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Los tristes y solitarios últimos días de Bob Marley

Las estrellas del cine y la música cuanto mayor sea su fama más necesitan de un fiel escudero que se encargue de lo mundano. En los años ochenta, Howard Bloom era uno de esos hombres a la sombra que fueron cobrando más y más poder y que, ahora, ha aprovechado ese cúmulo de conocimientos para escribir un libro sobre algunos de los cantantes y actores cuya carrera gestionó desde su papel de todopoderoso agente.

En la obra Einstein, Michael Jackson & Me: A Search for Soul in the Power Pits of Rock and Roll (Einstein, Michael Jackson y yo: una búsqueda del alma en los agujeros del rock and roll), Bloom indaga en las carreras de algunos de los artistas que manejó. Ahora, el diario estadounidense New York Post ha publicado un adelanto del libro, que revela curiosidades de, entre otros, Michael Jackson, Billy Idol, Bette Midler, el grupo Kiss o Bob Marley. Precisamente sobre el mayor artista de reggae que ha dado la canción desvela cómo fueron sus últimos días, que estuvieron muy lejos de la multitudinaria fama que el jamaicano cosechó en vida.

Bloom no trabajó demasiado tiempo con el músico, empezaron a colaborar a mediados de 1980, cuando la carrera del músico estaba en pleno apogeo y triunfaba en EE UU. Pero, a finales de ese año, el agente recibió una llamada inesperada y muy dolorosa. “Me dijeron que Bob Marley se estaba muriendo de cáncer en una clínica de Suiza y que nadie podía enterarse porque los paparazis le estaban persiguiendo”, relata.

Según cuenta Bloom, Bob Marley se obsesionó hasta el extremo con esa persecución mediática; igual que otras estrellas monitorizan al milímetro las ventas de discos, explica el agente, él lo hizo con los medios. “Cada mañana, Bob bajaba de su habitación, miraba los periódicos de todo el mundo y los comprobaba para ver si alguien había escrito acerca de su enfermedad. Si no lo habían hecho, se pasaba el día fuera, jugando al fútbol. Si había una mención a su cáncer, Bob se quedaba en su habitación, sentado en la oscuridad”. El jamaicano era toda una estrella mundial, que había realizado giras por todo el mundo, y en su país, donde comenzó su carrera en 1962 con su disco One Cup Of Coffee, era un ídolo nacional. Robert Nesta Marley Booker, que así se llamaba, provenía de un entorno humilde, de una aldea al norte de Jamaica, y después su familia se asentó en uno de los barrios más pobres de la capital, Kingston. Allí, cuando ya era famoso, en 1976, fue tiroteado, sin sufrir grandes daños. Marley tuvo 11 hijos, cuatro de ellos con Rita Marley, su esposa.

Bloom tenía claro lo que tenía que hacer en ese tiempo con su cliente, ya convertido en amigo: “Mi misión era que Bob pasara cada día de un modo que le mereciera la pena vivir”. Así que lo que hacía, a menudo, era alimentar a los medios con historias sobre el artista, pero siempre ocultando dónde estaba y su mal estado de salud.

El agente pasó ocho meses “de subterfugios y ríos de tinta”, pero cuenta con tristeza. “Recibí la llamada de una mujer que me dijo que Bob ya no me necesitaría más. Fue una de las peores experiencias de mi vida”, rememora. “Significaba que Bob había renunciado a vivir. Esa luz, ese piloto interior, se apagó. Murió dos semanas después”. Finalmente, Marley murió el 11 de mayo de 1981 en una clínica de Miami, Florida, al sur de Estados Unidos. Había sido trasladado allí apenas cuatro días antes desde Suiza. El jamaicano, al que llegaron a llamar “el Bob Dylan negro”, tenía solo 35 años.

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