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Mauritania: ‘road trip’ por la carretera del desierto

Chike se ha tomado su tiempo, pero al final lo suelta:

—Entonces —dice— pongamos que yo llego a tu país. Se hace de noche. No tengo adónde ir. Llamo a la puerta de una casa. ¿Me puedo quedar a dormir?

—¿Una puerta cualquiera?

—De una casa, sí.

—Pues no.

—Vaya.

—Incluso puede ser que, si te ven plantado delante de la puerta —iba a decir “con esta pinta”, pero no lo digo—, avisen a la policía.

Chike baja la mirada y ladea la cabeza, contrariado.

Viajamos de norte a sur, desde la frontera marroquí de Mauritania hasta el delta del río Senegal. Seguimos la carretera que cruza el país de punta a punta, del Sáhara al Sahel, con el océano Atlántico a un lado y el desierto al otro. Lo que encontramos en la carretera, lo que en ella se vive y se dice, es la historia de un país joven, en construcción. Un país que tiene apenas 70 años, donde la vida tal como había sido durante siglos —el nomadismo, la dependencia del desierto, el ciclo anual de las lluvias, la agricultura del río, la pertenencia tribal en un territorio abierto— está siendo alterada a un ritmo nunca imaginado.

FOTOGALERÍA: La carretera del desierto

Nos hemos parado a descansar a la sombra de una jaima, junto a la carretera. Comemos pan con sardinas de Marruecos, quesitos franceses, bebemos leche de lata envasada en Holanda. Terminamos la comida con unas manzanas rojas, lustrosas, que llevan la etiqueta “Gerona”. Conozco bien la procedencia de estas manzanas, cerca de las playas de Sant Pere Pescador, en el Alt Empordà. Durante el camino nos hemos cruzado con numerosos migrantes —burkineses, malienses, guineanos…— que tratan de encontrar un hueco en un cayuco que les lleve hasta Canarias, y una vez allí, quién sabe, quizás un día consigan llegar hasta el Empordà… Ya me los imagino —¡inshallah!— montados en sus bicicletas camino de los campos donde se cultivan las manzanas que ahora comemos; manzanas que se mueven con una fluidez sensacional, si lo comparamos con las barreras, las dificultades que sufren los saltadores de muros; el horror.

Tras la comilona, Chike se dispone a preparar el té. Está a punto de echar medio paquete de azúcar en la tetera y de nada sirven nuestras quejas. El té es cosa suya: la mejor hora del día. A veces lo tomamos hasta cinco veces, como los tiempos de la plegaria. Y cada vez, tres tés. El último tiene un punto amargo que se conserva en la boca durante horas, como si hubieras masticado una raíz.

Chike es nuestro chófer. Hasta hace unos años pastoreaba camellos por la región de Trarza. Le guiaban las estrellas y las lluvias. Las paredes de su casa eran el horizonte. La pertenencia, la tribu. El país, sus semejantes en movimiento. Dejó la vida nómada y los camellos cuando sus animales murieron o tuvo que sacrificarlos debido a la sequía; al cambio climático que azota la región.

Pastores nómadas bajan a Tiwilit a cambiar leche de camella por otras mercancías.ver fotogalería Pastores nómadas bajan a Tiwilit a cambiar leche de camella por otras mercancías. ALFREDO CÁLIZ

Chike regresa al asunto que le preocupa.

—Pongamos, entonces, que llego a tu casa. ¿Qué haces?

—¿Qué harías tú si yo llego a la tuya?

—¡Mato un cordero!

—Yo preparo una paella.

—Ya… pero… ¿me puedo quedar a dormir?

—¿Cuántos días?

Chike se queda pensativo. Discute un buen rato con el hombre que nos ha abierto la jaima donde nos protegemos de la tormenta de arena.

—¿Sabes? —dice aguantando la mirada—, cuando camino por los barrios de Nuakchot, lejos de mi casa, si necesito ir al lavabo, llamo a una puerta cualquiera, entro, hago mis cosas, me lavo, tomamos el té. Así es como yo lo veo.

El hombre de la jaima asiente con la cabeza.

Antes de que se construyera la carretera en el año 2004, el viaje desde Nuadibú hasta Nuakchot, la capital, solía hacerse por pistas y, una vez superado el cabo Timiris, se aprovechaban las mareas bajas para circular por la playa. Era un viaje de gran belleza y peligro. No solo por los escollos que presenta la línea marítima, la gran playa mauritana que se extiende 360 kilómetros hasta la desem­bocadura del río, sino también por lo engañoso que puede resultar este territorio frágil, venteado, que separa el mar del desierto, una tierra de nadie, la sbar, donde nunca hay que fiarse de las apariencias.

“Las salinas parecen tener la rigidez del asfalto, pero ceden bajo el peso de las ruedas. La costra de sal blanca revienta, en este caso, sobre el hedor de un pantano negro”, escribió Antoine de Saint-Exupéry en Tierra de hombres. Saint-Exupéry fue uno de los pilotos que abrió la línea aérea entre Toulouse y Dakar. Conocía bien esta región en la que pasó largas temporadas y tuvo que realizar varios aterrizajes de emergencia. Uno de ellos inspiró El Principito. Cada vez que el avión fallaba, Saint-Exupéry trataba de posarlo sobre un terreno elevado, una “alfombra de conchas”, sin duda por seguridad, pero quizás también por una pasión filosófica y aventurera.

En una de esas ocasiones, el escritor consigue aterrizar sobre un terreno “infinitamente virgen”, que “ningún animal u hombre ha podido mancillar”. Recoge arena con una mano. La deja caer como una lluvia de oro. Siente que es menos que una mota de polvo en la inmensidad del universo. El primer hombre en perturbar aquella banquisa mineral. El primer testimonio de vida. Nadie. Todo.

Hemos dejado Nuadibú a primera hora de la mañana. A la salida de la ciudad nos esperaban Salima y un grupo de mujeres del barrio de la Charca. Suben en la ­pick-­up, abandonamos la carretera, sorteamos unas cuantas dunas y llegamos hasta las salinas situadas a la orilla del mar. Las piscinas de sal sobre la arena ajardinan un paisaje de pájaros, cielo y agua, recortado al horizonte por la muralla azul oscuro del océano.

A Salima la conocí hace unos años, cuando acababan de organizar una cooperativa de mujeres con la intención de explotar la sal de la bahía. La cooperativa nació de la voluntad —y el entusiasmo— de Nedua Nech, una mujer de buena familia que un día visitó la Charca, en Nuadibú, y la avergonzó la extrema pobreza en la que vivían las mujeres. Sin agua en las casas. Rodeadas de barro. De basura. Muchas de ellas eran solteras y estaban cargadas de hijos.

Nuadibú es el mayor puerto pesquero de la costa; florece gracias a la flota de piraguas, el comercio, las minas de Zourat y la pesca industrial en alta mar de los grandes pesqueros-fábrica de los países ricos. Pero esta abundancia queda mal repartida y para la gente humilde puede ser una condena. Las mujeres le contaban a Nadua que se ganaban la vida preparando la comida y tés para los pescadores. “Solo había que fijarse en aquellos niños mulatos de facciones asiáticas, europeas, negroafricanas, árabes… Ay, ¡ya me dirá!”, exclama Nadua, que se puso en contacto con varias ONG y consiguió financiación de la UE para levantar el proyecto de las salinas.

Salima conserva en su casa un recorte de aquellos primeros momentos gloriosos: se trata de una página ya amarillenta del diario Ouest France en la que salen ella y otras tres mujeres posando con los productores de sal marina de Guérande, en la costa atlántica francesa, donde han estado haciendo un cursillo de formación. En el texto se percibe la cálida acogida de la población local, la solidaridad de los donantes que apoyan la iniciativa en Nuadibú, las buenas palabras, el deseo de que los africanos gestionen sus propios recursos, ejerzan su soberanía.

Durante aquel viaje, Salima y sus amigas aprendieron cómo sacar una sal purísima del mar. Lo hacen cavando pequeños pozos, recogiendo el agua en cubos, llenando unas piscinas hechas con plásticos, dejando evaporar el agua. En tres días, una sola piscina puede producir hasta 25 kilos de sal, suficiente para que una familia pudiera vivir bastante bien. Pero lo que encontramos durante nuestra visita es un gran sentimiento de abandono: como tantas veces ocurre con la cooperación, el proyecto ha quedado abandonado por los donantes antes de que se haya conseguido estructurar algo sólido que les permita transformar sus vidas. Hoy estas mujeres no tienen ni siquiera un transporte para desplazarse hasta las salinas.

Seguimos nuestro viaje con la intención de llegar a Chami antes de la caída del sol. En el retrovisor del coche queda la imagen de Salima que se despide; más sola que la una.

Chami es El Dorado mauritano. Cuando pasaron por aquí los catalanes de la Caravana Solidaria, en noviembre de 2009, poco antes de que tres de ellos fueran secuestrados por Al Qaeda en el Magreb —justo en el kilómetro 170, pasada la gasolinera Gare du Nord—, en Chami apenas había cuatro barracas y algunas tienditas para atraer a los viajeros que cruzaban con prisa por dejarlo atrás.

Hoy Chami produce una impresión extraordinaria. Es tal el hormigueo humano, la fiebre constructora, el caos de vehículos, animales, talleres y comercios, que uno solo puede parar, tomar asiento, respirar hondo y esperar a que lo que uno ve empiece a ordenarse poco a poco.

Trabajadores en el puerto pesquero de Nuadibú, la gran ciudad del norte de Mauritania y principio de esta ruta.ver fotogalería Trabajadores en el puerto pesquero de Nuadibú, la gran ciudad del norte de Mauritania y principio de esta ruta. ALFREDO CÁLIZ

Compramos plátanos, agua. Nos sentamos justo en el cruce de la gasolinera, donde se agrupan los vehículos que parten, cargados de buscadores de oro, hacia el desierto. Son los trabajadores furtivos. Los parias. Muchos de ellos migrantes. Normalmente, un pequeño inversor, uno que tiene coche, ha comprado un generador, un detector de metales, palas, picos, cuerdas…, carga a tres o cuatro muchachos en la pick-up y se adentran en el desierto para acercarse hasta los aledaños de la gran mina de oro. Cavan pequeños pozos por los que desciende un hombre sostenido por cuerdas, hurga en la oscuridad casi sin oxígeno, recolecta en un cubo piedras y tierra que sus compañeros sacan al exterior sirviéndose de una polea y la fuerza de los brazos. Los que así trabajan superan los 15.000. Los accidentes mortales son el pan de cada día. Los que trabajan en la gran mina, explotada esta por los canadienses con la mejor tecnología, vallada, bien controlada, inaccesible para los curiosos, rondan los 5.000. Son los empleados de élite de la Kinross Gold Corporation, que ya dobla la producción, y viajan en unas camionetas blancas de empresa con aire acondicionado.

A la salida de la ciudad, en un enorme descampado, se aglomeran los obradores artesanales donde los furtivos rompen las piedras y las pasan por unas grandes molas, filtran el polvo en unas piscinas, tratan de separar el oro atrapándolo con el mercurio que echan al agua.

La mayoría de ellos duermen en barracas y casitas de hormigón de tres o cuatro metros cuadrados en las que se apretujan hasta 10 personas. Las barracas se extienden desordenadas por las dunas, y la basura de esta fiebre del oro —bombonas de gas exhaustas, compresores, generadores, neumáticos, motores desguazados, bidones agujereados— se acumula encima de la arena. También existe un cine donde se pasan partidos de fútbol y series de televisión anunciando, quizás, futuros barrios de viviendas, mientras en el centro de Chami ya pueden verse las señales de una nueva ciudad: unas farolas, unas casitas adosadas destinadas a los ingenieros de la gran mina, a las autoridades locales y los jefes militares. Un hotelito para los visitantes ilustres. Un cuartel en cuyos muros el viento del desierto ha encastado una inmensa duna que llega hasta las garitas de vigilancia recordando que, incluso en la ciudad del oro, el desierto tiene sus leyes.

Nos quedamos a dormir en la jaima de un descampado que se anuncia como campin. Encontramos una pareja de españoles. Viajan en una autocaravana magníficamente preparada para el desierto. Lo que han visto hasta ahora del país les parece “horroroso”. La tormenta de arena que les ha acompañado desde la frontera con Marruecos, una pesadilla. Buscan inútilmente los baños, la conexión eléctrica, la señal wifi. La mujer está contrariada: ha comprado marisco en Nuadibú —“a muy buen precio”— y todavía no ha tenido tiempo para preparar la paella.

—Aquí podrá preparar su paella tranquilamente —­tratamos de animarla.

—Ya, pero nosotros la paella siempre la comemos el domingo y ya estamos a lunes.

—¡Bienvenidos! Acomódense ustedes —nos recibe Lamin quitando la arena de los cojines colocados en el suelo de su tienda de comestibles.

Lamin el Kanane Mohamed habla un español excelente. Es uno de los muchos saharauis que uno puede encontrar en esta ruta desde que la desbandada española del Sáhara y la guerra les expulsaran de sus tierras.

Estamos en el pequeño pueblo de El Mhaijrat. El Mhaijrat de arriba, lo podríamos llamar, porque el pueblo antiguo se encuentra junto a la playa, a unos dos kilómetros. Cuando se construyó la carretera, las gentes de la playa, la mayoría pescadores, empezaron a moverse hacia el asfalto para vender a los viajeros bottarga (huevas de mújol) y pescado seco, muy bueno para los diabéticos, que aquí son muchos debido al té demasiado azucarado. Pronto nació un nuevo pueblo que no para de crecer gracias al comercio. Todavía hoy no está claro si la carretera les resultará más rentable que seguir en la playa. Si el comercio sustituirá a la pesca. De manera que los habitantes de El Mhaijrat se dividen entre ambas actividades.

Viviendas en el polvoriento barrio de Madrid de esta ciudad, que es la segunda urbe del país y se encuentra a un paso de los territorios del Sáhara Occidental.Viviendas en el polvoriento barrio de Madrid de esta ciudad, que es la segunda urbe del país y se encuentra a un paso de los territorios del Sáhara Occidental. ALFREDO CÁLIZ

La tienda de Lamin es uno de estos comercios donde todo lo que se vende tiene el tamaño de la austeridad en la que vive la mayoría de la gente del país. Solo el agua se almacena en grandes bidones. El resto, el té, el café, el tabaco, el azúcar, el arroz, los huevos, se venden por unidades o minúsculas bolsitas de plástico adaptadas a una economía familiar en la que cada comida es un día ganado.

—¿Así que vienen de Nuadibú? —sonríe Lamin, que tiene ganas de hablar y ya está contando su vida. El día en que siendo un niño empezó la guerra y tuvieron que huir del barrio español de La Güera, en Nuadibú. Cómo, en medio del caos, la familia quedó dividida y él no se reencontró con sus padres hasta cinco años después en los campamentos de refugiados de Tinduf, en Argelia.

—A la abuela —recuerda— la mató un avión de combate. Nos atacaban los marroquíes, los mauritanos, los franceses. Los españoles nos abandonaron. ¿Habrá notado mi acento español?

—Y también canario.

—¡Claro! Ahora ustedes me ven aquí, en medio de este páramo. Otro día pueden encontrarme en Canarias, trabajando en la hostelería. La vida da muchas vueltas —dice Lamin, que regresa a Tinduf para recordar el día en que le subieron con otros 35 niños a un avión y viajó a Cuba, donde se quedó cinco años en la Isla de la Juventud.

Lamin habla del exilio, de familias repartidas por el mundo, de la lucha del Frente Polisario. Historias orales que, como las de tantas otras poblaciones olvidadas, necesitarían muchas Svetlanas Alexiévich para recogerlas antes de que se vayan olvidando a medida que se apagan aquellos que las vivieron.

—¿Veremos algún día la República Saharaui?

—Después de tanto sufrimiento, sería lo justo —dice Lamin con ojos soñadores.

Uno de los militares del acuartelamiento del pueblo entra para saludar y evita hablar sobre lo que es justo o no lo es. Lamin manda al chico que le ayuda en la tienda —“la tiendita”, dice con su dulce acento canario— a buscar unos sacos de arena de la duna. El chaval regresa con la arena, la extiende sobre la alfombra, le da forma de tablero. El militar abre la bolsa de tela que lleva consigo. Saca unas bolas negras, hechas con excrementos de camello. Unos palitos cortados de la rama de una acacia. Dibuja la cuadrícula de líneas diagonales. Distribuye las piezas. Lamin escoge los palitos. Se lo toman con calma. “Se juega como a las damas”. La partida puede durar hasta tres horas.

Dejamos atrás el parque nacional del Banc d’Arguin, la tierra de los imraguen, la única comunidad de origen moro bereber, que desde hace siglos se dedica a la pesca. Su técnica ancestral es un canto a la complicidad entre el hombre y la naturaleza: solían adentrarse en el mar formando un círculo caminando en zonas poco profundas y eran los delfines quienes les hacían entrar los bancos de peces hasta las redes desplegadas. Hoy esta práctica ha desaparecido y los imraguen pescan en barcas de origen canario, con vela latina. Bañarse en estas aguas, dormir en una jaima acunado por el canto del viento y las olas, despertarse con los cientos de miles de pájaros que revolotean manchando de blanco el cielo, el agua y la arena, comer un capitain o una langosta cocinada a fuego de leña…, ¿qué más se puede pedir?

Llegamos a Nuakchot al caer la tarde. La iluminación de las farolas que empiezan 30 kilómetros antes de la ciudad; los molinos eólicos junto a los rebaños de camellos, cabras y ovejas; la línea de arbolitos que tratan de sobrevivir dentro de unas cubetas de plástico que un camión riega uno a uno con una manguera son el anuncio más visible de la capacidad constructora del ser humano, su tozudez cuando se enfrenta a un proyecto inverosímil, como es la creación de una ciudad en medio de la nada.

Porque el día en que se proclamó la independencia, Nuakchot, la ciudad que estaba destinada a ser la capital, simplemente no existía. Era solo una duna en un desierto de fondo marino —conchas y arena— con una pequeña fortificación construida por los franceses en la que se alojaban 15 soldados al mando de un sargento. Hoy, 60 años después, Nuakchot es la ciudad más grande del Sahel.

¿Por qué se decidió construir la ciudad en un lugar inhóspito, venteado, sin agua, sin una sola casa y ninguna historia que contar? El primer presidente, Moktar Ould Daddah, quería que el Estado creado sobre un territorio colonizado por los franceses empezara de cero. Romper con el pasado. Construir una identidad nacional hasta entonces inexistente. Podía haber escogido como capital la ciudad de Port-Étienne, hoy Nuadibú, o la ciudad de Rosso, junto al río. Pero la primera quedaba demasiado al norte, y la segunda, demasiado al sur. En el norte domina el mundo árabe bereber; en el sur, el mundo negro africano. Construir la capital en un punto intermedio era una manera de conciliar la diversidad cultural del nuevo Estado donde todo estaba por hacer.

Abajo, una señal clavada en la arena, junto a la vía que recorre Mauritania de norte a sur, mientras se ve al fondo el puerto de Tanit.ver fotogalería Abajo, una señal clavada en la arena, junto a la vía que recorre Mauritania de norte a sur, mientras se ve al fondo el puerto de Tanit. ALFREDO CÁLIZ

El arquitecto Tidiane Diagana fue uno de los artífices de la nueva ciudad. Le visitamos en su casa. Recuerda su primer viaje con el presidente hasta la duna. Cómo las primeras casas fueron jaimas y fue bajo una de ellas donde se celebró el primer Consejo de Ministros. Cómo a la urbe se la llamaba la ciudad de los carteles porque eran cientos los carteles que se levantaban sobre la arena anunciando lo que se iba a construir: aquí la escuela, aquí la mezquita, aquí el Parlamento, aquí el hospital. El general De Gaulle, en su gira africana por los países que se independizaban de Francia, visitó la duna. De pronto cundió el pánico. No había una cama suficientemente grande para el general —un metro noventa y seis— y tuvieron que ir a buscarla a Saint Louis. De aquellos años, Tidiane Diagana recuerda sobre todo el entusiasmo. Ni siquiera había agua, explica, y había que llevarla en cubas desde Rosso hasta que los franceses perforaron —y pagaron— unos pozos en la región de Idini, y luego se hizo la conducción hasta el río Senegal que hoy abastece la ciudad.

Dejamos Nuakchot en dirección al sur. Viajamos ahora con el biólogo madrileño José Manuel Baldó, Mané. Una fuerte tormenta de arena nos acompaña. En Tiguent encontramos a Ivan y Goran. Uno es serbio. El otro croata. Viajan en bicicleta. Quieren hacer la ruta de los migrantes y por eso se desplazan desde el sur hacia el norte, con el viento de cara. En contradirección, dicen, porque así se llama su proyecto, Contra dirección, que es precisamente lo que hacen al unirse un croata y un serbio que quieren llamar la atención sobre el horror de la guerra y deciden emprender el camino de los que, como les pasó a ellos durante su infancia, viven hoy nuevas guerras.

En el cruce de Legweichich nos paramos a charlar con unos jóvenes topógrafos y topógrafas de los talleres escuela de la Organización Internacional del Trabajo. Están construyendo una carretera para facilitar el transporte de la pesca. Sus padres, explican, son agricultores y nómadas. Ellos quieren otra vida. Binta habla de las dificultades que tienen las mujeres en un mundo dominado por los hombres. Al principio de hacerse topógrafa no lo tenía muy claro. Ahora, dice, ama la topografía porque le permitirá ser independiente. Ya está proyectando una vida donde ella tomará sus propias decisiones.

—No quiero ser esposa en una familia polígama.

Navegamos por el delta del río en medio de una vegetación de manglares y todo tipo de pájaros. Si se gestionara bien, dice Mané, estos manglares serían un buen negocio para las poblaciones locales que podrían alquilarlos —tal como se prevé en los acuerdos de Kioto— como reservas naturales a las empresas contaminantes.

Una familia de pescadores avanza sin motor, aprovechando el viento con una vela hecha con recortes de una jaima que lleva bordada en la tela la palabra amor. Nos saludan con la mano. Al final del delta, en pleno parque natural, China ha empezado a construir un gran puerto. El secretismo sobre esta obra faraónica, que incluye un puerto militar, uno comercial y otro de pesca, es absoluto. Una barra de pan regalada a uno de los guardias nos permite acceder hasta la obra. Vemos un barco militar. Grandes edificios en construcción. Pequeñas casitas para los trabajadores. Un inmenso campo de energía fotovoltaica.

Mar adentro, justo delante del delta, se ha encontrado una inmensa bolsa de gas. El temor es ahora que esta riqueza natural que se repartirá con Senegal, tan necesaria para ambos países, no sea una maldición, fomente la corrupción y modifique el equilibrio del delta, sin respeto por el medio ambiente. Mauritania, con solo cuatro millones de habitantes, tiene hoy suficientes recursos —oro, hierro, pesca, gas— para ser una Noruega del sur. Todo dependerá del buen uso que se haga de estas riquezas.

N’Diago es la última ciudad mauritana antes de cruzar el río Senegal. Una ciudad wólof, de pescadores tradicionales. El mar ha subido tanto estos últimos meses que se ha llevado la primera línea de casas. No hay donde dormir, así que nos vamos hasta Kajara, un hermoso pueblito situado entre dunas blancas y palmeras. Amadou nos ofrece una casa. Necesitamos lavarnos. Un chaval va a buscar unos bidones de agua. ¿Se puede comer? Nos dirigimos hasta la casa del jefe del pueblo y este nos presenta a una mujer que nos vende un pollo. ¿Quién lo va a cocinar? Sin problema. Encontramos a la mujer que se ocupará de desplumarlo y meterlo en la cacerola. ¿Con cebollas les parece bien? Perfectamente. Cuando nos despertamos, allí está Amadou con la bandeja del té; en unos días volverá a la pesca, explica, es capitán y tiene su propia piragua. Quizás venga a visitarnos a España.

—Me gustaría mucho —dice al despedirse.

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