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Mascarilla reciclable ‘made in Spain’

Desde su nacimiento en 2013, la empresa valenciana Closca defiende una movilidad sostenible: un diseño que facilite el transporte en bicicleta, o caminando. Su fundador, Carlos Ferrando, 43 años, pertenece a una generación que “ha trabajado siempre lidiando con crisis y con ideales, como el de la movilidad limpia”. Su equipo y su empresa lograron reconocimiento internacional al presentar con su primer producto un diseño inesperado. Closca Helmet es un casco plegable que tardó muy poco en llegar a los escaparates más notables del mejor diseño: las tiendas del MoMA, el Victoria & Albert Museum, el Guggenheim de Nueva York y Bilbao o del Centro Pompidou de París. Luego, antes de que casi desaparecieran los botellines de plástico, la firma lanzó una botella reutilizable que mantienen el agua fresca o caliente junto a una app para ubicar las fuentes de las ciudades. Esa aplicación fue su mayor inversión. “Y la ofrecemos gratuitamente”, apunta Ferrando. El tercer producto de la empresa nació para tapar la cara: acababan de presentar su mascarilla urbana –para lidiar con la creciente contaminación de las metrópolis del mundo– cuando el coronavirus cambió el sentido del lanzamiento.

'Closca Mask' en tres colores y con cinco marcas coloreadas para diferenciarlas en una misma familia u oficina.‘Closca Mask’ en tres colores y con cinco marcas coloreadas para diferenciarlas en una misma familia u oficina. Closca

El equipo de diseño de la marca, capitaneado por Carles Soler y José Navarro, ideó una mascarilla reciclable (porque es lavable), adaptable (porque el velcro que la sujeta permite variedad de ajustes) y práctica (se vende con bolsa para plegarla y mantenerla limpia). Se trata de un diseño radical –está dibujado con un único gesto– vistoso y directo que tapa la boca para hablar. Ferrando la describe como una máscara-protesta: “Buscábamos hacer visible que el aire en cada vez más ciudades del mundo es irrespirable”. El empresario valenciano insiste por teléfono en que su máscara es “un diseño que no debería existir: una mascarilla en la calle simboliza un drama: la polución o el maldito virus”. Por eso más allá del pragmatismo del producto, él insiste en su capacidad para evidenciar y hacer visibles los problemas.

'Closca Helmet', plegado.‘Closca Helmet’, plegado. Diseño del estudio Cul de Sac.

Las máscaras por la calle son un grito callado que pide respuestas. Por un lado indican paciencia, cuidado, respeto hacia los demás. Por otro reclaman una gestión más humana de la vida en la calle. “Nuestros diseños buscan concienciar, facilitar el cambio que estamos pidiendo las personas y las ciudades”. El CEO de Closca asegura que su firma busca “evidenciar el drama de no poder verse la cara porque el aire es un conductor de desconfianza entre las personas”. Por eso sus máscaras son visibles, formalmente directas (monocromas con un subrayado de color que sirve para diferenciarlas entre los miembros de una misma familia).

'Closca Helmet', desplegado.‘Closca Helmet’, desplegado. Diseño del estudio Cul de Sac.

Fabricada en tejido técnico micro-perforado de poliestireno y poliuretano, su máscara es resistente a lavados a 60ºC, altamente transpirable, filtra el aire que se respira y evita contagios. Tiene un bolsillo interno –en el que se coloca un filtro desechable que, al estar protegido, dura muchas más horas que las mascarillas de papel–, explica Ferrando, y “consigue la misma protección que los filtros FFP2”. En espera de la homologación que ya han solicitado, Ferrando tiene la producción ralentizada por la llegada de los filtros.

Con todo, asegura que por lo menos mientras dure el coronavirus, ha decidido no ganar dinero con este producto. Por cada mascarilla que venden, a 20 euros, donan otras cinco, quirúrgicas, hasta llegar a repartir 100.000 entre el personal médico y sanitario. Los primeros en llevarlas han sido los enfermeros y los médicos del hospital de Alzira, la ciudad valenciana en la que la madre de Ferrando permaneció 40 días en la UCI. El empresario lo considera un deber: “Las empresas podemos y debemos apoyar el bienestar común”. E insiste: “Durante unos meses, no vernos las caras se ha convertido en un acto de compromiso, responsabilidad y solidaridad”.

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