillo / EL PAÍS

Perplejos y pálidos, buscando sustitutos digitales a la recién estrenada satisfacción de tener amigos, los niños se hacen a la vida, confinados, en medio de una tragedia que comparten, en casa, con los adultos. Hacen los deberes, y a través de las redes, que son para quienes disponen de ellas como una segunda piel, o como un alma supletoria, buscan a quienes formaban parte de su colegio, de su escuela o de su instituto.

Víctor, barcelonés de 10 años. El confinamiento fue “un impacto muy grande”, que él ha atenuado recuperando las voces o las caras de la clase. Él tiene claro el porvenir, “tecnología, ciencias, matemáticas, redes”, pero ahora estudiar es lo que hace después de jugar, en casa o por videollamadas. “La amistad es parte muy grande de la infancia. Cuando estás solo te sientes más débil”. ¿Y los padres? “Es una manera diferente de contar con ellos. A los amigos les cuentas cosas íntimas, a los padres les cuentas lo que pasa”. Hablan, con los padres, “de fútbol y de anécdotas. ¡Es que con ellos pasas el mayor tiempo de tu vida!”.

“Estar confinado”, dice Víctor, “te ayuda a sacar lo que tienes dentro; te permite también conocer a tu familia mejor. Te enteras, por ejemplo, de que tu padre ha tenido 11 trabajos en su vida o que es capaz de jugar al ajedrez conmigo”. Ah, otra cosa que ha sabido es que los días se hacen “muy cortos” en el confinamiento. De hecho, este miércoles le costó recordar que era 8 de abril.

Arturo, que vive cerca de Barcelona, tiene 11 años, estudiará “ciencias de partículas y del espacio exterior”. En estas semanas ha buscado en la terraza de la casa un rayo de sol. “He ganado tiempo y me siento como si hubieran fregado el suelo y estuviera tapado en el sofá, con toda mi familia, y sin poder salir”. Pinta, juega a la consola, a muñecos, habla con un amigo por walkie-talkie, ha hecho un periódico, se ha inventado un juego de mesa… “Y he echado de menos los parques, las casas de mis abuelas. ¿Del cole? Algunas veces echo de menos la tranquilidad que hay allí a veces”. ¿Nada más? “Sí, las presentaciones en grupo, en clase, y también a los profesores”. Uno de tu edad me dijo que le falta la amistad. “Yo también la echo de menos, pero nos vemos por videollamada”.

El confinamiento es una fábrica de solitarios. “No, no lo es, se habla mucho también”, dice Arturo. “Yo en particular, como te decía, me siento como tapado en el sofá, pero también siento que el tiempo es más largo. Además, percibo como que mis amigos están también atrapados, pero ahí delante, en la mesa, mientras que yo estoy atado al sofá, incapaz de levantarme para ir a verlos”. En cierto modo, un reencuentro obligatorio con los padres. “Ya los conocía. Y no, no me aburro con ellos”. ¿Tuviste miedo? “Cuando escuché que nos afectaría a todos. Pero luego supe que sería perjudicial sobre todo para los que tienen entre 71 y 85, sobre todo si eran asmáticos”. Como el cronista, por cierto. “Uy, perdón, no quise decirlo!”.

Naïa, seis años, vive en el centro de Madrid. Tiene los parques cerrados, ve trabajar a sus padres, aprende idiomas con su madre, exige como un alimento la tablet, y la obtiene, “se la canjeamos por tarea”. En este confinamiento ha perdido ya tres dientes. “Este tiempo”, dice el padre, “es como un juguete para ella, no es consciente de que pasan los días y siempre nos tiene a nosotros”. Echa de menos a los compañeros de clase, pero la timidez la hace muda, no solo con el cronista, sino también con los amigos a los que los padres llaman para que se oigan las voces. Antes del confinamiento le compraron una bicicleta, a la que ahora mira como si fuera un juguete quieto. Antes, cuando salían a la calle, le compraban juguetes. Ahora no hay juguetes. Y grita: “¡Maldito coronavirus!”. Lo único que dice ahora, en alto, es: “¡Mentira, no dije eso!”. Y se ríe con su padre.

Simón tiene siete años; vive en Tenerife. Activo, juega en familia, ratos de televisión, tarea, manualidades. “¡He hecho un corazón verde, por la esperanza!”. Le dio un walkie-talkie a un vecino y con él se comunica, ha hecho amistad. “Ayuda a cocinar”, dice la madre, “ve con nosotros películas, de risa, no de matar”. ¿Y tú, Simón, cómo te sientes en casa? “Encerrado, juego al fútbol en el garaje. Es incómodo. Me siento aburrido”. Su diversión es el walkie-talkie, al otro lado hay un amigo.

Oliver, madrileño de nueve años, juega online con los amigos, entrena al fútbol (“seré futbolista”) haciéndole caso a su padre. Y echa de menos “los bares, la comida rica, el parque para jugar”. Pero ya no eres un niño, tienes nueve años. “Niño dejas de ser a los 18, ahora soy un niño”. ¿Y te gusta serlo? “Bueno, más o menos”. Hizo un trabajo, antes del confinamiento, sobre este virus que llaman corona. ¿Qué piensas ahora de este confinamiento? “Ummmm… No me mola nada el corona”.

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