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Marcha lenta hacia una “nueva normalidad”

Un hombre camina por una avenida desierta de Córdoba.Un hombre camina por una avenida desierta de Córdoba.Salas / EFE

Cuando el presidente Pedro Sánchez anunció el sábado que los niños podrán comenzar a salir a la calle, habló de una “marcha lenta hacia la nueva normalidad”. Damos por hecho que nada volverá a ser como antes pero nadie sabe ni se atreve a vaticinar en qué consistirá esa “nueva normalidad”. Ni cuándo se alcanzará. Salir del confinamiento no va a ser tan rápido ni tan fácil como entrar. Exige volver a la estrategia previa, la de la contención, basada en un control estricto de casos y contactos. Pero ahora sabemos que aquella primera fase, en la que aún se tenía la esperanza de poder evitar la pandemia, fracasó por algo que ha resultado ser crucial: aunque menos letal, este virus ha resultado ser mucho más perverso que el SARS de 2003 porque se contagia en fase asintomática.

El epidemiólogo Daniel Prieto-Alhambra, del Centro de Estadística de la Medicina de la Universidad de Oxford, estima que el SARS-CoV-2 se propagaba ya en España a finales de enero, varias semanas antes de notificarse el primer caso no importado. Las primeras muertes fueron atribuidas a la gripe común.

La transmisión en fase asintomática complica la salida del confinamiento. El virus seguirá ahí, raudo y silencioso, por mucho tiempo. Un estudio de la Escuela de Salud Pública Y. H. Chan de Harvard publicado el martes en Science vaticina que las medidas de distanciamiento social deberán prolongarse al menos hasta 2022 a no ser que se disponga antes de una vacuna o un tratamiento efectivo, algo poco probable. Como ha advertido Bill Gates, aunque hay más de 50 equipos trabajando contra reloj, es difícil que pueda haber vacuna antes de 18 meses.

El confinamiento no se podrá relajar hasta que estemos seguros de poder hacer un seguimiento efectivo de los nuevos contagios y sus posibles contactos. De lo contrario, el rebrote está asegurado. Y este es un escenario que hay que evitar porque el impacto sobre el sistema sanitario sería catastrófico. El sistema público de salud ha resistido, pero está exhausto y en las próximas semanas deberá afrontar una larga fase de sobrecarga por los casos que todavía se irán produciendo de covid-19 y por la previsible avalancha de patologías convencionales que se han dejado de atender en el último mes y que llegarán ahora de golpe, algunas de ellas agravadas. Los cardiólogos ya han advertido de que están viendo infartos con graves secuelas por falta de atención. A todo ello hay que añadir y no es un elemento menor, el riesgo de un burn-out masivo entre el personal sanitario si la presión asistencial se prolonga en sucesivas e inciertas oleadas. A nadie se le escapa que caminar hacia la “nueva normalidad” entraña un alto riesgo.

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