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Muere Peter Beard, el fotógrafo de la selva

El fotógrafo Peter Beard ha sido hallado muerto en las inmediaciones de su residencia familiar en Montauk. La policía de la zona confirmó el domingo que “los restos de un hombre de avanzada edad cuya descripción y vestimenta coincide con la del señor Beard fueron encontrados en un área de bosque denso”. Su esposa, Nejma Beard, lo vio por última vez el 31 de marzo dando un paseo a media tarde en los alrededores de su mansión ubicada sobre los acantilados en Long Island, Nueva York. El hombre obsesionado con retratar elefantes, medioambientalista y vividor padecía problemas cardíacos y demencia. Los detectives del Departamento de Policía de East Hampton han utilizado drones, un helicóptero y perros para intentar encontrarlo.

En un comunicado, la familia de Beard (Nueva York, 82 años) se despidió del artista con estas palabras: “Peter definía lo que significa ser abierto: abierto a nuevas ideas, nueva gente, nuevos encuentros nuevas formas de vivir y ser. Insaciablemente curioso, persiguió sus pasiones sin descanso”.

“Los hombres somos como los elefantes. Tan prolíficos, tantos, tan superpoblado el territorio, que somos capaces de acabar con él, de engullirlo y engullirnos”, dijo Beard en una entrevista a este periódico en 2008. Beard viajó por primera vez a África cuando tenía 17 años, a mediados de los cincuenta, acompañado del bisnieto de Charles Darwin. No pasaron más de seis años hasta que se compró una granja en las colinas Ngong, en Kenia, que entonces tenía cerca de ocho millones de habitantes (hoy son más de 50). Montó un campamento pegado al de Karen Dinesen von Blixen, la autora danesa de Memorias de África, con quien entabló una amistad inmortalizada en sus fotografías. Beard se ha dedicado a fotografiar la naturaleza en su máxima expresión, así como su destrucción. También ha trabajado con las modelos más cotizadas del mundo, a las que solía llevar a ambientes salvajes para retratarlas. Los collages con recortes son parte de su sello de identidad artística. Una de sus obras más famosas es el fotolibro Fin del juego: La última palabra desde el paraíso (1965), lleno de imágenes de elefantes vivos y muertos, cocodrilos y jirafas, que registró con su cámara mientras trabajaba en el parque nacional Tsavo East. El libro plantea la destrucción de la especie humana a medida que avanza la del territorio.

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