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Las series de televisión que vislumbraron el Brexit

¿Cuánto tiempo hace que no sueltan una carcajada al ver una serie británica? A no ser que posean el cuajo de hacerlo cuando contemplan esa monstruosidad que lleva por título Fleabag. Lo llaman comedia, pero en realidad se trata de una pesadilla. Quizás sientan nostalgia de Un hombre en casa, Los Roper, cualquier invento de los Monty Python, Mr. Bean, incluso de la acidez ya agorera de Little Britain… Hace tiempo que del Reino Unido no sale nada que nos haga reír. ¿Dónde queda el tan pertinente, necesario y distinguido sentido del humor británico?

Al parecer, ahogado en el canal. Porque a ese tono proverbial que nos hacía celebrar la vida y, al tiempo, descuartizar lo que nos rodea con esa habilidad de la inteligencia que dan las dosis bien medidas de ironía, le ha sustituido desde hace un lustro algo mucho más amargo y plagado de excesos como la distopía, la violencia brutal, el sarcasmo nihilista o la desesperanza. “Una parte del sentido del humor británico tradicional se ha perdido”, asegura Ignacio Peyró, escritor, autor de Pompa y circunstancia y actual director del Instituto Cervantes de Londres. “Ante todo, causa pavor ofender o ridiculizar. Eso tiene un lado malo, pero es la sociedad la que decreta sus tabús. Esta negatividad no solo afecta a las series: también hay menos comedias ligeras en el cine”.

La ausencia de humor se echa en falta desde hace más o menos cinco años. Lo que alimentan títulos como Black Mirror, Luther, Bodyguard, Years and Years, Brexit o Fleabag, tan premiada como repelente obra de Phoebe Waller-Bridge… ¿Qué nos están contando? Quizá un estado de ánimo colectivo en el que nos anunciaban, entre otras cosas, un corte de amarras con el continente y con el resto del mundo. ¿No llevan esas obras el aviso de que algo se removía hondamente en la sociedad que las creaba y reflejaban con un inequívoco mensaje de ruptura?

El fenómeno de The Crown, urdido con la limpia y esmerada maestría de su creador, Peter Morgan, ofrece su elocuente contrapunto dentro del mismo esquema. Si las anteriores abundan en la decadencia de una sociedad que ve ahora en palabras como “solidaridad” conceptos vacíos y ausentes hoy de significado, la obra que desmenuza la vida de Isabel II apela a un ya lejano sentido de la solemnidad, a la arquitectura de una identidad caduca como último capítulo de toda una era. “El Reino Unido es un país muy confortable con su pasado”, dice Peyró. “Basta compararles con nosotros, los españoles. O mirar la riquísima industria del espectáculo que se alimenta de su pasado y sus instituciones”.

Sin embargo, hoy, impera el miedo: “Por primera vez en tiempo, y como todos ahora, miran con inquietud su futuro. Y esto no pasaba ni a finales de los durísimos setenta ni en los momentos más duros de las reformas de la Thatcher”. The Crown es la excepción elegante a un cúmulo de productos en los que impera el feísmo, la crueldad gratuita, el cinismo, la soledad, la incomunicación… Obras en las que resalta la amenaza perpetua a males y demonios identificables o no, caso de Luther o Bodyguard, así como la ruptura de la realidad por medio del limbo incierto de la tecnología, como exploran ciertos episodios de Black Mirror o la inquietante Years and Years.
Están hechas, muchas de ellas llenas de acierto, con un único objetivo: crear un perpetuo malestar. Con éxito de público garantizado, como todas las citadas, y una explicación a por qué proliferan las opciones que propugnan el aislamiento y el nacionalismo encarnado por Boris Johnson y los brexiters como alternativa cerrada al futuro.

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