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Libros como pan caliente

Lola Larumbe, en la librería Rafael Alberti.Lola Larumbe, en la librería Rafael Alberti.Álvaro García

Librerías confinadas. Lola Larumbe (Alberti, Madrid) entiende que manda la salud, la obligación de la lejanía. Podía haber habido una ventanilla a la que se acercara la gente. Pero la gravedad del contagio se impuso. “No hay más remedio”. Pero, ¿por qué las librerías no son como las fruterías, o las panaderías, por qué los libros no se consideran como pan caliente? En la escuela y en la vida hay libros que se imponen como un deseo tan urgente como el pan. “Los alumnos quieren ver a la profesora, los lectores quieren ver al librero”.

Juan Cerezo (editor, Tusquets) entiende la alarma, pero la librería “es el menor entre los riesgos”. Para su sector “es una catástrofe” porque durante un mes las novedades no se exponen, no se ojean, no se compran. El parón deja “en zona incógnita” libros que ya no van a hablarle a la gente. El Gobierno tendrá que facilitar vías de restitución económica “para que los daños no sean irreparables”. Cerca de 3.600 librerías (o asimilados) están en peligro, “son creadoras de comunidad, con una intensidad y continuidad que ya quisieran otros centros”.

Lluis Morral (Laie, Barcelona, con librerías en museos importantes de España) ve ante sí la gravedad: el Sant Jordi se cae, y es el 7% de sus ventas, el gran acontecimiento del que depende el año de muchos. “El cierre nos mata”. Por este desfiladero que abre el confinamiento él vislumbra “problemas para muchos”. Las editoriales también tendrán que plantearse “el volumen de sus novedades”.

Los distribuidores, en medio de la cadena de la novedad editorial, entre editores y libreros, ven los dientes del monstruo: pedidos exiguos, moratorias, pagos retrasados. Lo dice Verónica García (Machado Grupo de Distribución). Los editores necesitan cobrar, que los libros permanezcan en las librerías. “Es una locura y una incertidumbre”. El padre, Miguel García Visor, leyenda en el sector, dice Verónica, “está asustado, nunca había visto nada igual”.

Esther Gómez (Moito Conto, A Coruña): “Congoja en la garganta, emociones difíciles, nadie en la librería. Pero a la vuelta estará la gente…”.

Un mundo confinado. Los libreros Antonio Méndez y su mujer, Inmaculada González (Méndez, Madrid) comparten el pavor, “auténtico pavor”, ante el futuro. “Que intenten aplazar los vencimientos editores y distribuidores”. Es un sector que vive “día a día”, y que ahora (“los que queden”) planteará a los editores que limiten “el dislate de las novedades”. La crisis del virus es como “una expo triste” del mundo del libro, concede Enrique Pascual (Marcial Pons, presidente del gremio de Madrid). “El vacío es indescriptible; cuando la librería está abierta los libros hablan, son como plantas”. Pero él tiene algunas noticias. Podría ponerse en marcha “una especie de Plan Marshall” en virtud del cual las autoridades harían compras masivas a los libreros para aliviar la zozobra. “Volverán los libros”. Pilar Reyes (editora, Alfaguara) ve este como “un momento crucial”. Abril es el gran mes de los libros, y miren el desierto alrededor. Como una panadería vacía. “El virus le ha dado a la cadena del libro en toda la columna vertebral. Sigue la conversación con los libros, en las redes, en los medios, pero no hay dónde comprarlos”.

La calle del libro tiene la luz apagada. Esther Gómez (Moito Conto, A Coruña): “Congoja en la garganta, emociones difíciles, nadie en la librería. Pero a la vuelta estará la gente…”. Ahora los libros padecen también el confinamiento. Lola, Lluis, Esther, Antonio, Inmaculada, entienden que el cierre “es responsable”, pero, como todo lo que sucede, “es tan triste, tan triste”. Luis Landero, autor, les regala esta definición como un alivio: “Una librería es como una catedral para los creyentes, el centro del mundo”.

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