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Lugares comunes

Usted se aburriría si cada uno de los días de su vida, al asomarse a la ventana, descubriera esta hermosa vista de tejados y torres lisboetas, con el Tajo navegable y navegado al fondo? Disponer de una ventana que dé al barrio de Alfama es como tener colgada la pintura de un clásico en el salón. Solo que los salones de los ricos suelen ser espaciosos y cómodos y amueblados con toda clase de lujos y detalles. No es el caso, nos tememos, cuando, al apartar la vista del centro de la foto, deducimos la miseria de las habitaciones de la penuria del marco de madera. La pintura es una llaga que deja en carne viva el bastidor cuyos cristales se advierten finos, finos, o delgados, si usted así lo prefiere, como el papel de fumar.

El lujo paisajístico de afuera no se corresponde, en fin, con la menesterosidad del interior de la vivienda. ¿Pero quién se fija en eso, en la pobreza que se halla en la periferia de la imagen? ¿Por qué esa manía de buscar lo latente en vez de conformarte con lo manifiesto? Bueno, es un tic de escritor. No pretendía amargar a nadie la mañana, menos todavía al turista inocente que hay en cada uno de nosotros. Yo mismo he recorrido con asombro ese barrio, de eso hace siglos, creo, sin la mala conciencia con la que hoy, al imaginar el cuarto de baño y la cocina de esta infravivienda, me asomo a lo típico, no tanto a lo típico de esa ciudad hermosa como a lo típico de mí. Y al recorrerme advierto que estoy lleno de lugares comunes y de horizontes pintorescos dignos de una fotografía cuyos bordes, sin embargo, estarían deteriorados por la humedad.

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