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Lucio Blázquez, el tabernero que burló al coronavirus

Ni idea de lo que es el humus y la quinoa. Demasiado moderno. Pero sí lo que conlleva servir una buena ración de huevos rotos con patatas: estómagos siempre llenos y muy agradecidos que han convertido al restaurante Casa Lucio en uno de los más populares de Madrid. Cuando el arquitecto británico Norman Foster los probó, expresó: “Es la sencillez llevada a la perfección.” Su dueño, Lucio Blázquez, es la icónica imagen de este local con más de 40 años. Y los que le quedan, pues puede presumir de ser un octogenario que ha vencido al coronavirus. A finales de marzo fue ingresado en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, en la capital, aquejado de una neumonía provocada por la Covid-19. Desde entonces no se supo más sobre su estado de salud hasta este viernes que se ha conocido que ha regresado a casa.

No es la primera vez que el tabernero —como le gusta que se refirieran a él— burla a la muerte. En 2008 sufrió un infarto y tuvo que ser atendido en el hospital de San Juan, en Alicante. Pero aquella vez también salió victorioso. Es en esta ciudad valenciana donde suele veranear. De hecho, su última entrevista con EL PAÍS se realizó allí el pasado julio. En ella hizo gala de lo excelente mesonero y relaciones públicas que es: “Al mundo entero le doy las gracias porque todos han estado en mi casa. Y lo han pasado muy bien y yo lo he pasado muy bien”.

El establecimiento del número 35 de la madrileña calle de la Cava Baja, por el que han pasado multitud de famosos, es su verdadero hogar. “En 70 años que llevo en esto habré comido en mi casa unas cuatro o cinco veces, y porque estaría malo”, a lo que añadía: “Pero tengo la suerte de que el bar es también mi casa, así que lo tengo todo”. En dicha casa se han sentado a la mesa políticos, miembros de la realeza, premios Nobel, actores, cantantes y futbolistas del panorama nacional e internacional. Una de sus favoritas es la actriz Jane Fonda, de la que admira su elegancia.

Muchos de esos comensales de gran renombre se han convertido con el tiempo en amigos. Cuando Severo Ochoa se encontraba en su lecho de muerte, Lucio Bázquez llevó un cochinillo al hospital donde ingresó el científico. Por otro lado, el fallecimiento del torero José María Manzanares en 2014 entristeció al restaurador: “Cuando me dijeron que había muerto Manzanares se me cayeron las lágrimas. […] Éramos como hermanos. Lo siento en el alma porque era un torerazo. ¡Y el más ligón del mundo!”.

Ya con 87 años ha visto a muchos marchar: “Esa es la gran desgracia de cumplir años, que se van yendo los amigos”. También su compañera de vida. María del Carmen García falleció el pasado mes de febrero. Llevaban casi seis décadas casados y tuvieron tres hijos: María del Carmen, Fernando y Javier, todos ellos licenciados en Derecho y trabajando en la hostelería con una apuesta por la calidad y lo tradicional, como su padre. García fue despedida en la Basílica de San Francisco el Grande de Madrid, en un funeral en el que el tabernero hizo hincapié en el importante papel que tuvo su esposa a lo largo de su vida: “Si yo no hubiera conocido a mi mujer, yo no hubiera sido Lucio”. Y a pesar del dolor en esos momentos sacó a relucir su faceta más campechana y amable: “Era la tía más guapa del mundo y la más trabajadora, la que ha hecho que yo tenga tres hijos maravillosos, guapos, con carrera y yo sea un hombre de los más famosos que ha dado este país”.

De ella se despidieron familiares y amigos. Y, cómo no, acudieron algunos rostros conocidos: Beatriz de Orleans, Ortega Cano, Carmen Lomana y Enrique Cerezo, entre otros. También Esperanza Aguirre y José Luis Corcuera, una del Partido Popular y el otro socialista, porque Lucio Blázquez no entiende de ideologías: “Yo he jugado a todas las bandas y a todos los partidos. Soy atlético y tengo las mejores entradas en palco en el Madrid. A mi casa han venido a comer juntos los presidentes González, Aznar, Zapatero y Rajoy con el Rey. ¿Quién tiene esa foto? Nadie”.

Don Juan Carlos ha frecuentado este lugar en incontables ocasiones desde que era Príncipe de España, atraído por la comida y los chistes del tabernero, que acostumbra a pasearse por las mesas o incluso sentarse a charlar con los comensales: “Hay propietarios que ni conocen a sus clientes. Pero la hostelería es familiaridad”. Del rey emérito dice que es el mejor relaciones públicas de España, y él, el segundo: “Yo he hecho mucho por España. En mi casa se ha hablado de todo y se han solucionado muchas cosas”. Los trabajadores del restaurante han sido testigos de momentos históricos e irrepetibles, como la reunión del monarca con los entonces cuatro presidentes de la democracia o el cese del general Sabino Fernández Campo como jefe de la Casa del Rey. Don Juan Carlos aprovechó un almuerzo distendido con el militar y la reina Sofía en Casa Lucio para revelar: “Sofi, ¿sabes que Sabino nos deja?”. Ni despacho, ni llamada por teléfono, ni carta de despido. Así es como el general conoció que el Rey daba por finalizada la relación con su hombre de mayor confianza, aquel que supuso una figura clave para el monarca durante el intento de golpe de Estado del 23-F.

“He conocido a los mejores, les he tratado, he visto y oído sus alegrías y penas. Si contara todo lo que he vivido, sería para pegarse un tiro. A veces ni yo me lo creo”, explicó Lucio Blázquez a este diario sobre el restaurante donde ha presenciado negociaciones, romances que acabaron en boda e incluso rupturas. Casa Lucio abrió sus puertas el 4 de noviembre de 1974 en el Madrid de los Austrias, en una época en la que al régimen franquista le quedaba poco fuelle. El tabernero desarrolló entonces la habilidad para distribuir de forma estratégica a sus clientes, que podían pertenecer a la derecha más recalcitrante o ser políticos recién salidos de la clandestinidad.

El local albergaba anteriormente el mesón del Segoviano, donde comenzó a trabajar a la temprana edad de 12 años, recién llegado de su pueblo, Serranillos, en Ávila. Limpiaba, ayudaba en la cocina y servía mesas. Trabajaba 17 horas diarias y cada 15 días libraba dos horas. Pero sin remilgos. Realmente le gustaba lo que hacía. “Me decía mi jefa [Doña Petra]: ‘Vete a que te de un poquito el sol a Las Vistillas, aquí al lado’. Pero yo disfrutaba mucho trabajando y, durante 14 años, dormí en una buhardilla donde me despertaba y me pegaba con la cabeza en el techo. Era majete y la gente me empezó a querer mucho. Por eso me iba bien. Pero nunca imaginé que esto sería mío”, relató a EL PAÍS hace más de cinco años.

Casa Lucio fue convirtiéndose poco a poco en un célebre restaurante, lugar de reunión para madrileños, turistas y, sobre todo, celebridades. “Esto es como de cine, de Hollywood. Porque aquí viene todo el mundo. Los famosos y la gente sencilla. Yo creo que lo hacen porque quieren distraerse, y en mi casa sobre todo damos simpatía. […] Todos vienen a comer, pero, además, unos vienen a verse entre ellos y a que les vean, y otros a verles. Y la gente se lo pasa fenómeno”. Toda esa gente pide mesa en el restaurante principalmente por los huevos rotos: “Yo he levantado el huevo en España. Pedir un huevo en un restaurante era de pobres”. Su particular receta era de su abuela, “que guisaba como Dios“. La mujer solía ir a dar de comer a los hombres que segaban el prado, pero los huevos fritos se estropeaban por el camino. Así que al llegar a su destino los revolvía y les añadía un puñado de patatas. “¡Y aquello sabía a gloria!”.

Nunca ha recibido una estrella Michelin. Y eso que se las han ofrecido. “Las estrellas las tenía sentadas en la mesa, cerraba el restaurante y me las llevaba a Chicote, y él me daba un coscorrón y me llamaba triunfador”. Lucio Blázquez ha vivido mucho y se ha codeado con grandes celebridades, pero sobre todo ha deleitado los paladares de millones de comensales. Ahora viene al caso recordar sus palabras durante una entrevista a EL PAÍS en 1990:

— ¿Pondrá un restaurante en el cielo?

— ¡Me gustaría!

Tras superar el coronavirus, el cielo puede esperar.

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