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Los niños en Marruecos, los grandes olvidados del confinamiento

Una niña juega delante de su casa durante el confinamiento en Rabat.Una niña juega delante de su casa durante el confinamiento en Rabat.Mosa’ab Elshamy / AP

Marruecos está a punto de alcanzar los tres meses de confinamiento. Aquí nunca hubo aplausos a las 20.00, ni canción de resistiré. Pero la gente resiste y calla. Los colegios se cerraron hace tres meses. En las ciudades y provincias más pobladas, como Rabat, Casablanca, Marrakech, Tánger, Fez…, ahí donde se concentra el 60% de la población, los niños siguen sin poder salir a la calle, los parques continúan cerrados y a las playas no se puede ir. Sin embargo, estas medidas tan restrictivas con los menores no despiertan las protestas de nadie, ni siquiera suscitan debate.

Lo curioso es que Marruecos es un país donde la gente suele prodigarse en muestras de amor por los niños. Una de las imágenes más frecuentes en las calles, antes de la pandemia, es esa donde cualquier hombre o mujer ve a un menor y se arrodilla a besarle la mano.

Sin embargo, estos días los niños son los grandes olvidados. La religión nunca lo fue. Hay rumores y desmentidos sobre la reapertura de las mezquitas. El Consejo de Ulemas, órgano que reúne a doctores en leyes islámicas, emitió un comunicado el 10 de junio aclarando que las mezquitas se abrirán en el momento oportuno.

El confinamiento comenzó el 20 de marzo y la desescalada se inició el 10 de junio con la separación del país en dos zonas, 1 y 2. En la primera, ya se puede salir de casa sin salvoconducto y ya se han abierto los parques. En la segunda, que es donde vive el 60% de la población, las condiciones son prácticamente iguales que hace tres meses. Marruecos cerró sus fronteras el 13 de marzo y aún no se sabe cuándo las abrirá. Estas medidas tan duras han rendido sus frutos sanitarios: hasta el pasado viernes solo se habían registrado 211 muertes por covid-19 y 8.533 contagiados.

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Las ciudades ofrecen un aspecto más bien triste, si no deprimente. Sobre todo, por las tardes. Van a cumplirse tres meses sin que se vea la carrera de un niño en la calle, sin que se oigan sus risas y gritos en las poquísimas plazas que hay en Rabat disponibles para ellos. ¿Y qué hacen las familias?

Encomiables luchadores contra el exceso de exposición a las pantallas han tirado la toalla y han permitido que sus hijos vean más dibujos animados en estos tres meses que en tres años de vida. Un amigo aprovechó que tenía que llevar a sus hijos a vacunar para pasarse por la playa de Rabat y dejar que vieran el mar, sin que salieran del coche, eso sí. Los niños, de cinco y tres años, se pusieron tan contentos que a los padres se les saltaron las lágrimas.

¿Qué hacen los padres que solo tienen un hijo? Cada uno se las apaña como puede y después calla. La gente calla, como si delinquiera, porque regalarle una o dos horas de felicidad a los hijos implica romper el confinamiento y saltarse la ley.

Hay padres que meten a sus hijos a escondidas en un coche y los llevan a la casa de unos amigos que tienen jardín y tal vez piscina. Otra opción consiste en armarse de valor y darles una vuelta por la manzana. Uno se arriesga a que cualquier agente, de los muchos que se ven a esa hora en las calles vacías, le mande a casa. Pero a menudo hacen la vista gorda. Y los niños están tan poco acostumbrados a dar un paseo fuera de casa que regresan como si los hubieran llevado a un parque de atracciones.

La población ha renunciado de forma silenciosa a sacar sus hijos a la calle. Sin que nadie parezca ser consciente de todo lo que se les está quitando a los niños.

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