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Manicuras de estraperlo en tiempos de pandemia

Hay permanentes que delatan, y la que luce Munia es una de ellas. Con el reverso de la mano derecha golpea el cierre metálico para no dañar el esmalte rojo aún fresco sobre las uñas. “Yala, yala” (Voy, voy, en árabe), responde una voz masculina al otro lado. El metal chirría y una mano abre una rendija por la que sale Munia. Hace más de un mes que el Gobierno libanés ordenó el cierre de peluquerías y barberías, al igual que restaurantes o colegios, para frenar la propagación de la covid-19. El pasado domingo advirtió de que el confinamiento se alargará como mínimo hasta el 10 de mayo.

La desesperación se ha apoderado de un puñado de vecinas de Sodeco, céntrico barrio de Beirut y capital de un país donde el culto al cuerpo es deporte nacional. No en vano sus mujeres son consideradas las más presumidas de la región. La presión de las empleadas ha acabado por convencer a la dueña para reabrir el salón de belleza. “Llevamos un mes sin cobrar y necesitamos el dinero”, argumenta una de las cuatro trabajadoras que pululan por el salón. Sin que se hayan disparado los casos de muertos y contagiados, con 677 infectados y 21 fallecidos, los libaneses empiezan a relajarse en el respeto de las medidas de prevención y empujados por la acuciante crisis económica.

“No podía pasar un día más encerrada, demacrada y con el pelo aplastado”, farfulla Munia al tiempo que sonríe aprobatoriamente al mirarse al espejo. A pesar de haber traspasado la sesentena, a esta mujer no parece importarle el riesgo de contagio del virus. Antes corona que sencilla parece ser la máxima en un país convertido en la meca de la cirugía estética.

Ama de casa y madre de cuatro hijos, a Munia el confinamiento le ha devuelto a la ansiedad que sufrió durante los 15 años de guerra civil, aún reciente transcurridas tres décadas desde que terminara. “No dejaba a mis hijos salir a la calle por miedo a los tiroteos y los adultos apenas lo hacíamos una vez al día para comprar lo que pudiéramos encontrar de comida”. “Ni siquiera entonces cerraron los bares o las peluquerías”, interviene una de las empleadas del salón. Ajena a la ilegalidad de la situación, Munia deja caer con fuerza el cierre tras de sí sobresaltando a las presentes con el estruendo.

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“Si la policía nos pilla, es una multa de 10 millones de libras (6.100 euros)”, dice haciendo un chasquido con la lengua Dala, nombre ficticio de la dueña de la peluquería. “Pero solo dejamos entrar a dos clientas al mismo tiempo para evitar el contacto”, defiende.

Tres de las cuatro jóvenes que allí trabajan provienen de los empobrecidos suburbios de la capital libanesa. La cuarta es filipina y cuenta que ha decidido volver a pintar uñas a pesar del pavor que le tiene al virus porque necesita enviar cada mes 200 dólares a su madre, quien ha quedado en su país natal a cargo de su hija de dos años de edad.

Pero la libra libanesa atraviesa sus momentos más bajos y esta mujer tiene que comprar dólares en las casas de cambio por 3.100 libras libanesas (LBP, por sus siglas en inglés) cada billete verde, el doble de la paridad fijada por el Banco Central de Líbano. El Banco Mundial ha advertido de que la mitad de los 4,5 millones de libaneses van a caer bajo el umbral de la pobreza.

Más de 220.000 personas han perdido sus puestos de trabajo desde que el pasado 17 de octubre estallara una ola de manifestaciones en todo el país exigiendo la caída en bloque de la clase políticoeconómica. La mayoría de los desempleados pertenecen al sector de la hostelería que, según Maya Bakhazy, secretaria general del sindicato de Propietarios de Restaurantes, Bares y Clubs “daba de comer a más de 150.000 familias”. La pandemia ha sorprendido al Líbano en la peor crisis económica de su historia, agravada por el descontento social.

A la espera de una nueva clienta, las mujeres matan el tiempo conversando sobre la subida de los precios y aquellos productos de importación que han desaparecido de las estanterías. “Ya no quedan ni píldoras anticonceptivas en las farmacias”, suelta una de ellas desatando las carcajadas del resto. “No pueden pedir que nos quedemos en nuestras casas si no nos dan ayudas”, prosigue Nur, la más joven, de 21 años. El Gobierno ha anunciado esta semana unas ayudas de 400.000 LBP (245 euros) para las familias más necesitadas, pero no ha dado a conocer los criterios de selección o el número de beneficiarios. “En algunas listas hechas públicas han aparecido nombres de personas que llevan muertas dos décadas”, agrega jocosa.

Ha sido precisamente la corruptela crónica de los políticos la que ha desatado la indignación popular, y es el drástico deterioro económico el que promete ganarle el pulso al virus en las calles con nuevas manifestaciones convocadas para esta semana. Conscientes del riesgo sanitario, instan en las redes sociales a formar un convoy de coches y saturar las vías centrales del país.

Al igual que sus compañeras libanesas, el sueldo que Nur lleva a casa ha dejado de ser un ingreso complementario al de los varones del hogar que han perdido progresivamente sus empleos. Ahora se trata de una entrada vital para el subsistir de la familia. Suma nueve personas entre hermanos, padres y ancianos en casa. Al aproximarse el toque de queda, que comienza a las ocho de la tarde, las jóvenes se cubren el cabello con sus velos y, tras cerciorarse de que no hay ninguna patrulla de policía a la vista, salen disparadas por debajo del cierre para perderse entre las callejas.

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