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Muere por coronavirus Vittorio Gregotti, padre de la arquitectura moderna italiana

El arquiecto Vittorio Gregotti, en su estudio en 1996.El arquiecto Vittorio Gregotti, en su estudio en 1996.Alberto Roveri / Mondadori via Getty Images

La primera víctima célebre del coronavirus en Italia ha sido el nonagenario arquitecto Vittorio Gregotti, autor de la mayor infraestructura expositiva construida en Portugal, el Centro Cultural de Belém en Lisboa (1992); de barrios enteros -como el universitario Bicocca en Milán; de la ampliación de varios estadios de fútbol como el Olímpico de Montjuich, (1989) -donde colaboró con Correa-Milá-Margarit y Buxadé- y de teatros como el Degli Arcimboldi en Milan (1997) o el Lírico de Aix-en-Provence (2003).

Gregotti, que murió el sábado en Milán cuando una pulmonía se agravó al contraer el coronavirus, fue también un célebre ensayista –El territorio de la arquitectura– y dirigió la revista Casabella durante casi una década. En el año 1972 escribió que el papel comunicador de la arquitectura había sido rebasado por instrumentos más rápidos y eficaces y por eso defendió una idea paradójica de su oficio como medio para fijar la memoria y, a su vez, como medio transformador para apoyar a la sociedad. Que el proceso de transformación es el que construye la historia lo demostró en intervenciones que actualizaban edificios del pasado -como el propio Estadio de Montjuic, que mantuvo tres de las fachadas originales de 1929 pero rebajó la cota 11 metros para poder aumentar el aforo- o cubriendo y ampliando el Luigi Ferraris de Génova –el más antiguo de Italia, levantado en 1911- para acoger el mundial de fútbol de 1990.

Esa “transformación que construye” está también presente en edificios que supieron cambiar y alterar su uso, como el propio Centro Cultural de Belém –cuyo concurso ganó con el estudio Atelier Risco- pensado inicialmente para acoger la Presidencia Europea de 1992 y que hoy -con un centro de artes escénicas, salas de exposiciones y un palacio de congresos- es el mayor centro cultural de Portugal.

En tanto que proyectista que antepuso la ciudad al edificio singular, Gregotti dedicó décadas a la construcción de urbanismos como el barrio Bicocca, al nordeste de Milán, donde trabajó entre 1985 y 2005. Allí hizo convivir facultades universitarias, vivienda, zonas verdes e infraestructuras culturales como el Teatro degli Arcimboldi o el Hangar Bicocca. Esa mezcla milanesa buscó corregir el fracaso urbanístico que supuso la construcción de un vecindario de vivienda obrera al Norte de Palermo. Corría 1969 y Gregotti –que con Umberto Eco, el músico Luciano Berio o el poeta Edoardo Sanguineti formaba parte del Gruppo 63- trató de conjugar vanguardia, historia y compromiso social. El barrio de San Filippo Neri, conocido como ZEN -Zona Espansione Nord- quería ser un lugar humanizado con rincones de encuentro y con cierta monumentalidad derivada de la actualización de un elemento arquitectónico clásico: el pórtico que rodea los edificios y que construye un espacio intermedio entre las viviendas y la calle. La falta de mantenimiento –y de mezcla social entre los habitantes- convirtió el vecindario en un fracaso: un gueto donde la drogadicción, la criminalidad y la Mafia llevaron a otros proyectistas a solicitar su demolición.

Como el Gruppo 63, que en España tendría iniciativas análogas –como el Taller de Arquitectura que el poeta José Agustín Goytisolo y el arquitecto Ricardo Bofill entre otros fundarían ese mismo año-, la idea de ciudad de Gregotti también defendía una suma de diversidades. Para el ensayista, la urbe era una síntesis que debía considerar la vivienda -para él la ciudad era “la manifestación más compleja del hábitat”- reconocer el lugar, la naturaleza y mantener una visión artística.

En 2006 culminó en Marruecos –con Saad Benkirane- el Estadio Agadir. La infraestructura se levantó para acoger el primer mundial de fútbol organizado en África, que finalmente se celebró en Sudáfrica. Ese estadio –austero en el exterior y colorido en su interior- marca con sendas torres de acceso su presencia en la ciudad. Por eso convierte una infraestructura grandiosa en un elemento de orden urbano. Pero además contiene parasoles en las gradas para mitigar el calor de los espectadores. Las mismas torres, urbanizadoras, están presentes en el estadio de la Sampdoria y el Génova, aunque allí es una cubierta la que hace que la nueva tecnología conviva con la historia y vela por proteger a los tifosi de la humedad ligur.

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