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Los antibohemios

Arturo Lanz (en primer término) y Saverio Evangelista, del grupo Esplendor Geométrico, en 2011.Arturo Lanz (en primer término) y Saverio Evangelista, del grupo Esplendor Geométrico, en 2011.

Las circunstancias excepcionales que soportamos también tienen sus ventajas. Por ejemplo, el redescubrimiento del concepto de cineclub. Ya saben, exhibición de una película seguida por intercambio de opiniones. Como no se puede hacer de forma presencial, se conjuga el streaming con las redes sociales.

Así, El Desmoche, originalmente una tertulia del madrileño barrio de Lavapiés, celebra sesiones de cineclub a partir de una quedada virtual: se acuerda una hora para ver “colectivamente” una película, que luego se comenta vía WhatsApp. El viernes pasado se eligió La geometría del esplendor, el bien hilvanado documental de José Ramón da Cruz y Pablo Cerezal sobre el más intimidante de los grupos españoles de los ochenta, Esplendor Geométrico, alias EG. Había una percha de actualidad: el reciente fallecimiento de Genesis P-Orridge, uno de los participantes en la película.

Quizás conozcan los rudimentos de EG: una escisión (nada amistosa) de Aviador Dro y sus Obreros Especializados, disidentes que renunciaron al techno-pop didáctico de Servando Carballar por la música industrial. Es decir, mucha distorsión y predominio de los patrones rítmicos, con pocas concesiones a la melodía y el único alivio de voces catárticas.

Con títulos como Necrosis en la poya (sic) o Destrozaron sus ovarios, quedaba claro que no aspiraban a las radiofórmulas. Su presentación en Rock-Ola, donde alguien tuvo la desdichada idea de soltar unos pollitos recién nacidos sobre el escenario, escenificó su autoexclusión de la emergente movida.

A lo largo de La geometría del esplendor se oyen lamentos sobre la escasa sensibilidad de España hacia las expresiones artísticas experimentales. Vienen, atención, de críticos musicales; los protagonistas no se quejan y en algún momento verbalizan su desinterés por incorporarse a la vanguardia digamos oficial.

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Aunque bien recibidos en el circuito internacional, Arturo Lanz y Gabriel Riaza asumieron pronto la imposibilidad de vivir de su arte. La bohemia lampante no era para ellos: hicieron oposiciones para empleados públicos. Lanz estuvo brevemente en el Ejército del Aire antes de dedicarse al comercio exterior en Asia. Riaza, funcionario de prisiones, terminó en Melilla y sus viajes por Marruecos aportaron ráfagas magrebíes a la música de EG. Hasta que se convirtió al Islam y fue reemplazado por un admirador italiano, Saverio Evangelista.

EG goza ahora de un cierto reconocimiento mainstream gracias a Moscú está helado, tal vez la más atípica de sus grabaciones, que abre la antología francesa La contra ola; hay un álbum completo con remezclas del tema. Aunque cada uno viva en un continente, el dúo sigue activo y Lanz incluso ha colaborado con Francisco López en el proyecto BioMechanica. Esta es finalmente una historia muy española. Habla de la resiliencia de sus creadores y de la capacidad de nuestra industria cultural para ningunear a los discrepantes.

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