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Niños que se portan como adultos y viceversa

Dos niñas en su casa de Madrid durante el confinamiento por la pandemia del coronavirus.Dos niñas en su casa de Madrid durante el confinamiento por la pandemia del coronavirus.Álvaro García

Todos hemos sentido estas semanas el vértigo a lo desconocido, al hacer cosas antes inimaginables, como unas flexiones, que acabas hecho polvo, una humillación total. También al recordar lo difícil que es planchar bien una camisa, lo delicado que es hacer la mayonesa o la paciencia que requiere explicar los pronombres. O en el tacto al conversar con un vecino que sabes que no tiene tus ideas, por no herir susceptibilidades. Es arduo ser otro, obligado por las circunstancias, y peor aún es ser mejor de lo que se es habitualmente. Pero luego pones la tele y ves a unos señores que no se sienten obligados a nada, la mayoría de los políticos, y sobre todo de la oposición.

A Pedro Sánchez le podrían sobrar 50 minutos cada vez que habla y al PP, la mitad de sus tuits. Es estadísticamente imposible que todo lo que haga el Gobierno esté mal. También es seguro que muchas de las cosas que dice la oposición pueden estar bien. No sé por qué les resulta tan difícil actuar como personas normales, como vecinos, como todos. Los niños que conozco, por ejemplo, lo están haciendo muy bien, pero ya no puedes dejar los periódicos por casa, no sea que se asusten. Como este análisis de la portavoz del PP en el Congreso en una entrevista: “Bajo el paraguas del estado de alarma, el Gobierno ha emprendido una deriva autoritaria. La izquierda pretende confinar a los españoles en un régimen social-comunista, en el que retrocedan las libertades políticas, económicas y civiles”. Los niños, los muy ingenuos, todavía deben de creer que solo se trata de curarnos todos y que el Gobierno, con más o menos chapuzas, hace lo que puede y sin mala fe. Probablemente de esto se trata para la mayoría de los ciudadanos, que ven la política como uno de esos partidos de hace años que ahora emiten porque no hay fútbol de verdad. Ni política de verdad.

Francamente, no sé cómo se puede vivir pensando siempre lo peor del vecino, justo estos días en que los demás estamos descubriendo lo mejor. Mi vecina el otro día me trajo torrijas. El traspaso de la bandeja fue problemático, pusimos una silla en el descansillo pero era todo tan ridículo que ella misma dijo que nos dejáramos de tonterías y vino hasta la puerta. A veces voy a casa de un amigo a llevarle cosas y al subir por la escalera voy viendo los zapatos en las puertas, como si esperaran a los Reyes Magos en primavera. Son zapatos de adultos y niños, todos querríamos creer en milagros, que haya algo nuevo al salir, pero da la impresión de que esta vez tampoco va a ser. Y eso que los niños se han portado bien. Un hijo de la vecina de enfrente el otro día rompió a llorar. No había dicho nada hasta ahora, pero ya no podía más, seis semanas encerrado. Al día siguiente a una de mis hijas le pasó lo mismo. Parece que no se enteran, pero sí: mis hijos se enteraron antes que yo de que el 27 pueden salir, se lo contaron los niños de enfrente como la noticia del año. Aunque ellos son cuatro, el mayor tiene 13 años y saldrán todos menos él. No entiende nada, y yo tampoco. Lo mejor será que mienta sobre su edad, como para entrar en la discoteca, pero ya solo para salir de casa.

Los chicos se enteran, no son tontos, en las películas identifican el bien y el mal, y si no te preguntan. Como el otro día, viendo La balada de Cable Hogue (Peckinpah, 1970): ¿por qué el protagonista perdona al malnacido que le robó su mula y le dejó sin agua en medio del desierto? Pues porque Cable Hogue, que habla con Dios a su manera y tiene su código moral, es una buena persona. Cómo les vas a poner de ejemplo personajes de la vida real, te tienes que limitar a la ficción.

Estos políticos se comportan como un grupo salvaje, pero no ven mucho a Peckinpah, eso es algo que se nota. Un líder serio, con sentido común, conciliador, sin asomo de oportunismo, lo tendría chupado en este momento para convertirse en héroe nacional. Desde su punto de vista lo del alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, y Rita Maestre, de Más Madrid, que no hay dos personas más opuestas, debe de ser deplorable. Mira que decir que confían el uno en el otro y están unidos en esto. Ahora los vecinos de Madrid vivimos más tranquilos, si cunde el ejemplo puede ser desestabilizador.

Si Sánchez y Casado de pronto se trataran como usted y yo, y no como ellos, ahora que estamos todos tan sensibles nos pondríamos todos a llorar de la emoción, haríamos un musical. Pero cómo cansa todo esto, da más ansiedad que el coronavirus. Y Torra a lo suyo, que Cataluña tendría menos muertos si fuera independiente, y seguro que también habrían inventado ya la vacuna. Y de Vox ya ni hablo. Y venga circular tabarras virales, muletillas despectivas, es una triste ocupación en estos días ya tan tristes. Menos mal que los niños están más atentos a la calle. Diego, el hijo de año y medio de un compañero, ha aprendido a aplaudir saliendo al balcón, y también a decir “gracias”. Ha sido como una lección de psicomotricidad civil: gestos, palabras, emociones, educación, contención. Al menos ahí el espectáculo es edificante. Siempre recordará que aprendió a aplaudir a las ocho de la tarde. “Y si no se lo recordaremos”, me dijo su padre.

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