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Muere Lee Konitz, legendario e influyente músico de jazz

Lee Konitz (izquierda), con Warne Marsh en una actuación de 1950.Lee Konitz (izquierda), con Warne Marsh en una actuación de 1950.Tom Copi

El saxofonista y compositor Lee Konitz, uno de los más importantes y originales creadores de la historia del jazz, falleció ayer 15 de abril en el hospital Lenox Hill de Nueva York a consecuencia de complicaciones en una neumonía provocada por la covid-19. Tenía 92 años.

La expresión popular “con él rompieron el molde” se ajusta a la perfección a la figura de Lee Konitz: espíritu inquebrantable del compromiso total con la improvisación en el jazz, eterno buscador de la melodía y de frases originales, y ejemplo constante de independencia y carácter. Jazzistas hay muchos, Lee Konitz, solo uno.

Desde poco después de sus inicios, marcados por su presencia en diferentes ámbitos de la etiqueta acuñada y popularizada como cool jazz, su trayectoria se mantuvo paralela al devenir del jazz, sus modas y sus corrientes. A partir de los años sesenta, su carrera puede ser considerada una especie de itinerario unipersonal, basado en la ética interpretativa del saxofonista y en su incesante capacidad para crear un discurso nuevo a partir de premisas relativamente ortodoxas.

Konitz fue un músico extremadamente personal, capaz de extraer nuevas ideas de cualquier tema por muchas veces que lo hubiera tocado. Escucharlo improvisar sobre piezas que grabó innumerables veces, desde standards como Stella By Starlight, Lover Man o What’s New a composiciones propias como Palo Alto o Subconscious-Lee, siempre es una experiencia musical renovada. Fuese en el contexto que fuese (desde sus diferentes nonetos al formato en dúo, del que era un auténtico maestro) su creatividad era torrencial e inagotable: en 1974, por ejemplo, grabó una improvisación sin acompañamiento sobre el standard The Song Is You durante casi 40 minutos para su álbum Lone-Lee, sin extravagancias ni efectismos; solo ideas melódicas y desarrollo cabal.

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Con más de 70 años de carrera a sus espaldas, todos ellos en activo y a pleno rendimiento, Konitz era uno de los pocos supervivientes de esa era dorada del jazz que se inauguró en los años cuarenta con el be-bop. Ya desde sus primeras grabaciones a finales de esa década, con Miles Davis, Lennie Tristano o sus propios grupos, se posicionó como uno de los pocos saxofonistas altos —y sin duda el más personal— que escapó de la omnipresente influencia de Charlie Parker. Supo construir un sonido y discurso propio, creando una escuela que lo convirtió, a su vez, en otro de los saxofonistas más influyentes de la historia del jazz.

Nacido en Chicago en 1927, Konitz tocó el clarinete y el saxo tenor en sus primeros años, antes de consagrarse al saxo alto. A mediados de los cuarenta conoció a su mentor Lennie Tristano, y tras algún tiempo en la orquesta de Claude Thornhill marchó a Nueva York, en donde participaría, en 1949, en dos importantes grabaciones: las del noneto de Miles Davis que conformarían el álbum Birth Of The Cool y las piezas Crosscurrent e Intuition, de Tristano, obras seminales de la improvisación libre.

Ya en los años cincuenta, tocó en la orquesta de Stan Kenton y enseguida activó una prolífica carrera como líder, y también mano a mano con otros músicos afines como Gerry Mulligan, Jimmy Giuffre y, muy especialmente, el saxofonista Warne Marsh, perfecto partenaire musical de Konitz. En 1961 se publica uno de sus álbumes más importantes, Motion: un tour de force, interpretativo en directo en trío con el contrabajista Sonny Dallas y el baterista de John Coltrane, Elvin Jones.

Konitz, que había visitado Europa en diferentes ocasiones en los años 50, intensificaría su presencia en el viejo continente a partir de los 60, una década en la que se concentraría particularmente en la enseñanza, sin dejar de grabar esporádicamente. A mediados de los 70 emprende una actividad discográfica muy intensa, cultivando todo tipo de formatos con diferentes músicos a ambos lados del Atlántico, incluyendo su reencuentro con Warne Marsh y diferentes versiones de su noneto, formato al que volvería habitualmente a lo largo de su carrera.

Esta actividad se mantiene hasta el final de su vida: Konitz siguió grabando, creando improvisaciones nuevas y yendo de un sitio a otro con su saxo alto hasta hace bien poco, construyendo una discografía que sobrepasa los 150 álbumes (y esto solo contando sus registros como líder). Hasta en la última década, con su capacidad física inevitablemente mermada por la edad, supo mantener un discurso fresco y creativo, incluso tocando una y otra vez el mismo puñado de standards.

Con la muerte de Konitz se va uno de los últimos bastiones que quedaban de las eras doradas del jazz. Y uno de los más importantes de la historia del género, porque su ejemplar compromiso con la creación, sin concesiones ni titubeos, hizo de él un músico irreemplazable. Con él, sin duda, rompieron el molde.

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