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¿Miedo al apocalipsis? Usted necesita un búnker

Durante la cuarentena, y a falta de ocupación mejor, ejerzo de abogada del diablo de un amigo que insiste en comprarse un búnker. Él, que viene de los mundos techies de San Francisco, dice que el futuro pasa por invertir en un refugio seguro. Aunque lo suyo sería “irse a Nueva Zelanda”. Allí compraron Elon Musk —cofundador de Tesla—, Peter Thiel —cofundador de PayPal— y Reid Hoffman —cofundador de LinkedIn— su plan B para el apocalipsis.

Pero Pablo va con retraso. Ya estábamos en marzo cuando empezó a buscar información para entrar a una comunidad de supervivencia con búnker incluido. Le enviaron un cuestionario con letra pequeña: “Esto no es un hotel desastre, tendrá usted que demostrar su utilidad en una situación límite”. Para dejar claro su interés llamó por teléfono. Tras 10 estoicos minutos de hilo musical saltó la máquina: “Todas nuestras líneas están ocupadas, tenemos refugios equipados con filtros de partículas radiactivas y detectores de patógenos, incluido el coronavirus. Complete su solicitud y envíela por e-mail. Si pasa el primer corte, le llamaremos para entrevista telefónica”.

Primera sorpresa: en marzo de 2020 no sobraban búnkeres en este mundo. Segunda, la naturaleza del formulario para pasar de nivel. Pablo hizo el servicio militar en Israel. Eso cotiza al alza en cualquier proceso de selección natural, pero tenía que demostrar por escrito su expertise para ser útil durante el apocalipsis: “¿Sabe cazar?”. “¿Sabe curar heridas?”. “¿Puede pilotar un avión?”. “¿Sabe pescar?”. “¿Puede tocar un instrumento musical?”.

Él está convencido como nunca antes de que necesita un búnker. “No hay margen de maniobra. Si Fortitude Ranch tuviera mi modelo en stock, tardaría dos semanas en ponerlo a punto, si no tendría que esperar dos o tres meses, incluso seis”. Fortitude Ranch es una comunidad con un lema de salvación: “Prepárese para lo peor…, disfrute del presente”.

La demanda ha crecido en las afueras de Kansas, donde busca Pablo, y también en Dakota del Sur. Allí, Vivos xPoint, el complejo de búnkeres más grande del mundo, con proyectos en Alemania y Marbella, tiene 575 refugios iglú con puerta blindada y generador eléctrico. “Todo por 35.000 dólares [unos 32.300 euros]. Financiación disponible”. Una ganga. “Esto se está moviendo rápido, vendemos uno cada dos días”, precisa vía e-mail su cofundador, Dante Vicino. Para los clientes premium reservan la versión búnker crucero de lujo con teatro, piscina y un invernadero hidropónico para comer cada día “fresco y verde”. Según Vicino, la pandemia ha hecho crecer su negocio en un 400%.

Larry Hall, CEO de Survival Condo, también confirma “un repunte de pedidos” y observa “cierta urgencia” en los clientes. “Quieren saber las unidades disponibles, su precio, y fijan fecha para la visita desde la primera llamada”. Sus clientes proceden de Oriente Próximo, Reino Unido, Japón y Francia.

El cuestionario de Pablo está enviado. Ha mencionado su habilidad para armar y desarmar un fusil Kaláshnikov en cuatro minutos con los ojos vendados, sus dotes de pescador submarino y su título de ingeniero informático. Ha omitido que es asmático. Ha renunciado al screening para ántrax y lo cambia por un bidé y varios test de coronavirus.

El bidé es el mueble revelación para el fin del mundo. The Wall Street Journal afirma que desde marzo sus ventas se han multiplicado por ocho, y los búnkeres de alta gama han sido de los primeros en instalar uno en cada baño. Estima Euromonitor que un bidé reduce el consumo de papel higiénico en un 75%. ¿Qué puede salir mal?

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