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Marinero, aquel juglar del cine y de la vida

Humphrey Bogart y Gloria Grahame en un fotograma de 'En un lugar solitario'.Humphrey Bogart y Gloria Grahame en un fotograma de ‘En un lugar solitario’.

Supongo que es problemático sentir el aliento del otro en la nuca día tras día y noche tras noche cuando la relación estaba deteriorada antes de la llegada de la peste. Pero si la historia funciona debe de ser un alivio y un gozoso acto de amor esa convivencia forzada continua, sin límite de tiempo. Sin embargo, estar las 24 horas con la única compañía de uno mismo, aunque los habituales y desastrosos estados de ánimo anteriores tendieran al enclaustramiento, hace que el tiempo se dilate hasta límites intolerables. Ya sé que los locos pueden hablar interminablemente y en voz alta consigo mismos o con sus fantasmas, pero en mi caso no consigo articular ni una palabra en voz alta, no domino el consolador arte de charlar al vacío, de establecer conversaciones con la inmutable pared. Tampoco dispongo de Internet, que según cuentan es un maravilloso invento para comunicarse con los demás, entretenerse y fascinarse, pero no logro arrepentirme de mi tozudez absurda de ser un habitante del Paleolítico.

¿Y qué hago durante lo que puede ser una extenuante reclusión? Pues me dedico a lo que más ha llenado mi accidentada existencia, junto a la atracción que me ha provocado el otro sexo, las risas con los amigos, los libros y la música. O sea, veo el cine que me dona éxtasis y emoción, una compañía que jamás se ha permitido conmigo la traición ni el abandono. Y lo raciono, por supuesto, ya que el abuso de esta droga impresionante no deja resaca, pero corres el peligro de que te machaque la vista.

Y también pueden aparecer sorpresas muy gratas. Hace unas horas me ha llegado un libro titulado Llamará el Acordeonista. Es una recopilación exhaustiva, épica y enamorada por parte del editor Sergio Casado de las presuntas críticas de cine (eran otra cosa, eran poesía, sentimiento, reflexión, narrativa, puro arte), los relatos y los poemas que escribió un amigo mío llamado Manolo Marinero. Nos conocimos cuando yo tenía 20 años y él 30. En un amanecer ferozmente etílico, como casi siempre que nos veíamos, en el drugstore de la calle Velázquez, al regresar del lavabo, Manolo se había largado sin despedirse y me había dejado escrito lo siguiente en una servilleta de papel: “Un hombre joven, destinado a una muerte precoz, atroz, sin testigos, en el peor sentido violenta, merece encontrarse con alguien que estuvo destinado a una muerte precoz, atroz, sin testigos, en el peor sentido violenta, pero al que ya le ha salido una arruga”. Todavía me dura el escalofrío. He llegado milagrosamente a llenarme de arrugas, a seguir sobreviviendo (y en algunas épocas, viviendo) con una malísima salud física y espiritual que paradójicamente debe de estar compuesta de hierro. Manolo decidió largarse hace 16 años. Era un hombre mucho más que inteligente. También generoso, lírico, vitalista, autodestructivo, imprevisible, insoportable, soñador, ciclotímico, obsesivo, bebedor, imaginativo, hipersensible, humorista, trágico, inolvidable, ansioso de amor.

Cuando Marinero escribía de películas, decía cosas como estas: “El anverso del tema es el resquicio de la aventura, la rendija de la aventura, la aventura menoscabada de nuestro siglo y civilización: el viaje. El reverso del tema es la soledad de quienes, por sensibilidad o incompetencia cívica, deben alistarse forzosamente a corredores de fondo. La soledad aparece aquí con sus dos semblantes. El de compañía llevadera, discreta y tolerante, y el del asaltante nocturno intolerable. ¿Qué sitio y circunstancia fijos son habitables para una razonable apetencia de una porción de felicidad compartible? Busca tu refugio es el mejor consejo que jamás me han dado, pero a lo largo del curso del tiempo voy convenciéndome de que el mejor refugio y la intemperie son la misma cosa”.

Y en Humphrey Bogart, el libro más fascinante y conmovedor que he leído nunca sobre el cine, o sobre la puta y maravillosa vida, Manolo Marinero se inventó estos conceptos sobre la frontera: “Estar en la frontera significa estar en el límite. Ser de la frontera significa vivir en el límite, o ser de una manera que con frecuencia se está en el límite. Ser un frontera significa ser de un modo que le hace a uno asumir el vivir en el límite. Voluntariamente, o instintivamente, o irremediablemente. Por convicción y elección, o por necesidad desesperada. Los fronterizos van hasta el final de sus posibilidades. Generalmente, los fronteras son consideradas personas que van al ataque, cuando en realidad lo que hacen es una defensa a ultranza de derechos, principios personales, de su vida tal como la han encontrado por desdicha o tal como la han construido con esfuerzo. O de sus ilusiones”.

Otro día les hablaré de las películas que más amaba Manolo Marinero. O de las que me siguen otorgando vida a mí en esta época de zozobra, incertidumbre y confinamiento. Estar en su compañía e hace olvidar la cárcel.

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