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Metafísica de chocolate

Este bicho es muy cabrón, cuando parece que se va, contraataca a lo bestia. No hay que fiarse nada. Lo ves en casos de conocidos y en los grandes números. Al acabar esto deberíamos hacer un monumento al amigo médico, o más bien a la amiga médico, que son más, o si no pongamos una parejita: además de su trabajo se dedican a atender al teléfono a toda su familia y allegados. Una de las frases que más he oído es esta: “Yo creo que lo he tenido. Estuve raro unos días”. Si lo medimos así conozco gente que tiene el coronavirus desde hace 20 años. Pero sí, a veces estás cansado, duermes mal, tienes mal cuerpo. Serán efectos de la cuarentena, o que estamos ya hasta el gorro. Vivimos inmersos en un misterio.

Cuando por fin podamos hacernos todos el test, esta misma década sin falta, lo comentaremos como las notas en el cole, diciéndonos lo que ha sacado cada uno. Ya nos hemos acostumbrado a esto tan extraordinario, pero todavía a veces lo piensas: es algo de ciencia ficción, o como una maldición, ser un transmisor inconsciente del mal, que con solo tocar a alguien puedas llevar la muerte a docenas de desconocidos, incluso en otros países. Y al revés, como pensará con pavor la gente más mayor: bajas a por el pan y estás muerto.

Estamos conviviendo ya rutinariamente con esta precariedad vital, tan poco prevista en nuestros planes, y tienes una atención inusitada a lo que te rodea. En estos días raros uno de mis momentos favoritos es cuando se va haciendo de noche sin que te des cuenta, levantas la cabeza de un libro y la luz de la ventana es especial, muy bonita. Sigues leyendo y la oscuridad comienza a envolverte en silencio, hasta que alguien pasa y enciende una lámpara, y en ese momento se hace evidente que el día se ha ido. A veces te parece estar en un cuento de Carver, en un drama intenso pero que no sabes en qué consiste exactamente, aunque tiene momentos de belleza. Un amigo se conectó el otro día, y toda su familia desde sus casas, con un amigo que les tocó al violonchelo una pieza de Bach. En momentos así te emociona estar vivo, y por una armonía, algo que ni se ve.

En una película basada en relatos de Carver, Vidas cruzadas (Altman, 1993), hay muchos personajes, muchas historias, no tienen nada que ver unos con otros, y te pasas todo el rato pensando qué relación pueden tener, cómo los enlazará el director. Hasta que de repente hay un terremoto y ahí lo tienes: todos tocados por igual por un fenómeno total. Justo ayer vi un documental de Pompeya. La cámara se paseaba por un palacio con delicados dibujos de plantas. Esa mañana del año 79 allí se levantarían pensando en lo caro que está el aceite o qué coñazo ir a trabajar. Era una ciudad de toda la vida, nueve siglos, más o menos como Madrid. En la Villa de los Misterios hay unos frescos con un ritual dionisiaco, una extraña ceremonia que entonces tendría la mayor de las trascendencias. Estaba de moda la asiatica luxuria, el lujo y la ostentación, vivir como dioses.

En casa ya hay cosas que no sabemos cómo comprar, y habrá que recurrir al envío a domicilio, aunque nos resistimos, porque son tonterías: a los niños se les acaban los cuadernos y las recargas de tinta que se borra, que por cierto son carísimas. Había grandes colas en cinco supermercados por los que pasé, porque cierran en Semana Santa, o eso cree la gente, que al final es lo mismo. Lo cierto es que no cierran, o solo un día, pero lo que cree la gente siempre es enigmático, sobre todo cuando está rara.

Al menos ya hemos comprado huevos de chocolate. El huevo es un símbolo tan antiguo como el hombre, ya está en Mesopotamia, Egipto, Troya. Era un don de primavera, la vida que recomienza. En un jarroncito etrusco de 700 años antes de Cristo, un hombre que sale de un laberinto con una niña y se encuentra con la diosa de la aurora lleva en la mano un huevo. El huevo cósmico, el cero, el principio y el fin, aparece de India a la Polinesia, y en el supermercado por estas fechas. Así este domingo se reúnen las familias en torno a un huevo, por si hay vida más allá, o si es tras la cuarentena ya nos vale, o si no al menos que te toque una sorpresa. Más allá del huevo, tal vez todo se reduzca al chocolate. En Tabaquería, un hermoso monólogo de Pessoa en la ventana, mirando a la calle, ve una niña y dice: “¡Come chocolatinas, pequeña, come chocolatinas! Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas, mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería”. Felices pascuas.

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