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Mario Mola: “Ahora no voy a machacarme”

Mario Mola, corriendo sobre la cinta en su domicilio.Mario Mola, corriendo sobre la cinta en su domicilio.

Mario Mola (Palma de Mallorca, 30 años) gestiona la excepcionalidad del presente de la misma manera que compite. Pocos triatletas controlan los miedos y la ansiedad como él, acostumbrado a relativizar el éxito y a no enredarse cuando las cosas no vienen bien dadas.

“Mi familia y yo estamos bien, así que no tengo el más mínimo motivo para quejarme”, contesta al descolgar el teléfono en su residencia de Mallorca, desde donde afronta el radical giro de los acontecimientos junto a su pareja Carolina Routier, también triatleta profesional. “Esta situación supone un cambio muy grande, pero para todo el mundo, sin distinción. Estoy viviéndolo con incertidumbre y con esa sensación de querer que todo vuelva cuanto antes a la normalidad”, prosigue el balear, tricampeón del mundo (2016, 2017 y 2018) y que, como cualquier otro deportista, se adapta como puede a esta realidad desagradable.

Lo hace, sin embargo, con el doble hándicap de una disciplina tan esclava, que exige día a día si no segundo a segundo, y compleja por el formato tres en uno: la distancia olímpica supone 1,5 kilometros de natación, 40 en bicicleta y 10 de carrera. “Nuestro trabajo es de exterior y las rutinas son completamente diferentes, así que lo manejamos como podemos. En mi caso tiro del rodillo y de una cinta para correr que me he agenciado hace semana y media, y también hago gimnasio”, cuenta Mola, al que le costó más de lo habitual conseguir esa cinta –“para cuando nos dimos cuenta y la encargamos, llegamos tarde y los de los envíos estaban completamente desbordados…”– y que ha conseguido compensar el déficit en la carrera y la bici, pero a duras penas el de la natación.

“Hago gimnasio, ejercicios de suelo y también utilizamos thera-bands –unas tiras elásticas para tonificar la musculatura y reforzar la flexibilidad– para simular la brazada. El objetivo es intentar no perder toda la fuerza, porque al final, el tren inferior sigues trabajándolo bien, pero en el superior hay un déficit porque no puedes hacer el trabajo de piscina y palas”, dice el mallorquín, al que estos días el cuerpo le pide comer menos y que se toma con filosofía el parón.

La frescura mental

“Al principio tienes la inquietud de que no puedes hacer todo aquello que deberías para estar en forma, pero desde el momento en el que el calendario queda en stand by, no tiene demasiado sentido querer estar a tope porque aún faltan meses para las carreras”, dice; “eso te sirve para tranquilizarte. En los diez últimos años, nunca he dejado de hacer un entrenamiento tan marcado durante tanto tiempo, así que es cuestión de adaptarse y utilizar el sentido común”.

Nada, pues, de ansiedades ni nervios de más. “Nunca me he machacado por no poder hacer todo aquello que pretendo”, subraya. “No voy a tomar este periodo para machacarme, para hacer cada sesión de rodillo como si me fuera la vida en ello… No, porque no sería inteligente”, incide antes de ponerse a pedalear junto a un ventilador y amenizar la sesión gracias a una plataforma virtual que simula un escenario de carrera; “lo importante es hacer un mantenimiento y no perder las ganas para que al salir ahí fuera tengamos todavía frescas las piernas y la mente, porque entonces sí tocará exprimirse a fondo”.

Graduado en ADE (Administración y Dirección de Empresas), aprovecha el tiempo extra de estos días para seguir formándose y ver alguna serie, con “mayor lucidez mental” que en circunstancias habituales, cuando completa tres o cuatro sesiones diarias de entrenamiento. Y él, como la gran mayoría de los deportistas españoles, agradece el aplazamiento de los Juegos al verano de 2021. “En el resto de los países europeos, los compañeros que tengo siguen teniendo la posibilidad de salir fuera para seguir entrenándose; no discuto que esa medida sea buena o mala, sino que es un hecho, y eso nos ponía contra las cuerdas…”, razona.

De Londres a Río, una lección doble

De Londres (19º) y Río (8º), Mola extrajo dos valiosas lecciones –“no pude pelear por las medallas, y de eso solo se saca más hambre”– y ahora, con un curso más de margen, mira a Tokio con buenos ojos. “Por trayectoria y edad, es probable que sean los Juegos a los que mejor pueda llegar, aunque eso quiere no decir que con 35 no pueda rendir luego mejor que con 31, pero obviamente ahora me encuentro muy bien”, cuenta antes de recordar cómo le cogió la ola coronavírica, justo después de haber regresado al cross, en Zaragoza, tras diez años de ausencia en la modalidad.

El siguiente destino eran los Emiratos y, aunque tenía el billete en la mano, no llegó a viajar porque se suspendió aquella Serie Mundial, e hizo después un viaje exprés a Clermont (EE UU), donde iba abordar el siguiente bloque de entrenamientos para preparar la prueba en Bermuda, programada para este mes.

“Fue bastante estresante, porque primero fui a Londres y de ahí a Miami, y luego tuve que conducir cuatro horas… para tener que volverme al tercer día, así que al regresar a casa me permití unos días de descanso. ¡Estaba fundido!”, reconstruye antes de zanjar con el optimismo irreductible del triatleta: “Esto está siendo muy duro, pero darle la vuelta será solo una cuestión de tiempo, como ya se ha conseguido otras veces. En el deporte o en la vida, no sirve de nada lamentarse”.

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