Internacional

Macron II, el presidente protector

Emmanuel Macron, el pasado viernes en una escuela de Condom, en el suroeste de Francia.
Emmanuel Macron, el pasado viernes en una escuela de Condom, en el suroeste de Francia.GEORGES GOBET / AP

Era el presidente liberal, el que iba a abrir definitivamente Francia a la globalización, el que debía romper con las inercias de uno de los países occidentales en los que el Estado es más intervencionista, el que barrería a la clase política responsable de estas inercias, y el que transformaría un modelo social que para muchos es un tesoro digno de preservar intacto y para otros un freno. Emmanuel Macron llegó hace tres años y medio al palacio del Elíseo con un mensaje rupturista.

Los años en el poder y, sobre todo, la covid-19 —la crisis sanitaria y la económica, unida a la sensación de inseguridad de muchos ciudadanos— lo han cambiado todo. En la última etapa de su mandato, que acaba en 2022, Macron adopta elementos de la retórica populista. Habla de soberanía y de protección. Incluso ha hecho suyo el lema de los partidarios de la salida del Reino Unido de la Unión Europa hicieron campaña a 2016 a favor del Brexit: take back control. Es decir, recuperar el control o las riendas del país.

“Algo ocurre en nuestras sociedades, y es una sensación de pérdida de control mientras que, en paralelo, perdemos el control del sentido. Y pienso en nuestros conciudadanos que quieren que se les ayude a reencontrar el control”, dijo el presidente francés a finales de agosto, en un encuentro con periodistas en un restaurante de París. “Es lo que vivimos durante la pandemia: la vulnerabilidad ante un virus, pero también el sentimiento de vulnerabilidad al que conduce esta mundialización”, añadió. “Así que, para mí, el hilo rojo de la acción que pido al Gobierno es cómo recobrar juntos el dominio de nuestro destino individual y colectivo”.

No es que Macron se haya convertido en un brexiter a la francesa, ni que haya abrazado las ideas de sus adversarios en la extrema izquierda y la extrema derecha. El presidente francés sigue colocando Europa en el centro de sus prioridades: el acuerdo de este verano para el plan de recuperación en la UE es un avance que habría parecido irrealizable cuando, hace unos años, presentó sus propuestas para una mayor integración. Tampoco ha aparcado todas las reformas que puso en marcha en los primeros años del mandato.

Pero palabras e ideas que raramente se escuchaban en su boca —y que en Francia defendían los populistas de ambos bandos— se han vuelto habituales. Tabúes para el macronismo de primera hora como los cierres de fronteras o el endeudamiento masivo han saltado por los aires.

“En 2017 el macronismo era un discurso de adaptación a la mundialización”, explica Luc Rouban, politólogo en Sciences Po y autor de Le paradoxe du macronisme. “Era una forma de pragmatismo que consistía en superar la división entre derecha e izquierda, en explicar que el mundo evoluciona y que Francia debe evolucionar, y en decir que todos los viejos aparatos políticos eran incapaces de ofrecer soluciones concretas y que impiden reformar”. La pandemia marca un corte después de décadas en las que las fuerzas ciegas del mercado o de instancias supranacionales parecían regir los destinos de la humanidad. “La mirada hacia el mundo evoluciona, con el retorno de los Estados y las fronteras, y la idea de que las democracias representativas solo funcionan si los Gobiernos disponen aún de una capacidad de acción”, argumenta Rouban.

El sondeo anual de Ipsos/Sopra Steria sobre las “fracturas francesas”, publicado la semana pasada, refleja una triple demanda de protección. Primero, ante el mundo: un 60% cree que la mundialización es “una amenaza para Francia”, 12 puntos más que en 2017, cuando Macron ganó las elecciones. Segundo, protección ante el vendaval económico: un 55% es partidario de reforzar el papel del Estado antes que aumentar el margen de maniobra de las empresas. Y tercero, protección ante el crimen, con la chocante cifra de un 55% de franceses partidarios de restablecer la pena de muerte.

Los episodios de violencia —como los choques armados por un ajuste de cuentas en Dijon o la muerte de un conductor de autobús en Bayona tras la agresión de un pasajero— ocuparon parte de la agenda informativa del verano. Y abrieron el debate sobre lo que el nuevo ministro del Interior, Gérald Darmanin, califica de “asilvestramiento”: ensauvagement, en francés, un término que usaba la extrema derecha y con connotaciones coloniales.

Con la crisis sanitaria en marcha y los primeros estragos de la crisis económica, el tema de discusión política en Francia en este inicio de curso ha sido una supuesta explosión de la inseguridad. Más allá de la discutible realidad estadística (pese al repunte reciente de algunos indicadores, a largo plazo la violencia declina), lo que preocupa a Macron es la percepción de los franceses. Con la mirada en 2022, no quiere ceder ni un milímetro a sus oponentes políticos. Ni en la izquierda: además de hablar de proteccionismo y protección social, agita la bandera del ecologismo. Ni en la derecha: el discurso de la ley y el orden, y el de la autoridad, figura hoy en el centro de su programa.

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